por José Alberto Balido | Miami, Florida
"Recordando el pasado para construir el futuro", constante lema de este sitio desde su fundación hace más de un lustro ya, es más que un sueño práctico, por decirlo así, de conservar lo mejor de nuestra historia municipal para un futuro que inevitablemente llegará. Es también — hemos de confesar — una misión puramente sentimental, un eterno deseo de evitar la despedida final de nuestros seres queridos; algo así como sentarnos una vez más en las piernas de la abuela y escuchar sus dulces cuentos de tiempos que ya no volverán. Conservar, en fin, tanto los grandes momentos históricos, como los pequeños recuerdos cotidianos, aquéllos que con mayor facilidad desaparecen en las brumas del tiempo precisamente porque nos parecen banales, pero que, a su propia manera, tanto pueden revelar.
Con esta segunda meta — la cotidiana, la sentimental — como propósito de Año Nuevo, hoy lanzamos una nueva sección de Santiago de las Vegas en Línea: "Recuerdos olvidados", paradójico nombre que honra la frágil naturaleza de estas memorias. Para empezar, resucitamos hoy un personaje que por sus trágicas circunstancias, muy pocos recordarán.
La tía Caridad
De niño, en mi casa de la calle 2, No. 218, en Santiago de las Vegas, una cosa curiosa me llamaba la atención, tanto que, años después, su enigmática imagen me visitaba en el momento menos pensado. Muy alto en el muro sur del patio (quizás no tan alto, considerando mi estatura en aquel entonces), había un casquillo o roseta de porcelana, un "socket", como le diríamos en el mejor Spanglish, sin bombillo, tal como aparece en la interpretación "artística" a la derecha, creada para darle una idea de lo que yo en mi mente veía.
¿Por qué, entre todos los recuerdos que pudieran sobrevivir una turbulenta niñez marcada por la salida de Cuba a los cinco años, quedaría ese socket privado de su función vital de alumbrar? Cosas de niño, hemos de suponer, pero me aventuro a pensar que representaba para mí una suerte de misterio: ¿a quién alumbraría en la noche, y cuándo, y por qué?
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| Emilia Cobo Casals, 1947 |
Un buen día, en uno de esos momentos que la imagen me visitó estando en compañía de mi padre,
Ismael Balido Pérez, por fin le pregunté, ansioso de resolver de una vez por todas el gran misterio. Esto fue lo que me contó: siendo él niño — estamos hablando de la decáda de 1930 — y
viviendo en la acera opuesta de la calle 2, en esa casa vivía su abuela
Emilia Cobo Casals. Tenía una hija, Caridad, que padecía de una grave enfermedad mental. Estuvo internada en
Mazorra, pero al final Emilia decidió tenerla en casa. Como a Caridad le daban ataques de furia y violencia, y resultaba peligrosa tanto para sí misma como para las personas a su alrededor, Emilia construyó un cuarto, por no decir celda, en el patio de la casa, con barrotes en puertas y ventanas, y una cama de hierro atornillada al piso, porque, si mal no recuerdo, en sus momentos de locura era tal su fuerza, que levantaría la cama y la estrellaría contra el muro. Creo, además, que el plato de comida se lo daban entre los barrotes de la puerta, porque ni la propia madre podía entrar. Cuál sería el capítulo final de esta pobre persona no lo sé, pero de seguro no fue feliz.
Ese socket solitario, mudo testigo de las noches atormentadas de la tía Caridad, fue lo único que quedó de su paso por la Tierra. De no ser por él, y la curiosidad que inspiró en un niño muchos años después, su misma existencia hubiera quedado en el olvido, y con ella, una historia de cómo se cuidaba a un enfermo mental en casa en esa época ya lejana; y — más importante quizás — la historia del amor de una madre que no quiso dejar a su hija en un sanatorio, lejos de su familia.
Esto, estimado lector, es lo que llamamos un "recuerdo olvidado", y lo invitamos a que
comparta los suyos. No importa cuán corto o sencillo le pueda parecer: todos, al final, son una pincelada más en este gran lienzo santiaguero que entre todos, con tanto amor, estamos pintando. ¿Quién publicará el próximo?