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lunes, 7 de septiembre de 2026

Santiago de las Vegas en 1893

1 ¡TOME LA PALABRA!

Autor: Osvaldo Jiménez Vázquez, Arqueólogo

El presente texto parte de cuatro estampas literarias sobre Santiago de las Vegas escritas por el deportista e intelectual Wenceslao Gálvez y Delmonte (Matanzas, 1867 ─ La Habana, 1951) y publicadas en el libro Costumbres, sátiras, observaciones. (1) 


Wen Gálvez, como solía firmar sus escritos, es una de esas figuras olvidadas de la cultura cubana. Pertenece a la tradición del béisbol del siglo XIX, siendo un notable jugador de short stop y un bateador de respeto, campeón de bateo en la temporada de 1886, jugando para el club Almendares, con excelente promedio de 345. También forma parte de la saga de la literatura insular. Es autor de la primera historia del béisbol en Cuba. (2, 3) 

Nuestras investigaciones arrojaron que Wen Gálvez y su esposa, Amelia Moreira, residieron en Santiago de las Vegas en 1893, ejerciendo este como abogado en el Juzgado Municipal. Habitaban un inmueble situado en la calle Amargura (hoy calle 11), entre Cacahual (calle 14) y Desamparados (calle 18). Esto se colige de una de las estampas, donde Gálvez expone: “El cementerio está situado al final de la calle donde vivo. Desde la ventana veo todas las tardes su portada de hierro oxidado y sus paredes negras”. 

martes, 26 de enero de 2021

La Búsqueda, un monólogo anónimo

0 ¡TOME LA PALABRA!

“La Búsqueda”, monólogo que reproducimos, obtuvo el Primer Premio en un concurso literario realizado en 1955 por la Escuela Normal para Maestros de La Habana.  Fue escrito por una santiaguera de pura cepa, cuando cursaba el segundo curso en esa afamada institución académica.

Le solicitamos su permiso para reproducirlo, a lo cual accedió gentilmente, entregándonos una copia de su puño y letra. Sólo nos impuso una condición: que apareciera publicado con el seudónimo con el que fue presentado al referido concurso.

LA BÚSQUEDA  (Monólogo)

Por Colas V.

 ¡Al fin te encuentro! ¡Iba en tu búsqueda!, he andado tanto por los caminos del mundo, pero no ha sido en balde, ¡Te he encontrado, como siempre estás de un lado para otro y eres intangible, invisible, nadie te ve, pero ¡yo te he visto!

 —   ¿Me preguntas? ¿Para que te he buscado tanto? ¡Pues para hablar contigo!

—   Para decirte algo que llevo aquí en mí pecho.

—   Para decirte algo que no puedo callar, te creía justo pero no lo eres.

—   ¿Por qué?

—   Te diré, el mundo lo creaste no igual para todos.  Hicisteis que unos fueran amos, otros esclavos, ricos, pobres, buenos y malos; hasta el mundo, la naturaleza misma la creasteis dividida, tenemos los montes, las praderas, los ríos, los mares, los bosques, todos bellos y creasteis también, el desierto triste, caluroso y frío y sin ninguna vida, sin plantas, hasta en los cementerios se ven las pobres tumbas de los miserables y las ostentosas lápidas de mármol y creasteis al hombre con distintas razas, para dividirlo, para separarlo.

—   Y…… ¿Qué me dices de la religión?

—   Pues otra división entre los hombres y de la maldad, el odio, la pena, el dolor.

—   ¡Yo creo que no eres justo!

¡Piensa y dime si tengo o no razón!

¡Te llaman justo, justicia divina!

¿Pero dime donde está?

¡Si me rebelo, como muchos,  me llaman hereje, dicen de mí muchas cosas.

— Pero te aseguro que alguien es más justa que tú y existe.

¿Te enfadas?  Pues no debes hacerlo.

—   ¿Me preguntas quién?

—   Te diré.

Alguien a quien nadie menciona, al que nadie piensa en ella.

—   Sí, a una más justa que tú.

¿No adivinas quien pueda ser?

A la que lleva a todos sus hijos al mismo lado, al negro, al blanco, al rico, al pobre, al bueno, al malo, a todos los convierte por igual.

—   Esa es la justa, no tú.

—Diré a todos que hoy conocí a un ser al que llaman justo, pero que no lo es, que sin embargo hay otro a la que nadie menciona ni considera, pero es la más justa de todas y es: la muerte.


Agradecemos la colaboración de Arsenio Alemán Agusti

domingo, 31 de octubre de 2010

Más fantasmas de Santiago de las Vegas

1 ¡TOME LA PALABRA!

por Raúl Ariel Rodríguez

[Nota del editor: Raúl Ariel Rodríguez, prolífico colaborador nuestro, una vez más ha puesto manos al teclado, esta vez en respuesta a nuestra solicitud de cuentos de fantasmas y aparecidos del viejo Santiago de las Vegas. Gracias, Raúl, por ayudarnos a asustar a nuestros queridos lectores en ésta, la noche más tenebrosa del año. Y a usted que está armándose de valor para leer estos cuentos, tranque bien sus puertas y ventanas, y no olvide las historias de contactos con el Más Allá previamente publicadas al principio del mes.]

En la primera mitad del pasado siglo, en la temporada invernal, salían fantasmas por los barrios más apartados de Santiago de las Vegas, de los cuales muchos pensaban se podía tratar de coterráneos que tomaban esto como una diversión y otros que lo hacían por amores ocultos con determinadas damas. Sea cual fuera la verdad, éstas dos primeras historias que les cuento las doy por verídicas.

En una ocasión en que el fantasma de turno tenía alarmados a muchos santiagueros, que en su mayoría no salían a la calle después de las once de la noche, se cuenta que en "Rancho Grande", una desdichada joven enferma de los pulmones, que en su búsqueda de respirar aire puro dormía con las ventanas sin cerrar, se le presentó por sorpresa el fantasma, hecho por el cual y como era de esperar le produjo una fuerte impresión y gran susto, con la consiguiente pérdida del conocimiento que casi le produce la pérdida de su vida. El asunto quedó sin ninguna normal explicación o esclarecimiento.

Lo siguiente que narro, se produjo en la calle 13 del pueblo por los años 1940.

Pasadas las 11 de la noche el santiaguero de iniciales "I. N. P.", vecino de 13 entre 14 y 16, regresaba a su casa cuando, al pasar por la esquina de 13 y 12, en el portal del despalillo de "El Capitolio" vio al "representante del más allá". Para evitar problemas, "I.N.P." tomó por la calle 12 y dobló por la 15 para dar la vuelta a la manzana, pero al llegar a 13 y 14, esquina de su casa, cual fue su sorpresa al ver que ¡allí estaba el aparecido en el portal de la bodega de "Jesús y Chiquito" y... patica pa’ qué te quiero, fue tanto el susto y tal la velocidad, que "I.N.P." rompió la puerta de su casa con la cabeza.

En este caso tampoco fué capturado el fantasma.

* * *
“El Revólver de Capetillo”

También era típico en nuestro pueblo que, de cuando en cuando, al propagarse la noticia entre los lugareños de una nueva aparición fantasmal, se formaran grupos de éstos para salir a atrapar al aparecido. Pues bien, según nos contaba Manuel Pérez, conocido en el ambiente beisbolero como "Manolo Boniato", pues había practicado este deporte por algún tiempo, al finalizar los años 30 del pasado siglo empezó a aparecerse un fantasma en Santiago de las Vegas, el cual se veía en la esquina de las calles 1 y 8, donde comenzaba el callejón de la Estación Experimental, el cual llegaba hasta el paradero de Día Será.

Se cuenta que el aparecido vestía de blanco, con la cara muy brillante, según las versiones que corrían.

Un buen día un conjunto de valientes peloteros acordaron atrapar en la noche al temido fantasma. Por tal motivo se citaron a las 11 de la noche en la esquina del Parque Viejo, donde se unen las calles 8 y 9; guiando el grupo estaría uno de los Capetillo, que con gran empeño y valor había planteado tener un revólver calibre 38, única arma que portaría la audaz cuadrilla.

Así las cosas, al tal Capetillo lo apostaron en la entrada del callejón de la Estación en unos matorrales. Al resto del personal les tocó recorrer las calles 1, 3, 5 y 16. Ya entrada la madrugada, después de patrullar la zona por más de dos horas sin ver nada, fueron al sitio donde estaba apostado Capetillo, y ¿cuál fue la sorpresa? Lo encontraron dormido con un revólver que no tenía ni maza, ni balas, ni gatillo... ¡era sólo un viejo esqueleto! Por lo que dieron por terminada la aventura, que dio por resultado el que quedara por mucho tiempo en Santiago la historia del fiasco que resultó el famoso revólver del también famoso Capetillo.

* * *
“El fantasma del platanal”

Antes de la construcción de lo que todos posteriormente conocimos como la Creche y Casa de Socorros Gral. Antonio Maceo en la esquina de 9 y 10, existía en este lugar un gran platanal que tomaba toda la cuadra por la calle 10. Allí, en las noches, un fantasma tenía aterrados a los vecinos, por lo que organizaron un grupo de cazadores para atrapar al aparecido. Nombraron un jefe para dirigir la captura, quien, además de planificar postas y recorridos en diferentes lugares del sembrado, siguió captando personas, hasta que encontró uno con mucho interés en cooperar, siendo instruido en todos los detalles de la operación sin faltar a ningún dato del plan.

Una noche, pasadas las 12, estando el propio jefe de guardia al lado de un inmenso plantón de plátanos, fue tocado en la espalda, y... grande fue la sorpresa: ¡era el fantasma en persona! El guardián, del gran susto, fue llevado al médico, pues perdió el habla por la tremenda impresión.

Se llegó a la conclusión que el último captado había sido el mismo fantasma, pues le habían contado toda la estrategia para su captura. Después de este hecho por largo tiempo no apareció más el fantasma en el platanal de 9 y 10.

En conclusión: No existen dudas que en una época no tan remota, los “fantasmas” fueron parte del sano y casi tradicional entretenimiento de nuestro querido terruño.

martes, 22 de diciembre de 2009

Una Nochebuena Guajira

0 ¡TOME LA PALABRA!

por Leonardo Gravier / Coral Gables, Florida

[Nota del autor: Este cuento escrito por mí para las Navidades del 2008 fue animado por mi gran amigo de Santiago de Cuba, Ramón Barzana. Éste me sugirió que situara la trama en la zona de Oriente (la que nunca conocí). Me pidió que dejara por escrito lo que mejor yo recordara de una Nochebuena criolla, para la posteridad de los cubanos que nunca la conocieron. Mi amigo Ramón Barzana, de quien utilizando los mejores elogios de la lengua española sería muy parco en la descripción, falleció unos meses después.]

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Vivían en una de las zonas más ricas y fértiles de Cuba dos personajes muy interesantes, muy similares a pesar de la diferencia de edad, y protagonistas de este cuento.

Era una época en que los fertilizantes para la agricultura eran orgánicos; engrandecían la naturaleza en vez de contaminarla. De ahí que el gran río Cauto, donde vivían y trabajaban los protagonistas, corriera límpido y caudaloso hasta terminar su recorrido en el Golfo de Guacanayabo. Ambos habían poseído fincas en las inmediaciones de Mayarí, muy próximas a minas ricas en minerales de la región oriental de Cuba, aunque también ideal para la ganadería y siembras de todo tipo.

Por los años treinta, el Banco de los Colonos abrió una sucursal en Mafo, poblado pequeño pero prometedor para sus planes, entre Contramaestre y Bayamo. El propósito era ayudar a los campesinos durante el año con préstamos que después pagarían con el producto de las cosechas, sustituyendo así a los almacenes privados que hacían esta misma contratación de refacción pero en menor escala.

Una noche el banco invitó a todos los campesinos involucrados para que se conocieran entre ellos; eso creaba una mejor relación entre ellos y el banco. Así se inicio la amistad y relación de negocios entre nuestros protagonistas.

Agripina y Manuel, que así se llamaban, eran terratenientes con gran vocación por el trabajo y por la repartición de la riqueza, anticipándose a lo que más adelante se introdujo por ley en la industria azucarera. Ambos alegres y compasivos, eran conocedores de lo que se podía esperar de la tierra y los que la trabajaban.

Agripina y su esposo, y los padres de Manuel, se habían enriquecido con la ayuda y consejos financieros del banco y además habían vendido a precios astronómicos unas tierras situadas en ambas márgenes del rio Cauto.

Después, como tenían el incentivo de la inversión bien remunerada y el rendimiento de la riqueza de la zona, buscaron otros terrenos para reinvertir las utilidades. Encontraron unas magníficas y extensas tierras, propiedad de un campesino que acababa de fallecer y cuyos herederos no querían explotar, sino más bien disfrutar de la herencia una vez liquidada. Como el terreno era extremadamente grande, dividieron la compra entre tres compradores.

Pasaron los años.

Agripina había enviudado y tenía cerca de sesenta años o un poco más. Curtida por el sol, fumadora de tabacos, era muy adicta a las peleas de gallos. Andaba siempre lista para montar a caballo, con botas y machete al cinto. Ayudaba a sus empleados guajiros y a sus familiares, ya económicamente cuando se presentaba la ocasión o como curandera o médica primitiva, ya que tenía amplios conocimientos de las propiedades curativas de la botánica local. Era muy querida y respetada por todos, aunque demandara de sus empleados el máximo esfuerzo.

Nunca permitió que le llamaran doña o señora Agripina. Sólo quería que le llamaran Agripina. En pique con Agripina siempre estaba Manuel. Era éste un joven y apuesto campesino, hijo de gallegos (ya fallecidos), soltero pero amante de la diversión cuando era posible, bebedor del buen brandy y también muy aficionado a la cría y pelea de gallos. Al igual que Agripina, trataba a sus empleados con las mismas reglas compasivas, sólo que cuando lo necesitaban, los enviaba a la finca de su rival y vecina para que les recomendara o aplicara los remedios caseros para dolencias o enfermedades benignas. Agripina se sentía orgullosa de ello.

La rivalidad entre Agripina y Manuel era muy sana y divertida. Competían en todo lo relacionado al negocio: qué productos eran de mejor calidad o más abundantes, qué caballos más veloces o de más alzada, quién más apreciado como colono del central azucarero al que ambos vendían la caña, y quién de los dos podía vanagloriarse de haber servido con favores más a menudo al otro. Sobre todo, Agripina todos los años se encargaba de la finca de Manuel por una semana del mes de julio, cuando éste como buen oriental y descendiente de gallegos iba para Santiago de Cuba para los festejos del Patrón Santiago el 25 de julio.

Unos de los incidentes más simpáticos y curiosos era cuando en las vallas de peleas de gallos, se enfrentaban los de Agripina con los de Manuel. En esos lances casi siempre llevaba Manuel la ventaja puesto que tenía mejores contactos que Agripina para conseguir mejores animales. No obstante, Agripina era tan emotiva que juraba que estaba dispuesta a apostar su vida a la pata de cualesquiera de sus gallos.

Así vivían y competían Agripina y Manuel; siempre voluntariosos pero amistosos, siempre rivales pero listos para ayudarse el uno al otro; siempre dedicados a los negocios pero listos para participar y alentar a los vecinos y empleados a celebrar los guateques típicos del campesino criollo cuando la ocasión lo mereciera.

El mayor de los festejos y el que más esfuerzo merecía, por la importancia de la fecha, era la Navidad (que celebraban desde Nochebuena hasta el Día de Reyes). En estos festejos no había cuartel, no escatimaban gastos, no se informaban recíprocamente lo que tenían preparado para que su aporte a la celebración fuera más lucido que el del rival. Era una competencia olímpica todos los años por esta época.

Aunque Agripina y Manuel competían en todo lo relacionado a aquellos festejos, había dos cosas en que aunaban esfuerzos para hacer más lucida la celebración: una era las competencias de carrera de caballos y la carrera de cintas. La otra lo era el utilizar ambos la ayuda del negro Honorio en cocinar el lechón. La sazón y la preparación era un secreto de cada uno que no compartía con el otro. Sí se sabía que el puerco, criado con palmiche y guayaba, no muy gordo, se preparaba con mucha sal, naranja agria, ajo, comino, orégano y tal vez alguno que otro ingrediente que hacía la diferencia.

Todo era originario de aquella fértil zona del valle del Cauto engrandecida por la labor del campesino cubano, consciente de que a mayor esfuerzo, mayor sería la recompensa de su trabajo.

El negro Honorio trabajaba en otra finca colindante con las de Agripina y Manuel. Le decían “el negro Honorio” para distinguirlo de “Honorio el blanco”, capataz o encargado de la finca de un Magistrado de la Audiencia de Santiago de Cuba, y a quien le correspondía juzgar cuál de los banquetes era el más sabroso, si el de Agripina o el de Manuel.

La finca del Magistrado Don Carlos Galán era de recreo y más pequeña que las de Agripina y Manuel por varias caballerías de terreno. Entre las tres formaban un triángulo, separadas por cercas de piedras muy bien colocadas (sin necesidad de arena y cemento) y de dos pies de espesor por cuatro pies de altura.

Don Carlos vivía en Santiago pero pasaba temporadas breves en su finca, distante de la capital de Oriente casi “al cantío de un gallo”. Tenía fama de justo, conocedor de las leyes y sobre todo de tener un gran sentido del humor. Venía de Santiago de las Vegas, provincia de la Habana, donde había sido Juez Correccional.

Contaba el negro Honorio que una vez trajeron al juzgado a un manco acusado de robar una caja de latas de leche condensada. El reo era manco de ambos brazos, los ñocos le empezaban en los hombros y terminaban en los codos, es decir, le faltaban los antebrazos y las manos. El manco se defendió como pudo, negando los cargos puesto que según decía con lo que le quedaba de brazos el no podía cargar la pesada caja. El juez Don Carlos comprendió el argumento, reprendió a los acusadores y le dio una satisfacción al manco por la injusticia que estuvo a punto de cometer. Para resarcir al manco del mal rato y la vergüenza, le dijo el juez que podía quedarse con la caja de latas de leche. El manco, muy contento le dio las gracias al justo juez, fue para la mesa donde estaba la caja, y agarrándola con los dos ñocos salió para la calle cargando la caja. El juez lo detuvo y ante la risa del público presente, lo condenó a quince días de prisión en el prescinto del pueblo.

El oriente de Cuba era famoso por el lechón relleno, aunque en otras partes de la isla se cocinara al espicho con palos de yaya. En la finca de Don Carlos abundaban los árboles de guayaba. El negro Honorio cortaba varias ramas del guayabo y hacía un enrejado con dichas varas. El enrejado quedaba en forma de cuadrado; de cada esquina se ataba una soga, y estas cuatro sogas se amarraban a la rama de un árbol para que el enrejado quedara suspendido y así poder columpiarlo. Debajo del enrejado se abría un hoyo, no muy profundo, donde se encendía la hoguera para cocinar el puerco. El enrejado quedaba como a dos pies por encima de la tierra.

La candela se hacía con carbón y palos de guayabo (para mejor sabor). Para evitar que se quemara, el enrejado se columpiaba constantemente encima del fuego o se bajaba o alzaba según se necesitara.

El lechón se cubría con hojas de plátano para que absorbiera más el calor. Este método de cocinar el lechón no era muy popular por lo poco práctico y por el tiempo que tomaba; prácticamente un día entero. Pero ese día no se desperdiciaba en el aburrimiento de la espera. Mientras el negro Honorio iba de una finca a la otra vigilando el proceso de cada lechón, entre ambas fincas se celebraban las competencias y demás festejos de aquellos alegres guajiros, más alegres mientras más ron y aguardiente bebían.

Los participantes en los festejos venían de las tres fincas y hasta de las fincas cercanas; algunas tan distantes que tenían que pernoctar en los bohíos donde vivían los guajiros que trabajaban en una u otra finca. El entusiasmo por las competencias y el banquete era grande.

Las competencias empezaban temprano con las carreras de caballos. Los jinetes montaban “en pelo” para aligerar la carga del caballo; recorrían una distancia de una cuadra larga o ciento cincuenta metros. El terreno era propicio puesto que era plano, sin hierba u otro obstáculo. Usualmente se corrían de dos en dos; los perdedores se iban eliminando hasta la carrera final de los últimos dos en la que uno solo sería el ganador.

Las carreras de cintas se hacían en el mismo lugar. Al final de la explanada por donde se corría se amarraba una soga por los extremos que la atravesaba de un lado al otro. De la soga se colgaba un anillo como de dos pulgadas de diámetro y no tan bien sujeto que no pudiera ser arrancado sin soltar la soga. La soga estaba a un pie de la cabeza del jinete, de suerte que este tenía que alzar el brazo para alcanzarla. El jinete se lanzaba al galope desde el otro extremo de la explanada y trataba de ensartar el anillo con una púa amarrada a una cinta con su color correspondiente. En las carreras de cintas, los jinetes no montaban “en pelo”, usaban una montura que los cubanos llamaban “manclera”, más ligeras que las monturas criollas y sin el pico al frente. Es posible que la manclera se introdujera en Cuba en tiempos de la Intervención americana y que fuera similar a la inventada por un jefe de caballería llamado George McClellan.

La última competencia se hacía después del banquete; se brindaba por la Nochebuena y la Navidad, el juez hacía el brindis y daba su veredicto final. Ya ganara Agripina o ganara Manuel, el juez siempre aclaraba que al final ganaban todos los comensales por lo que se habían divertido, por la camaradería y por disfrutar de tan sabrosa cena. El día estaba por terminar a no ser por la última competencia: la controversia de los improvisadores. Los acompañaban los músicos con guitarra, laúd, bandurria, tiple y clave. ¡Qué ingenio el de aquellos improvisadores! Poetas de ocasión, habían aprendido el arte desde pequeños, oyendo a otros improvisadores y aprendiendo la virtud de decir y recibir sanos insultos con gracia y alegría.

No escuché a Don Carlos anunciar al ganador del banquete. Todavía a la hora del veredicto, comía mis buñuelos de yuca, boniato y malanga amarilla con melado; éstos me gustaron más que los de catibía (de yuca solamente). Había disfrutado de todo un poco: congrí, moros, guinea asada, yuca con mojo exquisito, plátanos fritos (verdes y maduros), ensalada de lechuga con rabanitos y por fin probé de los dos lechones la masa blanca y el sabroso “cuerito”. Solo bebí ron bautizado (ron ligado con agua). Terminé con un humeante y delicioso café caracolillo, típico de las lomas orientales (aunque no el de mejor calidad según los expertos). Me disponía a encender mi tabaco, que había traído Don Carlos de Vuelta Abajo, cuando se hizo un silencio absoluto.

Don Carlos pedía silencio pues iba a leer unas palabras. Él, que era un gran orador, no se atrevía a improvisar, leería su mensaje. Tal vez quería evitar que la emoción del que improvisa algo muy sentimental, le rajara la voz como raja el rayo a la palma real desde el copito hasta la misma raíz.

Anunció que se retiraba, que esta sería su última Nochebuena en la Galana (que así se llamaba su fínca), que se marchaba definitivamente de regreso a Santiago de las Vegas, puesto que su hijo médico se había alistado en el ejército de Estados Unidos que hacía pocos días había declarado la guerra al Eje, después de Pearl Harbor. No obstante, dijo que la finca sería vendida pero que quedaba en buenas manos; cambiaría de nombre, sería llamada en lo adelante “Los Honorios”. Seria vendida a Honorio el blanco y al negro Honorio. La venta seria a plazos, a pagar como pudieran de acuerdo con el rendimiento anual y sin interés. Él, en broma, dijo que tal vez volviera a “Los Honorios” en una futura Nochebuena si era invitado, mas aclaró que el costo del pasaje de él y su esposa correría por su propia cuenta.

Para terminar, aquel jurista de inmensa cultura histórica, alabó la competencia amistosa entre Agripina y Manuel, sus generosidades, la alegría de vivir, y el ser ambos tan civilizados. Cerró citando un dialogo entre Alejandro Magno y el Rey Ambi de la India:

Dijo Ambi: -Si yo tengo más oro y plata y otras riquezas y fuera más rico que tu, estoy dispuesto a ofrecerte una parte. Si yo tengo menos que tú, no tengo objeción en compartir contigo tú riqueza.-

Alejandro contestó: -Si tú crees que con esas palabras tan civilizadas vas a escapar sin guerra, te engañas. Pelearé contigo hasta el final; pero ha de ser en favores y halagos, puesto que no me derrotarás en generosidades.-

Nunca olvidaré aquellas palabras de Don Carlos ni la anécdota de Alejandro Magno. Pensé erróneamente que aquellos guajiros no habían comprendido la analogía entre la anécdota y la rivalidad de Agripina y Manuel. Pero todos los allí reunidos se desbordaron en aplausos, sollozos y se abrazaron los unos a los otros con el aspaviento de un eterno jolgorio.

¡Qué bella forma de saludar la llegada de una Navidad!