recordando el pasado para construir el futuro : santiagodelasvegas.org
martes, 6 de diciembre de 2016
La brujería en Santiago de las Vegas
Posted by Santiago de las Vegas en Línea at 12:02 a. m.
Categorías: creencias, crimen, Epoca Republicana, historia, La Niñez, Memorias Personales, religión, Vida Diaria
lunes, 27 de julio de 2009
Un aporte al incidente del "Kimbo"
por Leonardo Gravier / Coral Gables, Florida No pude sustraerme al leer los artículos escritos sobre el Kimbo o Quimbo, de contribuír con parte de lo que yo supe de tal incidente. Todo lo escrito en los artículos anteriores resume muy apropiadamente la personalidad del Kimbo. En cuanto a su homicidio yo tengo una versión diferente. Como se ha dicho el Kimbo, en cualquier proceso legal criminal, hubiese tenido el agravante conocido en el Derecho Penal cubano por “matonismo”. Este agravante fue introducido en Cuba por un magistrado de la Audiencia de Matanzas, Diego Vicente Tejera. Además de sus exigencias de dinero o de favores bajo amenaza de daño físico o moral, el Kimbo era un homosexual muy peligroso. Se enamoraba de los hombres y trataba de violar aún a los que no eran homosexuales. En aquella época en un pueblo con mentalidad provinciana, anticuada y “machista” en extremo, el ser homosexual era un baldón. Los que lo eran, lo mantenían en secreto y el que alguien revelara ese secreto, exponía al homosexual al bochorno público. De ahí, que el Kimbo mantuviera a muchos amenazados y les “cobrara el barato”, que era como chantajearlos. Muchos santiagueros fueron víctimas de este delincuente y matón. Un día se apareció a mi casa Aniceto Díaz, con su hijo Humberto (que le decían Neneno). Le contó a mi padre [el abogado Gabriel Gravier] que el Kimbo se había enamorado de Neneno, que lo tenía asediado y que el pobre muchacho no podía vivir en paz. Neneno no era homosexual; era un muchacho rubio de ojos azules, buen porte y simpático. Era hermano de Eladio Díaz, que era esposo de mi tía Piedad Gravier (hermana de mi padre). Aniceto le suplicó a mi padre que hablara con el Kimbo para que dejara en paz al muchacho. Mi padre aceptó intervenir en el asunto dada la relación familiar existente. Habló con el Kimbo y le explicó que su empecinamiento con Neneno terminaría mal, puesto que el joven no aceptaba el chantaje ni la intimidación, aunque no era físicamente capaz ni tuviera la habilidad de pelear contra aquel “negrazo”. El Kimbo le contestó a mi padre : —Docto, no se meta en esto que esto es cosa mía na má—. Así me lo contó mi padre. El Kimbo continuó asediando a Neneno y mi padre le aconsejó a Aniceto que mandase al muchacho a otro pueblo (fuera de Santiago) hasta ver si al Kimbo se le olvidaba el capricho. La cosa no dió resultado. El Kimbo averiguó de alguna forma el paradero y allá lo fue a buscar; el Neneno tuvo que huir y regresar a Santiago. Ante la inacción de la policía, Aniceto fue a ver de nuevo a mi padre y le relató lo que había sucedido y las denuncias hechas a la policía. Mi padre le dijo a Aniceto ya en tono irritado: —Si esto continúa, que se busque un revólver y si el Kimbo lo ataca, que lo mate antes que ser él la víctima. Yo lo defenderé por defensa propia. El Neneno consiguió un revólver, aprendió a disparar y anduvo con el arma siempre cargada y debajo del cinto. La muerte del Kimbo según me contaron fue de la siguiente forma: Se encontraron el Kimbo y Neneno frente a la botica del Dr. Fina. El Kimbo venía del Ayuntamiento y Neneno iba a la altura de la caballeriza del Ayuntamiento (al lado de la casa de José Manuel Sánchez). Al ver al Kimbo, Neneno sacó el revólver. El Kimbo levantó el brazo, unos dicen que con un cuchillo en la mano, otros sin cuchillo y diciendo con el brazo en alto: —“No dispares”—. Dos o tres tiros le entraron debajo del brazo por la axila que le penetraron el tórax, tal vez el corazón o los pulmones. El Kimbo cayó en la acera herido de muerte. Muchos dijeron que hubo policías o guardias rurales que dispararon; no obstante, las heridas fueron casi a “boca de jarro” y en el lado del tórax debajo de la axila. No creo que hubo policías o guardias involucrados en el homicidio, puesto que tal intervención hubiese convertido la defensa propia en un asesinato premeditado y alevoso. La defensa adujo como era de esperar, defensa propia, y la penetración de los proyectiles ayudaba a presentar el cuadro del ataque con el cuchillo en la mano y listo para atacar. El Neneno salió absuelto en la Audiencia de la Habana. Así terminó la saga matonil del Kimbo a manos de un muchacho pacífico pero decidido. Fue una gran lección para potenciales guapetones.
Posted by Santiago de las Vegas en Línea at 10:33 p. m.
Categorías: crimen, Epoca Republicana, Memorias Personales
domingo, 26 de julio de 2009
La trágica historia de "El Kimbo"
por Raúl Rodriguez
Esto que narro fue una gris etapa vivida en Santiago de las Vegas a finales de los años 30 del pasado siglo; no conocí al personaje, pero la tradición oral así lo refleja.
El "Kimbo" era un negro de más de seis pies de estatura y más de 200 libras de peso. Era guapetón y presumía de repartir galletas a cualquiera; le cobraba el barato a algunas gentes cogiéndole el dinero, alegando que era para brindarle protección. Comía en las fondas del pueblo y no pagaba, además de tener algunas casas de gente pacífica y bien económicamente donde comía o almorzaba sin invitación alguna.
La gente del pueblo lo evitaba, pues según plantean hasta los militares le temían. “El Kimbo” campeaba por su respeto; era el ogro del pueblo, pero a todos les llega su día y su ultima guapería fue con un pacífico santiaguero cuyo nombre no recuerdo.
Así las cosas, el pacífico santiaguero por alguna razón discutió con el Kimbo y éste, como acostumbraba abusar de los supuestos más débiles, con mucho alarde y guapería barata, gritó a voz en cuello para que todos lo oyeran que lo mataría, que estaba ofendido y que no lo quería ver más en Santiago de las Vegas, siendo la sentencia final que o le entregaba dinero, o moriría. El pobre hombre, al parecer, no tenía salvación posible.
Ante tantas amenazas, como es natural, el hombre acudió ante las autoridades y planteó su situación, ya que corría peligro su vida, y las autoridades lo orientaron.
Al día siguiente, transitando el hombre cerca de las calles 11 y 6 le salió a su encuentro el Kimbo, que parecía una fiera (pensando, sin duda alguna, coger “mangos bajitos”). El amenazado no titubeó ni por un instante, ni le tembló la mano cuando de su revólver sonaron dos disparos que impactaron en la humanidad del agresor. El gran y temido Kimbo cayó al pavimento. Por demora al socorrerlo, fue cadáver lo que llegó a la casa de socorro.
En el juicio se aplicó la defensa propia por los antecedentes penales del muerto, y no cumplió condena el presunto matador.
La versión popular, sin embargo, es algo diferente: al hablar el amenazado con la policía, éstos prometieron brindarle protección. El día de los hechos, situaron francotiradores en la azotea del Ayuntamiento y en algunos tejados aledaños, siendo éstos los que verdaderamente le dispararon al Kimbo. Y luego, al caer el malhechor, nadie lo quiso ayudar para que muriera y por fin llegara la tranquilidad al pueblo.
Así termino la triste historia del Kimbo, al menos la versión que yo conozco; quizás alguien tenga más que decir.
Posted by Santiago de las Vegas en Línea at 11:30 p. m.
Categorías: crimen, Epoca Republicana, fotografías, Memorias Personales
miércoles, 26 de septiembre de 2007
Un Crimen en Santiago
Hoy tenemos, queridos lectores, el placer de informarles que siguen visitando y participando en nuestro "pueblo virtual" personas de todo el mundo. Como podrán ver en la imagen a la izquierda haciendo clic sobre ella, en las últimas horas hemos tenido, además de visitas de personas en Miami, otras de Momoxpán (Puebla) México, de San Francisco, de Hong Kong, de Anchorage (Alaska), y hasta de Little Rock, Arkansas (¿serán Bill o Hillary?). Ayer, de lugares tan distintos como Buenos Aires, Bowling Green (Ohio), y Torrance (California); y hace unos días, una persona de la ciudad de Shah Alam, ¡en Malasia! pasó unos 5 minutos en el sitio. ¿Serán santiagueros? ¿O simplemente curiosos? Los que nos visiten de otros países y se deseen identificar, nos encantaría que nos saluden mediante el enlace "¡Toma la palabra!" que aparece debajo del título de cada artículo.
Queremos además compartir con ustedes un relato de la vida real, un terrible crimen que ocurrió en Santiago de las Vegas hace más de 60 años y que estremeció al pueblo. ¿Habrá entre ustedes alguien que lo recuerde? Si quiere añadir detalles o recuerdos suyos a esta historia, sólo tiene que hacer clic arriba donde dice "¡Toma la palabra!" para contárnoslos. Ahora, tranque bien la puerta (¿recuerda las trancas que protegían nuestros hogares?), siéntese cómodo con un buen café humeante, y prepárese para...
Una Historia Verídica
Era una persona que vivía como un recluso encerrado en su casa; salía en muy raras ocasiones, siempre vestido con un traje de dril 100 blanco, con sombrero de “jipi-japa”, a veces a comprarle dulces a Augusto Romero o a la bodega de Emilio Chong y tal vez alguna que otra vez a alguna fonda a comprar comida, ya que a veces lo veía con una cantinita pequeña, pero todas sus salidas eran breves y regresaba rápidamente a encerrarse en su casa.
Se decía de él que tenía propiedades y una buena posición económica, así como que era muy tacaño. No le abría la puerta a nadie. Si alguien le tocaba a la puerta él le contestaba asomándose a una ventana enrejada que tenía. Yo recuerdo que a veces iba a pedirle que me regalara los “muñequitos”del domingo, ya que él recibía el periódico “El Diario de la Marina” y él me los echaba por debajo de la puerta para no abrir ésta. Él era un hombre pequeño, delgado, que caminaba encorvado e imagino que cuando ocurrieron los sucesos que voy a narrar debe haber tenido más de 60 años de edad.
En esa época los patios de las casas de la calle 2, desde la entrada del pueblo como quien viene de Rancho Boyeros hacia Santiago terminaban en el platanal de la finca “La Caridad”, ya que por ese entonces no existía la Doble Vía al Cacahual (es necesario aclarar este dato para que el lector pueda imaginarse y situarse mentalmente en el lugar). Un día se presentó en la casa del Sr. Mestre un hombre vestido de militar, esto es, vestido con un uniforme de la guardia rural y le tocó a la puerta y al asomarse el Sr. Mestre a la ventana le dijo que había un ladrón en la finca tratando de brincar el muro de la casa del Sr. Mestre para robarle. El Sr. Mestre se apresuró a abrirle la puerta al supuesto militar, asustado ante lo que le decía éste, y fué ése el error que le costó la vida, pues en realidad el ladrón era esa persona disfrazada de militar que usó ese truco para lograr que le abriera la puerta, ya que sabía que se encontraba solo porque la señora del Sr. Mestre había ido a la Habana a visitar a un familiar (se decía que era un hijo que tenían que vivía allá).
Al regresar la señora por algún motivo no podía abrir la puerta de la calle y fué a mi casa a buscar ayuda y dió la casualidad que mi padre se encontraba allí y fué con ella y logró abrirle la puerta. Cuando entraron se encontraron a Sixto muerto, asfixiado con una toalla que le habían metido en la boca para que no gritara. Mi padre llevó a la señora para mi casa y me dijo a mí que fuera a la estación de policía, que estaba situada en la calle 6 entre 11 y 13 y que les dijera que acudieran al lugar ya que se había cometido un crimen. Si la memoria sigue ayudándome, creo que en esa época era jefe de la policía el entonces teniente Buenaventura Canales (padre de Mario Canales, quien escribió en este sitio el 29 de agosto), quien por cierto hizo una labor investigadora tremenda ya que logró identificar al asesino, naturalmente auxiliando al Buró de Investigaciones que radicaba en la ciudad de la Habana, pues un chofer de autos de alquiler (cuyo nombre omitimos, aunque ya es fallecido) que hacía piquera en el parque Juan Delgado le contó que él había llevado a una persona desconocida para él, vestido de militar y que lo había dejado en los alrededores del cementerio de Santiago.
A partir de ahí y con la descripción del sujeto se empezaron a seguir pistas y se identificó al “santero”, esto es, la persona que vigilaba los hábitos de la víctima y pasaba la información a los ladrones. La señora del Sr. Mestre, con la ayuda de la policía, desenterró varias latas del patio donde habían miles de pesos en monedas de oro, así como en dinero de circulación oficial y también se encontraron, metidas entre las páginas de los libros que el Sr. Mestre poseía, miles de pesos de la época de la Colonia, que ya no tenían valor oficial y solamente para los coleccionistas, dinero que se pensó que el Sr. Mestre ya ni se acordaba que tenía. Según la señora los ladrones pudieron llevarse muy poco o casi nada, pues al parecer el Sr. Mestre no reveló los lugares en que tenía escondido el dinero. Este fué un caso que conmovió a la comunidad, ya que en muy raras ocasiones había sido ésta testigo de un crimen tan brutal.
Posted by Santiago de las Vegas en Línea at 10:47 p. m.
Categorías: crimen, Epoca Republicana, historia, La Niñez, Memorias Personales
