Autor: Osvaldo Jiménez Vázquez, Arqueólogo
El presente texto parte
de cuatro estampas literarias sobre Santiago de las Vegas escritas por el deportista
e intelectual Wenceslao Gálvez y Delmonte (Matanzas, 1867 ─ La Habana, 1951) y
publicadas en el libro Costumbres,
sátiras, observaciones. (1)
Las estampas muestran aspectos muy interesantes de la vida cotidiana de nuestra población en 1893, de sus habitantes, personajes de paso, celebraciones como el día de los fieles difuntos, vida religiosa, social, etc. Son, sin dudas, una inapreciable ventana al pasado de las actuales familias santiagueras.
ESTAMPA PRIMERA
¿Gitanos en Santiago de las Vegas? (4)
Desde niños la literatura y el cine nos han mostrado una imagen peyorativa de los gitanos, también conocidos como zíngaros, romaníes. Se les muestra como personas de vida disoluta, dedicados al juego, a la adivinación, al hurto, a las artes circenses. Como demuestra la experiencia, las generalizaciones siempre caen en terrenos de injusticia. La siguiente estampa muestra que en el caso tratado los adictos a “apropiarse de lo ajeno” no estaban entre los gitanos sino entre los pobladores de Santiago:
Un día ─ hace ya algunos meses ─ hubo movimiento inusitado en Santiago de las Vegas. Llegaba de la capital un cargamento de mujeres y niños custodiado por hombres que estropeaban el castellano, sudaban a mares y fumaban en pipa. Venían de La Habana, como he dicho, y atraían la curiosidad de estos vecinos acostumbrados a su vida monótona. ¿Quiénes eran? Algunos decían que granadinos, otros que gitanos. Las mujeres, sobre el carretón, muy risueñas fumando sus pipas y acariciando sus pequeñuelos. ¡Los pobres! El sol caía a plomo sobre ellos haciéndolos trasudar y encendiéndoles el color del rostro. ¿Quienes eran? Uno de ellos se me acercó preguntándome donde quedaba el cementerio. El alcalde los había facultado para que, frente al cementerio, casi en despoblado, levantaran sus tiendas de campaña.
"Y el hombre, el dueño que a la tierra envías
Armado para entrar en la contienda
No sabe, al despertar todos los días,
En que desierto plantará su tienda”
Le indiqué y allá se fue la caravana ávida de descansar. Era domingo, día en que la gente de este pueblo de artesanos se atavía con sus mejores galas y va al paradero a esperar la llegada del tren de La Habana. Es una costumbre inveterada que se sigue involuntariamente. ¿Qué trae el ferrocarril?
¿Quién viene? Dos o tres pasajeros que se pierden entre la multitud. Pero, a pesar de eso, vamos al paradero los domingos a esperar el tren. Se oye el silbido lejano, se ve la humareda que deshace el viento, trepidan los raíles, se acerca la locomotora, ha llegado ya, somos felices. Ya el pueblo sabía que teníamos forasteros que no viajaban por ferrocarril sino en carretones.
¿Dónde están? Ah, si, frente al cementerio. Allí se aglomeró el pueblo para ver a los nuevos vecinos. Había varias tiendas de campaña; a una por familia. Sobre la yerba caliente, arrinconado, se puso el mobiliario: bultos de ropa y piedras. Los niños gateaban, las mujeres en cuclillas se dejaban ver y miraban. Pero tenían hambre. Compraron puercos y pollos y en un gran caldero, sostenido por un trípode de piedras, se condimentó con especies la cena. Obscurecía. En medio de cada tienda se encendió una hoguera humosa que alumbraba tétricamente aquella especie de caverna. El humo salía por la puerta de entrada y mientras se cocía el puchero, se trababa conversación entre curiosos y forasteros. Cerró la noche y la multitud fue dispersándose hasta dejar solos a aquellos hombres, mujeres y niños que vivían de una manera tan primitiva. Algunos señores se interesaron por la suerte de aquella pobre gente, querían enviarles a sus campamentos almohadas, sábanas y utensilios domésticos. Nosotros también fuimos y se nos dijo que eran paileros. Y en efecto, se sentía cerca de ellos un fuerte olor a cobre. Vestían a la europea y aceptaban con humildad ciertos regalos: zapatos y ropas usados. Las mujeres atendían a los niños y zurcían la ropa mientras los hombres recorrían las calles buscando pailas que componer. Retrocedí algunos siglos. Me parecía ver la sociedad primitiva constituida por tribus, porque esta era una tribu. Tenían su jefe, joven de veinticinco años a quien todos consultaban. Era quien se dirigía a la autoridad en los actos oficiales y quien guardaba el dinero de las ganancias, atendía a las necesidades de todos y discernía las rencillas o discordias de familia.Todos le debían obediencia ciega y trabajaban bajo su inmediata inspección. Así venían rodando por el mundo, surcando mares, atravesando montes. Recorrieron a España y aprendieron a darse a entender en nuestro idioma. Eran la familia Nicolao, naturales de Serbia, que emigraron en busca de fortuna.
Yo le di a componer una paila encontrada entre los tarecos que guardan siempre las familias cubanas en las barbacoas, pero después de ajustado el precio de la composición, al entregarme la paila me pidieron el doble del estipulado.
¡Qué idea de los contratos! Sin embargo, daba lástima de aquellos infelices que venían a trabajar y reunir dinero sin implorar la caridad pública tañendo la guitarra.
Una noche llegaron varios hombres y mujeres y niños al juzgado hablando todos a la vez. ¿Qué sucedía? Les habían robado sus ahorros. Y ahora ha de ver usted que aquellos infelices que dormían en el suelo, que aceptaban con humildad ciertos regalos, como ropas y zapatos usados, eran relativamente ricos. Tenían quinientas libras esterlinas en distintas monedas, además varias prendas de oro, corales, collares…un capital. Daba horror ver a las mujeres en las tiendas dando aullidos, desgarrándose la piel, mesándose los cabellos por aquella ruina; que acababa con sus ahorros de varios años. ¡Pobre gente! Recorrer países, acumulando riquezas, llevando una vida de privaciones y de miserias y ver derrumbarse en un momento el edificio ya tan adelantado.
Así sucedió un día a los que quisieron escalar el cielo por medio de una torre. Así sucede casi siempre, por que el deber de todo buen ciudadano es contribuir con la medida de su fuerza a las cargas sociales, consumir, en una palabra, y no apilar dinero que luego la codicia despilfarra. De donde resulta ─ y esto no es muy moral, que digamos ─ que la avaricia rompe el saco”.
Sobre los gitanos, los mismos que visitaron Santiago de las Vegas en 1893, dijo la escritora Renee Méndez Capote,(5) quien los observó múltiples veces en su infancia:
¿Porque venían los gitanos a una isla del Caribe? ¿Hacia dónde iban? ¿Qué fuerza misteriosa los empujaba a mecerse días y días sobre el mar lejano para permanecer en Cuba poco tiempo y reasumir enseguida su peregrinar? Mi época estuvo toda llena de gitanos que constituyeron en mi infancia un motivo de curiosidad inquieta. Pensar que tribus enteras se desplazaban sin motivo aparente y que ese deambular por el vasto mundo fuera su manera de vivir, nos fascinaba y nos dejaba atónitos. [...] Eran verdaderos zíngaros de la Europa central los que venían a Cuba a principios del siglo. [...] Era la misma raza abigarrada y fuerte, los mismos hombres, altos o bajos, pero siempre elásticos y vigorosos, con su tez pálida y sus largos cabellos negros. Las mismas mujeres finas, trajeadas con muchos colores, peinadas con gruesas trenzas entrelazadas con cintas, agobiadas por brazaletes, collares y múltiples sayuelas. Los mismos niños inquietos, de ojazos brillantes, vestidos igual que los mayores”.
ESTAMPA SEGUNDA
Intimidades (6)
Oigo desde mi despacho el ruido seco de los dominós al ser batidos contra el mármol de la mesa del café. Es un ruido continuo que empieza al obscurecer y termina casi a la media noche. De vez en cuando se oye la risa franca y espontánea del que ha realizado una buena jugada y la reconvención del compañero por haber dado tal o cual pifia. Lucen en el firmamento las estrellas, y en la calle, eternamente desierta, se ven parpadear los faroles del alumbrado público despidiendo un olor a gasolina insoportable. Entra por la ventana un aire seco y frío que amaga apagar las luces y nos hace buscar los rincones.
De tarde en tarde interrumpe el silencio monótono el silbido de tal cual paseante despreocupado que va al café o sale de la taberna. Caballos jadeantes caminan perezosamente cargados de plátanos manzanos que alzan su tallo verde por sobre el serón.
Siguen a éstos otros jamelgos cargados de pollos enjaulados que sacan la cabeza por entre el cordel de la maula quizás buscando aire sano y fortificante.
En el Casino se juega al billar, el tresillo, al dominó, se lee el Diario y la Unión con cierto aire de fastidio. Las luces de gas iluminan las mesitas de tresillo donde algunos hombres fían a la suerte el sustento cotidiano.
ESTAMPA TERCERA
Vázquez y su palomar (9)
Ya he entablado amistad con el caballero Vázquez, una de las personalidades más salientes de esta ciudad, pero aún hoy no he pasado á su barraca por más que la he visto desde afuera. Amigos: es una barraca que contiene una relojería con sus vidrieras á la calle y todo, porque este señor Vázquez, a pesar de ser el elegido por Dios para reformar la doctrina, es un relojero que dá la hora.
Por supuesto que vive solo, aislado de las gentes y detrás de la iglesia en cuyos aleros anidan palomas blancas libres como el viento.
Vázquez es un hombre de bien que ha sido celador de policía en la Habana, tiempos atrás. Dice que ha estado durmiendo durante más de cuarenta años de su vida, pero un día, leyendo no sé qué obra de espiritismo volvió á la luz, que es la verdad.
Aquí es la burla constante de los pilluelos que arrojan piedras y lodo a sus vidrios de la relojería desde cuyo balcón les endereza Vázquez un sermón capaz de hacer estremecer á un muerto. A mi me quiere porque le escucho y atiendo sus reformas.
Yo no debía revelar su historia porque me la ha confiado en un rasgo de candorosa espontaneidad. El es casado, pero su mujer anda por ahí olvidando la doctrina cristiana. Y él se alegra porque, siendo él llamado por Dios, como él cree, la mujer le estorba. A veces se pasa el día con una sopa, a veces no prueba bocado. Y si se le hostiga, se le persigue, cobra alientos y á mi mismo me ha confesado que ha de sustituir a San Pedro, cuando la humanidad, castigándole por sus reformas, lo lleve al pié del cadalso.
¡Pobre amigo Vázquez! ¡Y tan feliz como se siente! De donde resulta, amigos míos, que la felicidad en la tierra no consiste en tal ó cual goce sino en creerse feliz, y que es una mentira aquello de que:
‹‹ Feliz aquel![]() |
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Iglesia de Santiago Apóstol, 1882. Observe el reloj, ubicado en la torre derecha. Al fondo del templo se observa el “Palomar de Vázquez” |
Además de la estampa publicada por Wenceslao Gálvez y Delmonte en 1893, existe otra alusión al “palomar” en el libro Tradiciones santiagueras (1955) del historiador Francisco Fina García. El texto de Fina trata como una simple curiosidad el tema de Vázquez y la singular edificación en que habitaba, sin embargo, Gálvez va más allá, ahondando en la psiquis del individuo, que es la razón del porque dicho personaje perduró en la memoria colectiva.
ESTAMPA CUARTA
El Pozo Blanco
Si se les pregunta a personas originarias de Santiago de las Vegas, que peinen canas, ¿dónde queda el Pozo Blanco?, dirán que está situado en la calle 5 entre 6 y 8, casi a mediación de cuadra, en la acera del sur. Se trata de una casa de vecindad, o “cuartería”, de cuya estructura original solo sobrevive algo de la portada. Su apelativo original fue el Pozo de Blanco, en alusión a José Blanco, el propietario del pozo y luego de una Casa de Baños que hubo allí. Con el paso de los años el habla popular, con sus vaivenes lingüísticos, le sustrajo al apelativo Pozo de Blanco el articulo “de”. Pero dejemos que sea Wen Gálvez con su estampa quien nos cuente la historia de este curioso lugar:
“Al fin he ido a visitar el pozo de Blanco, hondo, profundo hasta perderse casi de vista.
Es un pozo como cualquier otro de su clase, pero tiene su historia.
Amigos, Blanco es un tabaquero, que de seguro recuerda á Moisés por su tenacidad en hacer brotar agua de las rocas. Una vez unos ingenieros soltaron la especie de que era imposible hacer un pozo en Santiago porque no había agua, y Blanco, D. José Blanco, un tabaquero, quiso demostrar á los ingenieros que aquí si había agua.
Intentó once veces en distintos patios hacer un pozo, pero el agua no aparecía; pero él se obstinaba, á tal punto, que hizo un solemne juramento con su mujer de que trabajarían hasta conseguir hacer un pozo ó perecerían en la demanda.
Esta tenacidad explica su carácter, más como el pueblo no creía en tales aguas, empezó a decirse en corrillos primero, en público después, que el pobre Blanco había perdido el juicio.
El trabajaba de día en la fábrica, torciendo, y de noche, después de cerrar la puerta, comenzaba la faena en unión de su mujer; es decir, ellos solos no, porque también trabajaba, en la medida de sus fuerzas una niña de siete años, fruto de aquella unión. Yo he visto, amigos, la canasta pequeña por donde bajaban á la niña y donde la subían junto con las piedras, es una canasta pequeña que pudiera servir para cuna de un par de gatos. Y en este afán nocturno emplearon cuatro años, sin desalientos, sin desmayos. Me expliqué entonces la alegría de Colón cuando encontró tierra, pensando en la alegría de Blanco cuando encontró agua.
Entonces ya no era loco, ya había vencido á los ingenieros. Hoy el pozo surte de agua fresca y límpida á la población y hasta surte una casa de baños con duchas y bañaderas.
Y Blanco, como Vázquez, también se siente feliz pensando en que esa labor de tanto tiempo, sin herramientas, sin auxilio de los hombres, lo ha colocado, al fin, en posición desahogada.
¡Ay, amigos! ¡Si vierais con que gusto mira a lo profundo del pozo! La gente creía que poco á poco Blanco cavaba su tumba y la de sus familiares y él en cambio, labraba su inmortalidad en este pueblo.
La perseverancia es una varita de virtud que, con sólo tocarla, saca agua de las peñas”.
La Casa de Baños de José Blanco aparece en la literatura comercial de Santiago de las Vegas entre los años 1892 y 1907, la dirección más antigua (1892) de este comercio era calle Lagunas no. 11, luego se cita como Lagunas no. 13 (1900) y finalmente, en 1907, como calle 5 no. 13.(10) La Casa de Baños de José Blanco también figura en el Plano topográfico de las poblaciones del término municipal de Santiago de las Vegas, de 1893.
El mérito de la familia de José Blanco al lograr la apertura del pozo se debía a la precaria situación de suministro de agua que padeció la población durante todo el período colonial, totalmente dependiente del comportamiento de la temporada de lluvias. Lagunas y aljibes (cisternas) eran los reservorios disponibles, ─ en 1899 había 1505 aljibes en la ciudad. No hubo acueducto municipal hasta 1913, cuando el empeño del concejal José Alberro de la Luz logró la consecución de esa obra.
Notas:
1- Gálvez y Delmonte W. 1932. Costumbres, sátiras, observaciones. Imprenta Rambla, Bouza, Habana.



Es muy significativo, y bastante de agradecer a Osvaldo Jiménez Vázquez, esta notable preocupación en "Tiempos adversos", no olvidadr hchois e historias que or,mos el riesgo de que se pierdan para siempre, a no haber alguien susceptible de ese amor al "Terruño'", nuestro, de todos los que siempre lo tenemos junto a nosotros. Ejemplo de que "No todo está perdido", siguen existiendo perocupados por nuestra historia municipal. Es de mucho agardecer.
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