lunes, 7 de septiembre de 2026

Santiago de las Vegas en 1893

Autor: Osvaldo Jiménez Vázquez, Arqueólogo

El presente texto parte de cuatro estampas literarias sobre Santiago de las Vegas escritas por el deportista e intelectual Wenceslao Gálvez y Delmonte (Matanzas, 1867 ─ La Habana, 1951) y publicadas en el libro Costumbres, sátiras, observaciones. (1) 


Wen Gálvez, como solía firmar sus escritos, es una de esas figuras olvidadas de la cultura cubana. Pertenece a la tradición del béisbol del siglo XIX, siendo un notable jugador de short stop y un bateador de respeto, campeón de bateo en la temporada de 1886, jugando para el club Almendares, con excelente promedio de 345. También forma parte de la saga de la literatura insular. Es autor de la primera historia del béisbol en Cuba. (2, 3) 

Nuestras investigaciones arrojaron que Wen Gálvez y su esposa, Amelia Moreira, residieron en Santiago de las Vegas en 1893, ejerciendo este como abogado en el Juzgado Municipal. Habitaban un inmueble situado en la calle Amargura (hoy calle 11), entre Cacahual (calle 14) y Desamparados (calle 18). Esto se colige de una de las estampas, donde Gálvez expone: “El cementerio está situado al final de la calle donde vivo. Desde la ventana veo todas las tardes su portada de hierro oxidado y sus paredes negras”. 

Las estampas muestran aspectos muy interesantes de la vida cotidiana de nuestra población en 1893, de sus habitantes, personajes de paso, celebraciones como el día de los fieles difuntos, vida religiosa, social, etc. Son, sin dudas, una inapreciable ventana al pasado de las actuales familias santiagueras.

 ESTAMPA PRIMERA 


¿Gitanos en Santiago de las Vegas? (4) 


Desde niños la literatura y el cine nos han mostrado una imagen peyorativa de los gitanos, también conocidos como zíngaros, romaníes. Se les muestra como personas de vida disoluta, dedicados al juego, a la adivinación, al hurto, a las artes circenses. Como demuestra la experiencia, las generalizaciones siempre caen en terrenos de injusticia. La siguiente estampa muestra que en el caso tratado los adictos a “apropiarse de lo ajeno” no estaban entre los gitanos sino entre los pobladores de Santiago: 


Un día ─ hace ya algunos meses ─ hubo movimiento inusitado en Santiago de las Vegas. Llegaba de la capital un cargamento de mujeres y niños custodiado por hombres que estropeaban el castellano, sudaban a mares y fumaban en pipa. Venían de La Habana, como he dicho, y atraían la curiosidad de estos vecinos acostumbrados a su vida monótona. ¿Quiénes eran? Algunos decían que granadinos, otros que gitanos. Las mujeres, sobre el carretón, muy risueñas fumando sus pipas y acariciando sus pequeñuelos. ¡Los pobres! El sol caía a plomo sobre ellos haciéndolos trasudar y encendiéndoles el color del rostro. ¿Quienes eran? Uno de ellos se me acercó preguntándome donde quedaba el cementerio. El alcalde los había facultado para que, frente al cementerio, casi en despoblado, levantaran sus tiendas de campaña. 


"Y el hombre, el dueño que a la tierra envías

Armado para entrar en la contienda

No sabe, al despertar todos los días,

En que desierto plantará su tienda” 


Le indiqué y allá se fue la caravana ávida de descansar. Era domingo, día en que la gente de este pueblo de artesanos se atavía con sus mejores galas y va al paradero a esperar la llegada del tren de La Habana. Es una costumbre inveterada que se sigue involuntariamente. ¿Qué trae el ferrocarril? 


¿Quién viene? Dos o tres pasajeros que se pierden entre la multitud. Pero, a pesar de eso, vamos al paradero los domingos a esperar el tren. Se oye el silbido lejano, se ve la humareda que deshace el viento, trepidan los raíles, se acerca la locomotora, ha llegado ya, somos felices. Ya el pueblo sabía que teníamos forasteros que no viajaban por ferrocarril sino en carretones.


¿Dónde están? Ah, si, frente al cementerio. Allí se aglomeró el pueblo para ver a los nuevos vecinos. Había varias tiendas de campaña; a una por familia. Sobre la yerba caliente, arrinconado, se puso el mobiliario: bultos de ropa y piedras. Los niños gateaban, las mujeres en cuclillas se dejaban ver y miraban. Pero tenían hambre. Compraron puercos y pollos y en un gran caldero, sostenido por un trípode de piedras, se condimentó con especies la cena. Obscurecía. En medio de cada tienda se encendió una hoguera humosa que alumbraba tétricamente aquella especie de caverna. El humo salía por la puerta de entrada y mientras se cocía el puchero, se trababa conversación entre curiosos y forasteros. Cerró la noche y la multitud fue dispersándose hasta dejar solos a aquellos hombres, mujeres y niños que vivían de una manera tan primitiva. Algunos señores se interesaron por la suerte de aquella pobre gente, querían enviarles a sus campamentos almohadas, sábanas y utensilios domésticos. Nosotros también fuimos y se nos dijo que eran paileros. Y en efecto, se sentía cerca de ellos un fuerte olor a cobre. Vestían a la europea y aceptaban con humildad ciertos regalos: zapatos y ropas usados. Las mujeres atendían a los niños y zurcían la ropa mientras los hombres recorrían las calles buscando pailas que componer. Retrocedí algunos siglos. Me parecía ver la sociedad primitiva constituida por tribus, porque esta era una tribu. Tenían su jefe, joven de veinticinco años a quien todos consultaban. Era quien se dirigía a la autoridad en los actos oficiales y quien guardaba el dinero de las ganancias, atendía a las necesidades de todos y discernía las rencillas o discordias de familia.Todos le debían obediencia ciega y trabajaban bajo su inmediata inspección. Así venían rodando por el mundo, surcando mares, atravesando montes. Recorrieron a España y aprendieron a darse a entender en nuestro idioma. Eran la familia Nicolao, naturales de Serbia, que emigraron en busca de fortuna. 


Yo le di a componer una paila encontrada entre los tarecos que guardan siempre las familias cubanas en las barbacoas, pero después de ajustado el precio de la composición, al entregarme la paila me pidieron el doble del estipulado. 


¡Qué idea de los contratos! Sin embargo, daba lástima de aquellos infelices que venían a trabajar y reunir dinero sin implorar la caridad pública tañendo la guitarra. 


Una noche llegaron varios hombres y mujeres y niños al juzgado hablando todos a la vez. ¿Qué sucedía? Les habían robado sus ahorros. Y ahora ha de ver usted que aquellos infelices que dormían en el suelo, que aceptaban con humildad ciertos regalos, como ropas y zapatos usados, eran relativamente ricos. Tenían quinientas libras esterlinas en distintas monedas, además varias prendas de oro, corales, collares…un capital. Daba horror ver a las mujeres en las tiendas dando aullidos, desgarrándose la piel, mesándose los cabellos por aquella ruina; que acababa con sus ahorros de varios años. ¡Pobre gente! Recorrer países, acumulando riquezas, llevando una vida de privaciones y de miserias y ver derrumbarse en un momento el edificio ya tan adelantado. 


Así sucedió un día a los que quisieron escalar el cielo por medio de una torre. Así sucede casi siempre, por que el deber de todo buen ciudadano es contribuir con la medida de su fuerza a las cargas sociales, consumir, en una palabra, y no apilar dinero que luego la codicia despilfarra. De donde resulta ─ y esto no es muy moral, que digamos ─ que la avaricia rompe el saco”. 


Sobre los gitanos, los mismos que visitaron Santiago de las Vegas en 1893, dijo la escritora Renee Méndez Capote,(5) quien los observó múltiples veces en su infancia: 

¿Porque venían los gitanos a una isla del Caribe? ¿Hacia dónde iban? ¿Qué fuerza misteriosa los empujaba a mecerse días y días sobre el mar lejano para permanecer en Cuba poco tiempo y reasumir enseguida su peregrinar? Mi época estuvo toda llena de gitanos que constituyeron en mi infancia un motivo de curiosidad inquieta. Pensar que tribus enteras se desplazaban sin motivo aparente y que ese deambular por el vasto mundo fuera su manera de vivir, nos fascinaba y nos dejaba atónitos. [...] Eran verdaderos zíngaros de la Europa central los que venían a Cuba a principios del siglo. [...] Era la misma raza abigarrada y fuerte, los mismos hombres, altos o bajos, pero siempre elásticos y vigorosos, con su tez pálida y sus largos cabellos negros. Las mismas mujeres finas, trajeadas con muchos colores, peinadas con gruesas trenzas entrelazadas con cintas, agobiadas por brazaletes, collares y múltiples sayuelas. Los mismos niños inquietos, de ojazos brillantes, vestidos igual que los mayores”.

ESTAMPA SEGUNDA 

Intimidades (6) 

Oigo desde mi despacho el ruido seco de los dominós al ser batidos contra el mármol de la mesa del café. Es un ruido continuo que empieza al obscurecer y termina casi a la media noche. De vez en cuando se oye la risa franca y espontánea del que ha realizado una buena jugada y la reconvención del compañero por haber dado tal o cual pifia. Lucen en el firmamento las estrellas, y en la calle, eternamente desierta, se ven parpadear los faroles del alumbrado público despidiendo un olor a gasolina insoportable. Entra por la ventana un aire seco y frío que amaga apagar las luces y nos hace buscar los rincones. 

De tarde en tarde interrumpe el silencio monótono el silbido de tal cual paseante despreocupado que va al café o sale de la taberna. Caballos jadeantes caminan perezosamente cargados de plátanos manzanos que alzan su tallo verde por sobre el serón. 

Siguen a éstos otros jamelgos cargados de pollos enjaulados que sacan la              cabeza por entre el cordel de la maula quizás buscando aire sano y fortificante.     

En el Casino se juega al billar, el tresillo, al dominó, se lee el Diario y la Unión          con cierto aire de fastidio. Las luces de gas iluminan las mesitas de tresillo              donde algunos hombres fían a la suerte el sustento cotidiano. 

Casino Español. Circa década1910

No hay fiestas ni distracciones. El pueblo se entrega a los juegos ilícitos buscando los rincones más apartados de la ciudad. Las solteras bostezan sobre sus tableros de cigarros que van apilonando mientras su pensamiento vaga soñando con el novio que no llega. La tarea es abrumadora; hay que torcer dos mil cigarros para  ganar treinta y cinco centavos en calderilla. Lían estos cigarros con prontitud pasmosa. Casi todas fuman y con naturalidad le piden a uno la candela. Dicen que se ven obligadas a fumar por que el olor de la picadura les sería insoportable si no fumaran.

Así es que escupen a menudo sobre el suelo, delante de ellas mismas.  Esto es tan corriente que las he visto fumar en el mismo salón de baile, en los intermedios de las habaneras. No hacen como en algunos saraos de la Habana, en los que las damas fuman en el tocador de señoras, pegan la boca a la pared y se pasan después el pañuelo húmedo de esencia por los labios. Allá en la Habana, hay más refinamiento en el vicio. Y es que aquí se fuma por necesidad; los maridos son tabaqueros, tuercen en las fábricas y las mujeres son cigarreras y lían en las casas. Cuando el calor es sofocante, suelen sentarse a la puerta de la casa con el tablero en las piernas. Los niños desde muy temprano tienen el tabaco en la boca y escupen nicotina por el colmillo. 

Si va uno a juzgar por las apariencias, es ésta una ciudad caritativa. Llegan con frecuencia ciegos violinistas que estropean trozos de óperas en su instrumento viejo y cansado. Son estos días de júbilo. Se oye música por una calderilla. Los chicos que van a mandados se demoran por seguir a estos músicos ambulantes y entran en las bodegas pidiendo los encargos con la tonada que acaban de oír. A veces el ciego es un gallego que evoca con la gaita recuerdos de la patria lejana y desparrama por la ciudad las notas de la muñeira con tal fuerza que parece como si quisiera que llegara a oírse en la misma Galicia. Algunos compatriotas, al oír la gaita, abandonan el trabajo y bailan algunos compases; son doblemente esplendidos entonces en la limosna y se quedan con morriña por algunos días. 

Los domingos está la iglesia casi vacía: es más amplia que la de Monserrate de la Habana, y desde su púlpito ─ recompuesto con arte y elegancia ─ se han pronunciado sermones de forma literaria irreprochable. Al ver la iglesia casi abandonada por las familias y ver lo bien tendidos que están los altares, diríase que manos invisibles de hadas los arreglan en holocausto a su fe religiosa. 

Iglesia Parroquial de Santiago Apóstol, circa décadas de 1890-1910


Y la religión no falta; es el tiempo lo que apremia, las tareas domésticas que han sido abandonadas durante la semana, obligan a las familias a quedarse en casa y no ir a misa. Sin embargo; el sacristán se queja de falta de matrimonios y bautizos. El celibato predomina;  y en la mayoría de los casos las arras no llegan a trece monedas. 

Antes de ayer vi el entierro de un niño. El cementerio está situado al final de la calle donde vivo. Desde la ventana veo todas las tardes su portada de hierro oxidado y sus paredes negras. El difunto era un niño de meses. El cadáver iba sobre andas, el cuerpo al descubierto y vestido con cargador fino adornado con cintas azules y rodeado de flores. En la cabeza llevaba un gorro de encaje por el que se entretejían cintas también azules, delgaditas. Iba vestido con lujo y con la cara alegre que saben poner los niños cuando van a alguna fiesta. (7) No sé por qué me atrae el cementerio y he querido visitar el que tenemos. 

Portada del cementerio de Santiago de las Vegas, 1870


No hay terreno que escoger. Si acaso he de morir aquí, ya sé que sobre mi tumba ha de crecer pronto la yerba verde, llena de savia, con una vitalidad que envidiarían las cañas de maloja de los alrededores. El día de los difuntos fui también a ese lugar sagrado, virgen de panteones lujosos, aunque preñado de cruces modestas de madera. Es un cementerio chico, de una manzana en cuadro. La fiesta de los difuntos se celebra de noche. No hay coronas ni flores. En el suelo, sobre la yerba recién cortada grupos de chiquillos cuidan del viento las velas que alumbran humildes epitafios. Leo algunas inscripciones y una de ellas me revela una tragedia digna de Shakespeare. R. I. P. D Fulano y Da. Mengana, víctimas del amor. Interrogo a uno de los chiquillos que me ha acercado la vela a la lápida. El marido, por celos mató de un tiro a su mujer y luego se mató él, me dice. (8) Me forjo mi novela y visito el osario. 

Continúa el ruido seco de los dominós en el café vecino. El reloj de la iglesia, viejo y cansado, da pausadamente nueve campanadas desde su alta torre. 

Me asomo a la ventana. Las estrellas brillan en el firmamento. Los faroles de la calle han boqueado. Parece esto una ciudad abandonada. Ahora se oye el silbido penetrante de la chicharra; me invade la pereza y voy a dormir.

Quiera Dios que no me llamen a media noche. ¡Esta tan obscura la calle…! ¡Tan obscura y tan solitaria…!

Santiago de las Vegas, febrero, 1893.

ESTAMPA TERCERA 

Vázquez y su palomar (9) 

Ya he entablado amistad con el caballero Vázquez, una de las personalidades más salientes de esta ciudad, pero aún hoy no he pasado á su barraca por más que la he visto desde afuera. Amigos: es una barraca que contiene una relojería con sus vidrieras á la calle y todo, porque este señor Vázquez, a pesar de ser el elegido por Dios para reformar la doctrina, es un relojero que dá la hora. 

Por supuesto que vive solo, aislado de las gentes y detrás de la iglesia en cuyos aleros  anidan palomas blancas libres como el viento. 

Vázquez es un hombre de bien que ha sido celador de policía en la Habana, tiempos atrás. Dice que ha estado durmiendo durante más de cuarenta años de su vida, pero un día, leyendo no sé qué obra de espiritismo volvió á la luz, que es la verdad. 

Aquí es la burla constante de los pilluelos que arrojan piedras y lodo a sus vidrios de la relojería desde cuyo balcón les endereza Vázquez un sermón capaz de hacer estremecer á  un muerto. A mi me quiere porque le escucho y atiendo sus reformas. 

Yo no debía revelar su historia porque me la ha confiado en un rasgo de candorosa espontaneidad. El es casado, pero su mujer anda por ahí olvidando la doctrina cristiana. Y él  se alegra porque, siendo él llamado por Dios, como él cree, la mujer le estorba. A veces se  pasa el día con una sopa, a veces no prueba bocado. Y si se le hostiga, se le persigue, cobra alientos y á mi mismo me ha confesado que ha de sustituir a San Pedro, cuando la humanidad, castigándole por sus reformas, lo lleve al pié del cadalso. 

¡Pobre amigo Vázquez! ¡Y tan feliz como se siente! De donde resulta, amigos míos, que la  felicidad en la tierra no consiste en tal ó cual goce sino en creerse feliz, y que es una mentira aquello de que: 

‹‹ Feliz aquel
Que el cielo dota
De una mascota››
 
Una descolorida fotografía tomada en el año 1882 muestra en primer plano la Iglesia de Santiago Apóstol, atrás, a la derecha del templo, notamos la curiosa edificación de planta circular en cuyo piso superior coexistían Manuel Vázquez y su relojería, motivo de la anterior estampa.

Iglesia de Santiago Apóstol, 1882. Observe el reloj, ubicado en la torre derecha. Al fondo del templo se observa el “Palomar de Vázquez”

Además de la estampa publicada por Wenceslao Gálvez y Delmonte en 1893, existe otra alusión al “palomar” en el libro Tradiciones santiagueras (1955) del historiador Francisco Fina García. El texto de Fina trata como una simple curiosidad el tema de Vázquez y la singular edificación en que habitaba, sin embargo, Gálvez va más allá, ahondando en la psiquis del individuo, que es la razón del porque dicho personaje perduró en la memoria colectiva.

ESTAMPA CUARTA

El Pozo Blanco

Si se les pregunta a personas originarias de Santiago de las Vegas, que peinen canas, ¿dónde queda el Pozo Blanco?, dirán que está situado en la calle 5 entre 6 y 8, casi a mediación de cuadra, en la acera del sur. Se trata de una casa de vecindad, o “cuartería”, de cuya estructura original solo sobrevive algo de la portada. Su apelativo original fue el Pozo de Blanco, en alusión a José Blanco, el propietario del pozo y luego de una Casa de Baños que hubo allí. Con el paso de los años el habla popular, con sus vaivenes lingüísticos, le sustrajo al apelativo Pozo de Blanco el articulo “de”. Pero dejemos que sea Wen Gálvez con su estampa quien nos cuente la historia de este curioso lugar: 

“Al fin he ido a visitar el pozo de Blanco, hondo, profundo hasta perderse casi de vista. 

Es un pozo como cualquier otro de su clase, pero tiene su historia. 

Amigos, Blanco es un tabaquero, que de seguro recuerda á Moisés por su tenacidad en hacer brotar agua de las rocas. Una vez unos ingenieros soltaron la especie de que era imposible hacer un pozo en Santiago porque no había agua, y Blanco, D. José Blanco, un tabaquero, quiso demostrar á los ingenieros que aquí si había agua. 

Intentó once veces en distintos patios hacer un pozo, pero el agua no aparecía; pero él se obstinaba, á tal punto, que hizo un solemne juramento con su mujer de que trabajarían hasta conseguir hacer un pozo ó perecerían en la demanda. 

Esta tenacidad explica su carácter, más como el pueblo no creía en tales aguas, empezó a decirse en corrillos primero, en público después, que el pobre Blanco había perdido el juicio. 

El trabajaba de día en la fábrica, torciendo, y de noche, después de cerrar la puerta, comenzaba la faena en unión de su mujer; es decir, ellos solos no, porque también trabajaba, en la medida de sus fuerzas una niña de siete años, fruto de aquella unión. Yo he visto, amigos, la canasta pequeña por donde bajaban á la niña y donde la subían junto con las piedras, es una canasta pequeña que pudiera servir para cuna de un par de gatos. Y en este afán nocturno emplearon cuatro años, sin desalientos, sin desmayos. Me expliqué entonces la alegría de Colón cuando encontró tierra, pensando en la alegría de Blanco cuando encontró agua. 

Entonces ya no era loco, ya había vencido á los ingenieros. Hoy el pozo surte de agua fresca y límpida á la población y hasta surte una casa de baños con duchas y bañaderas. 

Y Blanco, como Vázquez, también se siente feliz pensando en que esa labor de tanto tiempo, sin herramientas, sin auxilio de los hombres, lo ha colocado, al fin, en posición desahogada. 

¡Ay, amigos! ¡Si vierais con que gusto mira a lo profundo del pozo! La gente creía que poco á poco Blanco cavaba su tumba y la de sus familiares y él en cambio, labraba su inmortalidad en este pueblo. 

La perseverancia es una varita de virtud que, con sólo tocarla, saca agua de las peñas”. 

La Casa de Baños de José Blanco aparece en la literatura comercial de Santiago de las Vegas entre los años 1892 y 1907, la dirección más antigua (1892) de este comercio era calle Lagunas no. 11, luego se cita como Lagunas no. 13 (1900) y finalmente, en 1907, como calle 5 no. 13.(10) La Casa de Baños de José Blanco también figura en el Plano topográfico de las poblaciones del término municipal de Santiago de las Vegas, de 1893. 

El mérito de la familia de José Blanco al lograr la apertura del pozo se debía a la precaria situación de suministro de agua que padeció la población durante todo el período colonial, totalmente dependiente del comportamiento de la temporada de lluvias. Lagunas y aljibes (cisternas) eran los reservorios disponibles, ─ en 1899 había 1505 aljibes en la ciudad. No hubo acueducto municipal hasta 1913, cuando el empeño del concejal José Alberro de la Luz logró la consecución de esa obra. 

Notas: 

1- Gálvez y Delmonte W. 1932. Costumbres, sátiras, observaciones. Imprenta Rambla, Bouza, Habana.
2- Alfonso López, F. J. 2003. Wenceslao Gálvez y Delmonte: del olvido literario al salón de la fama del béisbol cubano. (Inédito).
3- Gálvez y Delmonte, W. 1888. El Base Ball en Cuba. Historia del Base Ball en la Isla de Cuba, sin retratos de los principales jugadores y personas más caracterizadas en el juego citado, ni de ninguna otra. Imprenta Mercantil de los Herederos de Santiago S. Spencer, Habana, 1889.
4- En el libro “Costumbres, sátiras, observaciones” aparece con el título de “Mujeres, hombres y niños”.
5- Méndez Capote, R. 1984. Memorias de una cubanita que nació con el siglo. Editorial Arcos Vergara S. A., Barcelona.
6- Este artículo se publicó originalmente en la revista La Habana elegante, el 19 de febrero de 1893, año IX, no. 7, pág. 7.
7- Rebuscando en los archivos de la Iglesia Parroquial de Santiago Apóstol, encontramos una partida de defunción que parece coincidir con el infante que se menciona en el texto. Dice que el 20 de febrero de 1893 falleció de enteritis el niño de 26 meses Luciano González González, hijo de don Valentín y doña Marcelina (Libro 13b, folio 29 no. 78), y que se le dio sepultura en el Cementerio General de Santiago de las Vegas.
8- Los crímenes pasionales no eran raros en el Santiago decimonónico, como indica un expediente fechado el 24 de mayo de 1859, elevado a la Real Audiencia con motivo de haber aparecido en el patio de una cantina llamada La Española, en Santiago de las Vegas, los cuerpos sin vida de los jóvenes don Manuel Calvert y doña Rita Valdés: “[el], español, como de 25 años, vestido con pantalón de dril azul de rayas y botines de becerro, con una herida en la sien derecha, una pistola de faltriquera cañón de bronce descargada en la mano, el dedo índice diestro en su gatillo, y en la izquierda un puñal chico cabo de plata alemana, con punta aguzada, labrada su hoja sin filo con una cruz de hierro y dos virolas en sus extremos, “[ella] cubana, con 31 heridas en el cuerpo, vestida de túnico de muselina de remesón moradas y rosadas, fustán y camisón de género blanco de hilo y algodón, sin medias ni zapatos, suelto y desgreñado el cabello, trigueña, bien parecida y como de trece años. Todo procedió por celos” (Archivo Nacional de Cuba, Misceláneas de Expedientes, 1296).
9- Este texto se publicó con el título de “Asteriscos” en la revista La Habana elegante, el 30 de abril de 1893 (año IX, no. 17, pág. 5).
10- Zayas y Quintero. 1892-93. Directorio mercantil de la Isla de Cuba, año IV. Imprenta El Avisador Comercial, calle de la Amargura no. 30, Habana; 
11------------------------1900. Directorio Mercantil de la Isla de Cuba. Imprenta El Avisador Comercial, calle de la Amargura 30, Habana.


 



 

1 comentario:

  1. Es muy significativo, y bastante de agradecer a Osvaldo Jiménez Vázquez, esta notable preocupación en "Tiempos adversos", no olvidadr hchois e historias que or,mos el riesgo de que se pierdan para siempre, a no haber alguien susceptible de ese amor al "Terruño'", nuestro, de todos los que siempre lo tenemos junto a nosotros. Ejemplo de que "No todo está perdido", siguen existiendo perocupados por nuestra historia municipal. Es de mucho agardecer.

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