por Leovaldo González Álvarez / Santiago de las Vegas
No solamente, como muchos consideran, los que se encuentran distantes padecen la nostalgia de su gente y de su lugar de origen. También los que aún se mantienen dentro de ese universo añoran los momentos de etapas vividas, haciendo que la memoria cuando menos esperemos y motivada por alguna insospechada causa, nos tome de la mano y nos lleve con ella en su viaje contra el olvido.
El aroma de un perfume, el degustar un sabor que estaba dentro de nuestras preferencias o simplemente el escuchar una melodía, da lugar a que se abra en nuestras mentes la ventana de los recuerdos y nos permite observar a través de ella, como si estuviéramos en presente, momentos y etapas de nuestras vidas.
Mi municipio Santiago de las Vegas, toponímico formado por el nombre de su Apóstol, símbolo de la fuerza y la pujanza de su fe, batallador decidido; y Las Vegas por ser el cultivo del tabaco el predominante en el desarrollo de la vida económica de la comarca.
A Santiago lo conocí un día en nuestra parroquia, montado en su caballo blanco y dispuesto a guiar con su ejemplo a los que lo habían llamado para ser el patrón de nuestro pueblo.
De las Vegas sólo llegué a conocer el edificio del despalillo (a la izquierda), donde se traía a curar el tabaco en grandes tercios y que en años anteriores había sido fuente de trabajo para muchas familias santiagueras; el chinchal de la calle 11 y 4 donde por primera vez mis ojos vieron torcer la hoja para dar forma a un tabaco; y fundamentalmente la histórica lucha de los vegueros contra el estanco decretado por la Corona Española, que costó la vida a muchos de ellos y en cuya memoria se levanta el Monumento a los Tabaqueros en la entrada principal de nuestro pueblo.
Santiago de las Vegas, en el que sus forjadores levantaron como elemento fundacional su magnífica Iglesia y en la que sus generaciones posteriores pusieron todo el empeño para el engrandecimiento y belleza. La gigantesca campana que girando sobre su eje y sonando a todo vuelo, decían que se oía mas allá del Rincón, su magnífica lámpara dorada que pendía de la cúpula, su barandal labrado en mármol que delimitaba la presencia del Santísimo en su magnífico altar, su elevado púlpito de madera preciosa, los coloridos vitrales que con sus imágenes se ubican en cada tragaluz.
Santiago de las Vegas, con sus escuelas públicas y privadas donde un claustro de magníficos profesores impartía el conocimiento de las letras, además de educación formal y disciplina, y que con su ejemplo personal iban dando forma al espíritu y la conciencia de las nuevas generaciones.
Al igual que los católicos, en sus varios templos Masónicos y Evangélicos también se nucleaban muchos miembros y familias en su fe y sus principios.
Sus sociedades enaltecían la cultura y la práctica de deportes; fue en el Centro de Instrucción y Recreo donde por primera vez se celebró en Cuba el Día de las Madres.
Grupo de jóvenes del Club Atlético en un juego de pelota. Fotografía de la colección de Leonardo Gravier.
Teníamos también nuestro Stadium con juegos los domingos y el team de pelota del Club Atlético Santiago. Me veo con medio pueblo sentado en una gradería del Cerro, jugando Santiago contra el team del Teléfono y perdiendo en el noveno inning, ya no había uñas que comer, pero a palo limpio empatamos el juego y después nos vamos arriba. Santiago es campeón y dejamos al Teléfono tendido en el campo. Llegamos en caravana y al entrar en la calle 2 nos espera un Elefante Verde de tamaño natural y la conga de los Tuero, alegría total y orgullo de ser santiagueros.
Campeonatos de basket ball, que se disputaban en las noches Los Pretty Boys, los Maceo, Los Locos de Mazorra, y juegos con el equipo de Bejucal, en los cuales de vez en cuando se subía la mostaza y acababan con algunos intercambios y no solamente de palabras. El antagonismo deportivo entre pueblos era parte también del folklore santiaguero.
El recorrido mental me ubica en la zona comercial (foto a la izquierda de Marcos Ruiz): El Dandy, El Telar, Ritmo, La Casa Grande, El Gallo, Ventoso, Ingelmo, y cuando estoy frente a La Marquesita, de los más lejanos recuerdos de mi niñez algo que me impresionó sobremanera, surge la figura de un señor mayor, con un cono metálico que tenía además una boquilla y una agarradera, apoya sus labios en la boquilla y grita a todo pulmón en su amplificador artesanal: “LA MARQUESITA: EN AGOSTO TODO AL COSTO”. De seguro fue el precursor de la propaganda comercial en nuestro pueblo y que después continuó Cruz García con los amplificadores en el techo de un carro. Droguerías: Mora, Fina, García, Pepito Díaz, Pita y otras. Cafeterías, Bares, Restaurantes: Los 3 Ceros, el Kiosco de Berardo, La Central, El Royalty, La Dominica, La Suerte, La Espada, el Bar de Gervasio con su vitrola, que accionaba una orquesta de títeres cuando se le echaba su correspondiente níquel. Los helados del Chino Bigote (hand made, como se dice ahora). La Coficola, refresco de extracto de distintos sabores con agua efervescente, mejor que cualquier refresco de la red comercial; y para comer frituras con especialidad en plátanos, Jesús Chicharrita. La juguera de 11 y 4 donde una vez en los años 50 llegó a paliar la sed el campeón de los pesos pesados Rocky Marciano, y que no sé como vino a dar por estos lares, posiblemente le dieron mal la dirección del Niño Valdés. De éstos y de muchos más lugares pudiera contarles, pero el sol está que pela y a la memoria, que ya está algo vieja, le empezaron a doler los pies y no quiere dar un paso más.
El Parque Viejo, o Parque Martí, en 1930. Fotografía de la familia Raymond-De Con.
Se hace de noche y comienza nuestro andar por el equivalente al Prado Habanero de nuestro Santiago, calle 13 y calle 4, arriba y abajo enlazando el Parque Nuevo y el Parque Viejo, va mi gente luciendo sus mejores galas, conversando y saludando a todas las amistades, los enamorados y los que están luchando por una conquista.
Década del 1950: el Teatro Popular del Centro de Instrucción y Recreo.
Se va a la cartelera de los cines para ver si nos cuadra lo que están echando, eso en caso de que no hayamos leído los programas que en forma de picúas lanzaba Ovidio el Bobo por cada postigo o ventana de las casas. Ya en el Cine con cualquier problema en la proyección los asistentes gritaban a coro “¡FOGOTE, SUELTA LA BOTELLA!”.
Íbamos a celebrar las fiestas de quince (a la derecha, la de Nilda de Con), éstas tenían su preparación inicial en los ensayos de varios días; en las primeras horas del día del cumpleaños no podía faltar la serenata, y después de la fiesta, el "desquite".
Opción adicional: coger la Loma. La Tabernita, el Rincón Criollo, Las Brisas, El Palmar y todo eso aunque hubiera que regresar hasta Santiago a pie, como dice la canción.
La memoria evoca los días 25 de julio de cada año en la celebración de las Fiestas de nuestro Patrón, fuegos artificiales, voladores, los "caballitos" en el parque y los bailes patrocinados por las sociedades culturales.
En la Loma del Cacahual cada 7 de diciembre, también nos vemos rindiendo homenaje al Titán de Bronce y a Panchito Gómez Toro, cuyos restos fueron rescatados y traídos para su custodia por el Coronel Juan Delgado, que formaba parte del Regimiento de Santiago de las Vegas durante la Guerra del 95. Paradojas del destino: Martí que nació en la Habana está sepultado en Santiago de Cuba y los restos de Maceo, que nació en Santiago de Cuba, descansan en Santiago de las Vegas.
Si La Habana tuvo sus personajes populares como el Caballero de París, Santiago no quedó en eso atrás, y repasamos las imágenes de aquéllos que compartieron con nosotros un espacio en el tiempo y que jocosamente llamábamos el Teniente, o el Viejo Pelayo. Pero si de popularidad se trata está Ovidio, que barrió en todas las encuestas después de ganar el primer lugar en un concurso del más feo entre los feos.
Después de tanto recordar, la ventana de la memoria se entorna y toma una pausa, se percata que por lo general lo agradable se percibe primero, pero que no todo fue fiesta y jolgorio en mi pueblo, sino que la alegría se derivó como resultado del mucho esfuerzo, trabajo y dedicación de nuestros padres y abuelos.
Aunque queda mucho aún en el tintero para comentar de Santiago y de los santiagueros, llegó el momento de volver a la realidad.
Hoy podríamos decir que aquel Santiago añorado, tanto por los presentes como por los ausentes, ya no existe. Empezando por nuestro status: no somos más Municipio Santiago de las Vegas, nos llamamos Municipio Boyeros y hasta la laguna de Pancho Real se secó, y el Despalillo y el cine del Centro han desaparecido. Pero si lo material pasó a formar parte del pasado, el espíritu de los que tuvimos el privilegio de conformar esa comunidad prevalece y todos los que en ella nos formamos, continuamos transmitiendo a nuestros hijos la formación que recibimos de nuestras familias y de nuestros maestros, la certeza de que el esfuerzo y el trabajo diario nos llevarán por el camino de la prosperidad en todos los sentidos y que ello nos permitirá brindar una vida mejor a nuestros hijos y una gama más amplia de posibilidades en su desarrollo futuro.
Es evidente que la esencia permanece, la semilla sembrada por nuestros predecesores se convirtió en un frondoso árbol, que azotado por los vientos ha esparcido a su vez sus semillas en todas las direcciones.
Después de todo, ¿cuál fue la bujía que encendió la chispa de todos estos recuerdos? Pues yo consideraba que solamente tres cosas habían trascendido las fronteras locales de nuestro Santiago: el boniatillo de Florentino, de triángulos perfectos en sus envases de cartón y su dulce de coco en tinajitas de barro, así como las croquetas de La Dominica, que según el slogan de Juan Angulo eran Las Mejores Croquetas de Cuba... pero entonces la vista tropezó con un nombre que no por mucho tiempo sin escuchar estaba ni menos olvidado. En el anaquel de una
"shopping" de mi pueblo me encontré con la oferta de un producto en cuya etiqueta estaba impreso SAZONADOR BADÍA.
Después de tantos años, podemos celebrar: la semilla ha vuelto a casa.