jueves, 24 de enero de 2013

Esto matará aquello: la caligrafía en Santiago de las Vegas

por Leonardo Gravier | Coral Gables, Florida

Imagen: Jason.P. | Flickr
En un artículo escrito por Sheng Hui en el periódico chino Yanzhao Evening News, relataba el autor la gran crisis en la escritura por la que está pasando China. Los adultos, han comenzado a olvidar cómo escribir los principales caracteres de la caligrafía china, y los niños no los han aprendido. Parte de la razón es simplemente nuestra tecnología social. Los estudiantes se comunican entre sí por medio de e-mail o mensajes de texto. Las clases de caligrafía en China han sido descartadas y los maestros ya apenas escriben en las pizarras; con sólo apretar “el ratón”, aparece en una gran pantalla, todo el plan de clases y lo que antes hubiesen visto los niños escrito a mano. Sheng termina el artículo lamentando la situación y alertando que de seguir así, China va a tener que solicitar el estatus de “herencia cultural para los caracteres de la caligrafía china”.

Esto ya viene ocurriendo en Estados Unidos desde hace mucho tiempo, sólo que se hace patético en China, donde se inventó la caligrafía, la tinta (que los americanos erróneamente llaman India), los pinceles para escribir, el papel y el cálamo. El país que siempre tuvo el orgullo de la perfección de su escritura y en el que los niños pequeños escribían con rapidez y perfección sus caracteres, ya olvidó la caligrafía.

Victor Hugo, en su gran novela “Nuestra Señora de París”, cita la frase: “Esto matará aquello. El libro matará el edificio”. Citaba el espanto de los sacerdotes en la Edad Media, de donde surgió el escolasticismo, salvador de los textos de la cultura aristotélica y de los grandes teólogos; donde los copistas, monjes especializados en la caligrafía, crearon las más bellas ilustraciones en pergaminos con tintas de todos colores y con rasgos cercanos a la perfección. Aquellos monjes, que cuando no tenían pergaminos nuevos, acudían al palimpsesto, fueron los que nos salvaron, al igual que los árabes, toda la cultura de la antigüedad con su caligrafía. Los sacerdotes de la Edad Media se espantaban ante el agente nuevo que amenazaba su caligrafía: la imprenta. La cátedra y el manuscrito, la palabra escrita con bellos caracteres, se asustaba de la palabra impresa que creaba Gutenberg. No obstante, la imprenta hizo accesible la Biblia a todas las naciones.

Victor Hugo consideraba la invención de la imprenta como unos de los mayores acontecimientos que registrará la Historia.

En nuestros días, en nuestra oficina en particular, yo he podido constatar que los nuevos empleados, recién salidos de las universidades, no reconocen la letra cursiva; sólo escriben, cuando lo hacen, con letra de molde compuesta por pobres rasgos. En lo que sí son maestros es en la velocidad de escribir en el “keyboard” o teclado de una computadora, en un iPhone o en el Blackberry. Ya en las oficinas de contadores públicos, abogados, médicos y otras profesiones, se ha eliminado el papel; los archivos son “paperless”; todo está en el cerebro de las computadoras, no en los anaqueles repletos de legajos.

Esto sustituyó aquello.

Recuerdo las clases de Caligrafía, desde el primer grado de la escuela pública (Escuela 2 en mi caso); recuerdo a mi maestra Isabel Bancells (izquierda) repartiendo los pomos de tinta, con pupitres preparados para colocarlos, las plumas con mangos de madera (portaplumas) y punto (también llamado “pluma”) de metal, el papel pautado o de doble pauta; primero en un solo color azul, más adelante, cuando la caligrafía era más avanzada, el papel de doble pauta venía en color azul y en rojo. Recuerdo que en los primeros grados, nos daban un papel esponjoso; eso hacía que el niño se obligara a no presionar mucho la pluma contra el papel so pena de que el punto se trabara con el papel y creara un gran borrón. Recuerdo que cuando se hacía un borrón, mi maestra Isabel Bancells, me enseñaba a cortar la esquina de un papel secante, y con el borde del  pedazo cortado ponerlo encima del borrón para que absorbiera la gota de tinta. Nunca se dejaba de practicar la caligrafía.

Caligrafía del autor.
Mis maestros, desde Carmelina Huergo (que me enseñó a leer y escribir) hasta Adela Curbelo (en la educación primaria) y más tarde en la secundaria, explicaban las materias usando la pizarra (negra primero y verde más adelante); obligaban al niño a escribir en ella. Así el niño aprendía los bellos rasgos de la letra cursiva, se empeñaba en imitarlos y pasaba un momento embarazoso si no sabía la lección.

Cuando llegué a la educación intermedia, mi maestro de Caligrafía era Leonides Cremata (abajo, izquierda). Nos enseñaba el Método Palmer (puede descargar una versión completa digitalizada del Método original); nos corregía, si aún no lo habíamos aprendido, la manera de sentarse para escribir mejor; cómo tomar la pluma; cómo asentar el brazo en el pupitre sin poner el codo, y hacía énfasis en los ejercicios de grafomotricidad. Yo, por insistencia de mis maestros y por imitación a mis dos padres —ambos tenían muy buena letra—, llegué a tener una letra que muchos consideraban bonita. Al llegar a EE.UU. noté la diferencia entre la buena letra que tienen casi todos los cubanos y la pobre escritura de los americanos. Desgraciadamente, las generaciones de origen cubano que nos siguen, tienen en su mayoría una letra lastimosa, por no decir terrible. Muchos jóvenes recién salidos de la enseñanza secundaria no pueden leer la letra cursiva, la consideran equivalente a un jeroglífico.''

Leonides Cremata Cortada
Yo creo que en materia de educación debe sumarse y no restarse. El hecho de que el progreso nos brinde cosas nuevas para expandir la cultura y acelerar el aprendizaje, no justifica el que desechemos las cosas del pasado que siguen siendo útiles. Yo personalmente, tengo  un i Pad, un iPhone y un Kindle. Muchos lo prefieren a un libro. Yo no. A mí me satisface más la letra impresa, con buen papel, con una bonita encuadernación y si las llevara, con bonitas ilustraciones; me gusta el olor de las páginas y la tinta. Con relación a la escritura, mi preferencia siempre ha sido escribir a mano, hacer correcciones,  desecharlo todo si considero que no sirve, después pasarlo a máquina de escribir (antes) o a la computadora (hoy). Es cuestión de preferencias. Dicen que Victor Hugo, escribía sus obras parado y afirmando el papel y la pluma en un pedestal a la altura adecuada. Creo que el hombre inventó el papel para no escribir más en piedra o en papiro. No obstante, creo que en algunos años, el papel pudiera tener el mismo primer uso que le dieron los chinos: envolver el pescado.

Yo creo que para engrandecimiento de la civilización, el hombre debe usar las modernas computadoras y perfeccionarlas aún más; pero no debe echar a un lado la escritura manual, clara y legible. No todas las personas tienen acceso a una computadora, a un iPhone, iPad o Kindle; pero aún los más pobres y desheredados tienen un lápiz, una pluma y un pedazo de papel para escribir y desarrollar la idea científica o la belleza de un poema.

Quiero terminar con un pensamiento del filósofo rumano Emil Cioran: “El progreso es la injusticia que cada generación comete con respecto a la que le precede”.

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