Fundador y primer Regidor Alguacil Mayor de Santiago de las Vegas. Apuntes biográficos.
Autor: Osvaldo
Jiménez Vázquez (1)
"Isleños, dejaron sus islas en pos de un sueño
Aquí, trabajaron, amaron, parieron hijos,
Hicieron patria; aquí, reposan sus huesos”
INTRODUCCIÓN
La historia de Cuba es la historia de las diásporas. Siglos atrás arribaron desde Sudamérica los aborígenes, a partir de 1492, llegaron europeos, africanos, chinos, y otros pueblos en menor medida. Entre los emigrantes españoles que arribaron a Cuba desde la conquista, el mayor número procedía de Canarias (Hernández, 1966;1977). Las razones que motivaban la emigración canaria eran, fundamentalmente, las geográficas, influyendo no sólo su posición sino factores como los vientos alisios, que aparecen como una constante en las relaciones Canarias-América; y económicas-sociales, desde las que tienen que ver con el subdesarrollo de las islas hasta otras puramente tradicionales, las cuales hacen que la emigración represente un factor de primer orden para la superación socio-económica tanto a niveles individuales como colectivos (Tornero, 1980). Santiago de las Vegas, ciudad localizada unos 30 km al sur de La Habana, fue fundada por emigrantes canarios en el siglo XVIII, quienes se dedicaron fundamentalmente al cultivo de vegas de tabaco. Uno de aquellos “isleños” fue Miguel Macías Cabrera, quien fue su fundador principal y primer Regidor Alguacil Mayor. En el presente texto aportamos datos inéditos a la biografía de Miguel Macías y se esclarecen imprecisiones contenidas en la historiografía local de Santiago de las Vegas.
DESARROLLO
Origen de Miguel Macías
La historiografía
local expone que Miguel Macías Cabrera nació en Teide, isla de Tenerife. (Montoto,1938;
Fina,1954; Estrada y Campos, 2003). Consecuentemente, consta Teide como su
lugar de origen en una tarja de mármol blanco colocada en 1931 en la calle 8
esquina a 13; la cual rebautizó la octava calle de Santiago de las Vegas como
calle Macías (fig. 1).
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| Fig. 1 Tarja de mármol blanco, 1931. |
En sendos
legajos fechados en el año 1756 consta que procedía de la isla de Gran Canaria
(Tornero, 1980).(2)
Si exploramos la geografía de esa isla, encontraremos que existe una ciudad
situada al Este con el nombre de Telde. El error al citar a Teide como tierra
natal de Miguel procede, probablemente, de su documento de defunción, transcrito
por Francisco Montoto en 1938, donde, dada la grafía de la escritura del siglo
XVIII, dicho historiador confundió la letra L con la I.
Las raíces de
Miguel Macías Cabrera hay que buscarlas en Gran Canaria, isla donde el apellido
Macías abunda más que en las otras, como nos manifestó en 2015 el señor Carmelo
González Acosta (†), entonces presidente de la Asociación Canaria de
Cuba “Leonor Pérez Cabrera”.
En dicha entrevista, Carmelo corroboró nuestra sospecha de que Miguel procedía
de Telde, en particular, del poblado de Valsequillo. Acudimos, vía web, en Las
Palmas de Gran Canaria al doctor en
Historia Moderna y Demografía Histórica Jesús E. Rodríguez Calleja, quien había
investigado los registros de la parroquia de San Juan de Telde (Acosta y Rodríguez,
1999).
Miguel Macías Cabrera procedía del matrimonio formado por
Juan Macías y Ana de la Trinidad Hernández (también nombrada Ana Cabrera de
León), domiciliados en el lugar de El Colmenal (sic), en Valsequillo, y que
tuvieron a los siguientes hijos: Isabel (nacida el 22-2-1671), Francisca
(27-6-1672), Ángela (10-9-1674), Pedro (3-5-1676), Isabel (3-4-1678) y Miguel. En la partida bautismal consta
que Miguel nació el 7 de julio de 1680, y fue bautizado cinco días después,
siendo su padrino Bartolomé Rodríguez, e imponiendo el sacramento bautismal el
beneficiado de San Juan Bautista de Telde Lorenzo Finollo y Venegas (Libro IX
de Bautismos, fol. 116, r1). El matrimonio de los padres de Miguel Macías
consta en el archivo de la parroquia de San Sebastián de Agüimes (Libro II de
matrimonios, folio 55, v1), localidad situada a unos 12 km de Valsequillo.
Al año de nacer Miguel Macías muere su padre, siendo
sepultado en la capilla de Nuestra Señora del Rosario, de la iglesia parroquial
de San Juan Bautista.
Juan Macías poseía propiedades, como se indica en extractos de documentación protocolaria del archivo parroquial de San Juan Bautista de Telde (Libro I de Protocolos, 1712), donde obra un tributo de 900 reales de principal, al tres por ciento anual, que Andrés Caravallo otorgó a favor de Juan Macías, y que ya en 1712 cobraban sus herederos, los esposos Manuel Suárez y Francisca de la Trinidad, vecinos de El Colmenal (sic). Para seguridad del cobro quedaron hipotecadas las siguientes propiedades:
- Una casa terrera y media fanega de tierra, plantada de viña, en El Colmenal (sic). Con indicación de linderos.
- Otra fanegada, dentro de otras seis, situada en El Cercado de Izquierdo.
- Dos fanegadas de tierra en Valsequillo.
- Una fanegada de viña y tierra en El Colmenal (sic).
- Cinco fanegadas y dos almudes de tierra, en donde hay media fanegada de viña.
Este documento se fechó el 8 de junio de 1712 ante el escribano Hernando de la Cruz Alarcón; él mismo se redactó su testamento.
Vida en Cuba
En algún momento, entre fines del siglo XVII y albores del
XVIII, Miguel Macías abandona Gran Canaria. Su salida debió obedecer a razones
de pobreza, teniendo en cuenta los escasos recursos de la tierra, sometida a
sequías, plagas y hambrunas y a una constante subdivisión de la propiedad, que
en el caso de Miguel se vio acrecentada por los diversos matrimonios de sus
progenitores, además de quedar muy pronto huérfano de padre. Es posible que
emigrara a una temprana edad, y de manera clandestina, quizás en compañía de
algún otro familiar o convecino, quizás para reunirse con familiares ya
radicados en Cuba.
Miguel
Macías contrajo matrimonio con Isabel de Castro Sánchez (también nombrada
Isabel de Castro Valcasares o Malcasares), natural de Gran Canaria. En los
libros de la Parroquia de Santiago Apóstol, en Santiago de las Vegas, no
aparece el matrimonio de Miguel Macías e Isabel de Castro, lo cual pudiera
significar que hayan contraído matrimonio en otra parroquia.
De esa unión
resultaron 7 hijos, como indican los documentos de defunción de ambos cónyuges.
Sin embargo, en esos documentos los nombres difieren. En la partida de Miguel
se nombra a María, Catharina, Gregorio, Aurora, Miguel, Juan Antonio y Petrona
Marcela, y en la de Isabel a María, Catharina, Gregorio, Anna, Miguel, Juan
Antonio y Ángela. Un documento citado por Tornero (1980, cuadro I) indica 9
hijos. Indagando en el archivo de la Parroquia de Santiago Apóstol de Santiago
de las Vegas, hemos localizado cinco partidas de bautismo de hijos de Miguel
Macías e Isabel de Castro (Libros II y III de Bautismos de Españoles, 5 de mayo
de 1722 a
31 de diciembre de 1769). Estos son: Miguel Silvestre, Juan Antonio, Pedro
José, Catalina Gregoria y Manuela Petronila. Tanto en el archivo parroquial
como en el padrón de 1766-67, encontramos información adicional sobre los hijos
de Miguel e Isabel.
Miguel
Macías Cabrera y su esposa otorgaron testamento en 1759 ante Cristóbal Vianes
de Salas, notario público y de cabildo. Los documentos de Vianes pasaron
posteriormente a la escribanía de Junco, cuyos papeles obran en el Archivo
Nacional de Cuba, en La Habana, sin embargo, comprobamos que allí no existe
nada referente a Miguel, si bien localizamos documentos sobre sus hijos Juan
Antonio y Miguel Macías de Castro en las escribanías de Cabello-Oseguera (1797-1801,
orden 20, legajo 97) y De Varios (no. 3354, legajo 226, 1795).
El
fallecimiento de Miguel Macías Cabrera se produjo el 6 de octubre de 1762, a los 82 años de
edad, en pleno período de dominación inglesa de La Habana (Fina, 1941). Buscamos
infructuosamente su partida mortuoria en el archivo parroquial, la cual se
hallaba en el Libro II de Enterramientos de Españoles, de 28 de agosto de 1722 a 23 de mayo de 1785. Afortunadamente,
el historiador Francisco Montoto la reprodujo en su libro inédito de 1938. En
la misma se dice:
En esta Santa Iglesia Parroquial del Pueblo de Santiago en siete de octubre de mil setecientos sesenta y dos años se enterró D. Miguel Masías Rexidor Alguacil Maior de este dicho pueblo natural del Lugar de Teide [Telde] en la Isla de Canaria hijo lexítimo de D. Juan Masías y de Dña Anna Cabrera de León y marido lexítimo de Dña Isabel de Castro Malcasares de cuyo matrimonio deja por sus hijos legítimos a Dña María= Dña Catarina= D. Gregorio= Dña Aurora= D. Miguel= D. Juan Antonio= y Dña Petrona Marcela Masías. Otorgó testamento por ante D. Cristóbal Vianes de Zalas numerario de la Ciudad de La Havana a los quatro de Maio del año pasado de setecientos cincuenta y nuebe por el qual dispone y manda q. su cuerpo sea amortajado con el hábito de San Francisco y q. se le diese sepultura en la Iglesia Parroquial de este Pueblo delante del altar del Santísimo San Antonio de Padua y las demás disposiciones de su entierro y funeral la dejó a sus albaseas q. se le dijesen las tres misas del alma y trese más resadas y una más resada al Arcángel San Miguel(3) y q. se den de limosna dos reales a cada una de las mandas forsosas inclusive la de San Lázaro nombra por sus Albaceas thenedores de bienes a la dicha Dña Isabel de Castro y por mñas Albaceas a D. Juan Antonio Masías a D. Gregorio Masías y a D. Miguel Masías sus hijos e instituie por su herederos a los referidos sus hijos ya nominados, recibió los Santos Sacramentos y lo firmé.
Salvador Santiago Pérez [Rúbrica]
Miguel
Macías y la fundación de Santiago
El período
fundacional de la población fue recogido en detalles por Montoto (1938),(4)
dejemos, pues, que sea él quien nos cuente esta crónica, aunque con modificaciones
nuestras:
“Entre los
vecinos más destacados se contaba Miguel Macías, natural de Telde, en la isla de
Gran Canaria. Miguel Macías es quien representa a los vecinos ante el gobierno,
puesto que en él se aúnan, en útil consorcio, el honor, los arrestos, los
entusiasmos todos para empresa tan ardua como lo era, sin duda, la fundación
del nuevo pueblo.
Con
anterioridad, todos los pueblos fundados lo habían sido por condes y marqueses,
por adelantados y conquistadores. ¿Cómo pensar que un grupo de vegueros sin
instrucción y sin representación pudiera llegar a realizar una empresa
reservada a nobles y personas de alta alcurnia? La empresa resultaba difícil,
puesto que todas las circunstancias les eran adversas, pero esto no influye en
los impulsos de aquellos guajiros llenos de fe y entusiasmo.
En la casa
de Miguel Macías se reúnen los vegueros, exponiendo sus proyectos. Convergen en
la necesidad de reunirse en un cuerpo de República, lo cual traería ventajas
incalculables, y si al Marqués de San Felipe y Santiago se le han cedido un
número grande de caballerías de tierra e igual se ha hecho con el Conde de Casa
Bayona ¿Qué de extraño tendría que ellos solicitaran igual merced y
colectivamente disfrutaran de las ventajas concedidas a condes y marqueses? A
los nobles se les ha concedido esas tierras para que las usufructúen en
beneficio personal ¿por qué, pues, no ha de ser disfrutado el territorio de
Santiago por la colectividad?
Los
labradores toman el acuerdo de visitar al Gobernador Francisco de Güemes y
Horcasitas para imponerle del propósito de enviar a España a Miguel Macías para
que se entreviste con Su Majestad y le comunique personalmente la aspiración de
los vecinos de Santiago. Para ello solicitarán como credencial ante el Rey un
informe del Gobernador favorable a sus propósitos.
Miguel
Macías y Gerónimo de Cuadra son los encargados de hacer las gestiones ante el
Gobernador Güemes, quien les recibe, y luego de escucharles con atención, les
hace saber su disposición a informar favorablemente sobre la materia.
Conseguido
el propósito, se acuerda reunir entre los vecinos el dinero necesario para
sufragar los gastos que ocasionará el viaje a la Villa y Real Corte. Miguel
Macías, designado para llevar a cabo la empresa, lleva una cantidad a la que
cada vecino ha aportado treinta pesos. Se separa Macías, por primera vez, de su
esposa e hijos, y en el primer barco que sale de La Habana hacia España parte a
cumplir su cometido.
Enterado el Marqués
de San Felipe y Santiago de los empeños que impulsaban a los vecinos de nuestro
territorio, embarcó un mes antes para la Real Corte, a fin de oponerse a que el
Rey concediera la autorización para fundar el nuevo pueblo. Ya antes había
intentado valerse de los buenos oficios de Güemes y Horcasitas, pero sin éxito.
Fracasó Juan
Núñez del Castillo, Marqués de San Felipe y Santiago, hijo del fundador de
Bejucal, en sus empeños de impedir la fundación de Santiago ante el Gobernador
Güemes y Horcasitas. El 18 de septiembre de 1744 presentaron nuestros
labradores una instancia en este sentido al Gobernador, hombre de vasta
cultura, emprendedor y amante de la justicia, el cual le dio traslado
inmediatamente a S. M. el Rey, el cual, a mediados del siguiente año de 1745,
impartió su aprobación a los deseos de los vegueros.(5)
Entre las
razones expuestas por nuestros antecesores a Su Majestad, se contaba que
estaban diseminados siendo su intención reunirse en población demarcada.
Firmaban la solicitud más de quinientos vecinos, de los cuales, probablemente, cincuenta
sabrían escribir.
Los primeros
o principales pobladores fueron: Antonio Lorenzo de Córdova, Pedro Álvarez, Miguel
Macías (el más amoroso, eficaz y digno vecino de aquella época; hombre que tuvo
durante toda su vida la obsesión de la grandeza moral y material de Santiago), Lucas
de Castro Perdomo, Ángel Díaz Amador, Francisco Machín, Rafael de Rodríguez,
Fernando de Acosta, Rafael de la Cruz, José González, Francisco Rodríguez, Vicente
Fernández Corvo, Juan Domínguez, Juan Padrón Quintero, Domingo Lorenzo de
Córdova, Manuel Rodríguez Herrera, Manuel Rodríguez Machado, y otros hasta el
número de treintaiuno. Se escogieron entre los primeros pobladores, por
recomendación del Rey, a los vecinos más beneméritos, hábiles y de buena
conducta, casados, nativos, pilongos de Santiago y, además, con prole. Estos
señores tuvieron que abonar treinta pesos y cuatro reales cada uno por el
usufructo del privilegio y terreno adquirido, dinero que pasó a la Hacienda
Pública como pasaba todo el aquí recaudado por no existir Cabildo o
Ayuntamiento entonces.
La oposición
del Marqués de San Felipe y Santiago a la fundación de nuestro pueblo estaba
justificada debido al perjuicio que esto causaba a sus intereses materiales.
Uno de los motivos que alegaba el Marqués ante el Rey era que:
“cuando se necesitan
fuerzas para defender la Isla de los ataques de los enemigos son los vecinos de
Bejucal y los habaneros quienes se disponen siempre a ello y nunca los vecinos
de Santiago”.
En las tres
guerras anteriores a la autorización real para la fundación de Santiago,
libradas por España contra Inglaterra (1702-1713), Holanda, Inglaterra y
Francia (1719-1727) e Inglaterra (1739-1749), el Marqués mantuvo,
efectivamente, su ofrecimiento de fuerzas, algunas de las cuales participaban en
la defensa del estratégico puerto de Batabanó. Pero el Rey sabía, también, que
en Santiago había desde 1714 una Compañía de Milicias, y que los vecinos habían
construido por cuenta propia, en 1725, un Cuartel de Milicias a la vera del
Camino Real que va de La Habana al puerto de Batabanó, manifestando su
disposición de defender la patria. Suponemos que esto lo tuviera en cuenta el
Rey al autorizar la creación del pueblo de Santiago.
Hacemos un alto en la narración de Francisco Montoto para decir que hubo quien creyó en que “las bondades del buen Marqués” permitieron la fundación de Santiago. Tal fue el caso de Jacobo de la Pezuela y Lobo (1871), quien expuso que:
“Por inspiración del obispo Compostela formó
D. Juan Castilla á [cinco] leguas de
la capital…[el pueblo] de Santiago de
las Vegas, repartiendo solares á muchos labradores”.
Continuamos
el curso de la narración.
La
autorización para la fundación fue impulsada también por el conocimiento que
tuvo el Rey del lugar en que se aspiraba a levantar la nueva población como
punto ventajoso para su Real Servicio. Santiago se halla situado a cinco leguas
de La Habana y nueve de Batabanó, puesto ideal para el servicio mercantil y
guerrero.
En el
Cuartel de Milicias de Santiago hacían parada las tropas que de La Habana se
dirigían al otro puerto y al Castillo de Jagua. Aquí pernoctaban más o menos
tiempo y seguían la marcha. Igual ocurría con las tropas que desembarcaban por
el sur y que se destinaban a La Habana.
El 25 de
agosto de 1745 expidió el Rey la Real Cédula autorizando la fundación de Santiago.
Esta Real Cédula comienza con una serie de reparos y termina haciendo
concesiones en abundancia. Se habla de tierras realengas y de escasez de fondos
en el Real Erario y termina concediendo tierras para que no se embarace la
creación del nuevo pueblo, tomándolas a particulares si son litigiosas. En este
documento se traduce la influencia de los señores Marqués de San Felipe y
Santiago y Teniente Coronel Dionisio de Berroa. Al primero se le complace en lo
de que nunca se le concederá al nuevo pueblo el título de villa ni ciudad,
puesto que el Marqués aspira a tener, con el tiempo, jurisdicción sobre
Santiago, y el segundo por ser usufructuario de tierras vastas en el
territorio, sin título legítimo para ello, como sucede con ciertas tierras del
Ojo de Agua [Aguada del Cura].
El Marqués
también disfrutaba de tierras que no le pertenecían y de otras que, aun
perteneciéndole, no podía justificar su dominio.
A mayor
abundamiento el Marqués expuso ante Su Majestad, en la visita que le hiciera en
1744, que los terrenos que pedían los vecinos del Partido de Santiago en parte
eran de su pertenencia y que Dionisio de Berroa era el dueño del corral
Sacalohondo (Wajay), en que estaban estacionados algunos vecinos de Santiago, y
que el Realengo Ursulica (entre Govea y el Hato Ariguanabo), que estaba
estacionado en posesión, por sentencia de la Real Audiencia de Santo Domingo,
por gestiones llevadas a cabo por el Gobernador de la Isla y por el Capitán de
Infantería Lope Antonio Solloso, albacea de Francisco Chacón, a quien decía que
pertenecía Ursulica.(6)
Los
usufructuarios de las tierras no querían la fundación del pueblo que por
mandato del Rey Fernando VI se levantaba en el Realengo comprendido entre los
corrales de La Chorrera, al norte; Bejucal, al sur; Managuana (Managua), al
este y Sacalohondo (Wajay), al oeste.
El corral
Sacalohondo [Wajay] era propiedad de Esteban de Berroa, quien tenía cuatro
hijos, dos de ellos nombrados Dionisio y María del Carmen. María del Carmen era
un espíritu místico y por ello profesó como monja en el Convento de Santa
Catalina de Sena. A ella le correspondió, como legítimo, el corral Sacalohondo
(Wajay), como a sus hermanos les correspondieron otras tierras, casas de La
Habana, ingenios y vegas. Al profesar María del Carmen, en 1695, legó al
Convento de Santa Catalina de Sena la mitad del corral Sacalohondo (Wajay),
otorgando la otra mitad a sus hermanos.
Era también
propiedad de la familia Berroa el ingenio Santo Domingo, situado en el Ojo de
Agua [Aguada del Cura], con 40 caballerías de tierra, una casa de molienda de
tejas con dos trapiches, uno armado de gargantas, la casa con tres colgadizos
en los tendales y cercados de tablas de cedro y sus divisiones; esta servía de
casa de vivienda, cocina y ostentaba dos aposentos, dos canoas grandes, una de
sabicú para meladura y otra de cedro para recibir. Igualmente poseía una casa
de pailas con cubierta de tejas sobre horcones.
Usufructuaban
las tierras del Realengo, aparte de las propias, Dionisio de Berroa, el Monasterio
de Santa Catalina, María y Juana González Guerra, Margarita Álvarez, Juana de
Medina, el Monasterio de Santa Teresa y el Marqués de San Felipe y Santiago. El
Monasterio de Santa Catalina usufructuaba veinte y dos caballerías en este
territorio y entre ellas las cuatro que se tomaron para levantar el nuevo
pueblo. Fue, por tanto, en tierras de dicho Monasterio que se alzó la Iglesia
Parroquial.
Conocida la
Real Cédula que autorizaba la fundación de Santiago, el Procurador del
Monasterio de Santa Catalina de Sena expone que los terrenos cedidos por el Rey
para fomento de la población pertenecen a dicho Monasterio desde el año 1575,
no pudiendo presentar por el momento más que los documentos informales escritos
en la época.
Tales fueron
los alegatos del Procurador del Monasterio, luego, si en 1575 ya tenían
propiedad sobre estas tierras algunos vecinos de La Habana, también es posible
que en tal fecha estuviera habitado este territorio, primero por aserradores de
árboles y después, o al mismo tiempo, por vegueros. Este documento, que se
encuentra en el Archivo Nacional de Cuba, prueba la existencia de vecinos en
este lugar 56 años después de la fundación de La Habana. Y si este vecino de La
Habana, Dimas Espinoza, murió de edad avanzada, y es de suponerlo así por
cuanto el Procurador del Monasterio lo cataloga como uno de los primeros
pobladores de la Isla, no es aventurado suponer que Santiago fuera poblado
desde años antes de 1575.
También a
Berroa se le tomaron veinte caballerías para el territorio del nuevo pueblo,
así como algunas a las demás personas que usufructuaban parte de la zona. Al Marqués
de San Felipe y Santiago se le tomaron 119 y por ello su oposición a la
fundación de Santiago de las Vegas.
Dada la
autorización real para la fundación de Santiago, existe entre los primeros
pobladores la seguridad de que han de vivir en tierras propias, sin pagar renta
alguna y con representación y personalidad. El gobernador Francisco Cagigal y
de la Vega dicta el 17 de febrero de 1749 un auto donde ordena la fundación del
pueblo, concediendo:
“la gracia, a los
labradores del partido de Santiago de las Vegas cinco leguas al Sur de esta
plaza para la fundación y establecimiento del nuevo pueblo en dicho partido
pretendido por los mismos labradores baxo cuya conformidad se dieron por este
Superior Gobierno y Capitanía General los más eficaces y prontos expedientes a
fin de su puntual cumplimiento y observancia”.
Constituido
el Escribano Miguel de Ayala en el domicilio de Urrutia Matos, que era, además
de Alcalde ordinario de la Ciudad de La Habana, Abogado de la Real Audiencia de
Santo Domingo, fue informado por el mismo de la imposibilidad de asistir al
acto por encontrarse sumamente embarazado en los oficios de su empleo. En
virtud de ello, el Gobernador dispuso que fuera el Escribano Ayala quien diera
posesión a los nuevos funcionarios. Se trasladó, pues, el Escribano a Santiago
de las Vegas, el 3 de mayo de 1749, dando posesión: “en una casa inmediata a la casa Parroquial mayor diputada”, a los
vecinos designados por el Gobernador para ocupar los cargos.(7)
Así, en forma
solemne y emotiva, quedó constituido el primer Cabildo de Santiago de las Vegas,
el 3 de mayo de 1749, día de la Santa Cruz, bajo cuya advocación precisamente
habían estado los primitivos pobladores. Habíamos nacido a la vida jurídica de
los pueblos, aunque en forma primaria, con muy pocas atribuciones y con grandes
responsabilidades. Pero estas no eran obstáculo a los funcionarios que desde
aquel instante debían legislar y administrar en beneficio común. Los nuevos
funcionarios no ignoraban la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros, pero
confiaban en la rectitud de sus caracteres y la honradez de sus procedimientos
para lograr salir adelante en la delicada misión de organizar un pueblo
incipiente.
El primer
alcalde de Santiago de las Vegas se nombró con el aditamento de Pedáneo,
recayendo dicho nombramiento en la persona del teniente Rafael de la Cruz,
hombre de suma bondad, recto en sus procederes y honrado, aunque de carácter
violento. Para desempeñar igual cargo fue designado José González, usando ambos
las insignias correspondientes. Se llamaba alcalde pedáneo a los de un lugar o
aldea, los que solo podían entender en negocios de poca cuantía, castigar
faltas leves y auxiliar en las faltas graves al juez letrado.
Para Regidor
Alguacil Mayor se nombró a Miguel Macías, eje de la fundación del pueblo,
hombre de combate, recto, honorable, de trato afable, incapaz a la vez de
sentir temor ante ningún problema como veremos más adelante cuando, comisionado
por el Cabildo para ir a España a dilucidar un pleito ante el Rey con el Marqués
de San Felipe y Santiago, hace morder a éste el polvo del fracaso. El cargo de
Alguacil Mayor era una responsabilidad honorífica otorgada en las ciudades y
villas del reino. Era ministro inferior de justicia. Llevaba como insignia una
vara delgada de junco por lo regular y ejecutaba las órdenes de los juzgados y
tribunales, como autos de prisión y arrestos, mandamientos de ejecución,
embargos y otros cargos judiciales.
El cargo de
Fiel Ejecutor, para el cual fue nominado el Alférez Ángel Díaz Amador, tenía la
atribución de asistir al repeso, gozando de las mismas prerrogativas que el
Alguacil Mayor y tenía voz y voto en las diputaciones.
El
Procurador General del Común, cargo para el cual fue investido Vicente
Fernández Corvo, recibía los honores, excepciones, regalías, privilegios y
libertades otorgadas por el Rey. Solamente tenía voz, representando todo lo que
fuera favorable al servicio de S.M. y este pueblo como propio y facultativo del
mismo.
Los
regidores, Cayetano Rodríguez y Francisco Machín, tenían voz, voto y turno en
las diputaciones.
Constituido
el Cabildo, no se pudo entregar las tierras, puesto que se acordó entre los
pobladores que la entrega se hiciese a todos y no a algunos, sin embargo, se
entregaron los solares de los vecinos en el
“caxón” demarcado por las cuatro caballerías que se tomaron para fabricar
el nuevo pueblo. Como eran muchos los pobladores, se confió a la suerte quienes
debían ser los primeros que obtuvieran dichos solares y con ello el título de
pobladores principales. No hubo
influencias ni padrinazgos. Un sorteo determinó quiénes debían ostentar el
título, que llevaba implícito la regalía de una caballería de tierra y un solar
para el fomento de la población, libre de todo gravamen.
Así se hizo
y fueron designados por sorteos treinta vecinos como principales pobladores. El
15 de julio de 1751 les fueron entregados los solares. Para legalizar la
entrega vino a Santiago el Escribano Ayala, y acompañado por el Regidor
Alguacil Mayor Miguel Macías procedió a prevenirles de algunas obligaciones
antes de la entrega:
“que el tiempo de
comenzar sus fábricas den aviso para que las calles se saquen a regla y cordel
y para que no se embarazen unos con otros, pena de la demolición y de cuatro
ducados al que faltare”.
Agregó Ayala
que:
“se halla publicada la
mencionada providencia a vos e pregonero como por ella se previene en día
feriado y en la plasa publica; Y así mismo este aclarada la medida de dichos
solares por el mencionado Agrimensor y que en estos Términos se halla en
corriente el proceder a la posesión mandada dar desde luego para ella nombrava
su merced en virtud de la facultad que por la citada comizión le es conferida
por Rexidor que le acompaña del Alguacil Mayor D. Miguel Macias”.
Con
anterioridad se habían marcado los puntos donde habría de levantarse el nuevo
pueblo,(8)
teniendo especial cuidado en que las calles quedaran “a cordel” de norte a sur
y de este a oeste.
Los solares
que se repartieron estaban situados cerca de la Iglesia, núcleo alrededor del
cual se habría de desarrollar, con el tiempo, el pueblo. La religiosidad de la
época así lo imponía. Alrededor de las Iglesias es que fueron fomentándose casi
todos los pueblos de Cuba. El espíritu religioso sentía necesidad de estar
cerca de la casa de Dios y por esto nuestros primeros pobladores escogieron los
solares a la vera del templo. La Iglesia era el centro, y de allí se comenzaría
a fabricar buscando la periferia.
Componían el
radio de acción de nuestro Cabildo cien caballerías de terrenos “montuosos, de
pastos y pedregosos” que tributaban las cantidades correspondientes. A los
principales pobladores se les cedía, aunque se demoró la entrega, una
caballería per cápita, pero algunos
tomaron mayor cantidad pagando como principal doscientos pesos por cada
caballería extra. Las tierras se dedicaron al cultivo intensivo de frutos
menores y se formaron boyadas que rendían notables ganancias. Esto trajo el
engrosamiento de los ingresos en las arcas del Cabildo, que enviaba al tesoro
de Cádiz la parte correspondiente.
El Cabildo
se ocupaba de velar por la defensa económica de los pobladores, como se
desprende de su actuación contra las ambiciones de lucro de varios dueños de
tasajerías o casa de salazón, establecidas aquí por esa época, que, no
conformes con sus altas ganancias, comenzaron a vender el tasajo hecho en el
día, lo que trajo como consecuencia la protesta de los consumidores. El Cabildo
trató el asunto y conminó a los pasajeros a que no vendieran el tasajo del día,
pero estos hicieron oídos de mercader a dichas conminaciones. Elevada la queja
al Gobernador, envió Cagigal un decreto ordenando a los regidores alcaldes del
pueblo de Santiago que notificaran a los fabricantes de tasajo que:
“por ningún precio ni
pretexto lo vendan el día mismo que lo salaxen y que haciéndole el siguiente y
hasta el cuarto día haya de ser precisamente por el precio de doce reales
arrova”.
El Alcalde
Francisco Machín mandó hacer público el decreto del Gobernador en 29 de
noviembre de 1750:
“Puse a un negro a
hacer el oficio de pregonero e hice pregonar y publicar lo ordenado y mandado
en el auto antecedente en la Plaza de la Iglesia”.
Otros tres
viajes realizó Miguel Macías a España entre 1750 y 1755. Las tierras de Govea,
que usufructuaba el Marqués de San Felipe y Santiago, fueron el motivo de esos
viajes, además de lo relativo a la entrega oficial de las caballerías
correspondientes a los pobladores. Las disposiciones reales determinaban que
las tierras que habrían de entregarse a los labradores del nuevo pueblo fueran “unidas y seguidas”, y como esto no
podía hacerse sin que ingresaran al territorio de Santiago las tierras de
Govea, y éstas las reclamaba para sí el Marqués, volvió de nuevo la querella a
surgir y, con esta, la necesidad de enviar cuantas veces fuera menester a Miguel
Macías a la Real Villa y Corte.
Govea y el
realengo Ursulica, próximos a San Antonio de los Baños, fueron el punto
neurálgico durante cierto tiempo. El litigio referente a Ursulica llegó,
incluso, hasta el siglo XIX, en que concluyó pasando a nuestro ayuntamiento.
Como que
después de constituido el Cabildo no se habían entregado las tierras a los
labradores, el Marqués de San Felipe y Santiago seguía cobrando las rentas que
le producían las tierras de Govea.
Los
pobladores estimaban que ya no pertenecían al Marqués, puesto que el Rey se las
había cedido, a más de que, para la reclamación, era necesario haber presentado
los documentos acreditativos del dominio dentro del plazo de quince o veinte
días, según determinaba la Real Cedula de 26 de agosto de 1745, cosa que el Marqués
no había cumplido.
Pero como la
Jurisdicción Civil y Criminal fungía en La Habana, la influencia del Marqués
lograba que se exigiera a los que ocupaban sus tierras el pago de los réditos
sin ulterior recurso. Este procedimiento soliviantó los ánimos de los
labradores, y puestos nuevamente de acuerdo enviaron a Miguel Macías a España
en 1750.
En Aranjuez,
Macías le comunica al Rey de la resistencia del Marqués a cumplir sus órdenes,
por lo que el soberano expide otra Real Cédula, con fecha 17 de octubre,
reproduciendo la anterior y ordenando al Gobernador de la Isla que diese
cumplimiento a lo ordenado a la mayor brevedad. El Rey no solamente reconoció
la conveniencia de agregar la estancia Govea a Santiago, sino que amplió las
primitivas cien caballerías que debía entregarse a los pobladores a doscientas
cuarenta y cuatro. En el escrito enviado por el Rey al Gobernador de la Isla le
recomendaba que en el repartimiento de tierras se tuviera preferencia con Miguel
Macías, adjudicándole, además de las tierras que le correspondían como uno de
los principales pobladores, las que juzgue competentes para remunerar su
trabajo y servicios.
Parece que el Marqués, estimando que su influencia podría más que la razón de la que estaba investido Miguel Macías, no prestó atención a lo ordenado, por lo que Macías tuvo que volver a España, quejándose de nuevo al Rey de que, aunque se había procedido en virtud de su Real Cédula adjudicándole las tierras a los pobladores, llegó a entenderse que los agrimensores estaban prevenidos para que no les señalaran caballería alguna en el territorio de Govea, contiguo a tierras de Sacalohondo (Wajay), sino en los sitios de Ursulica y Buenaventura, dimanando esto de que el Marqués de San Felipe y Santiago, que se decía poseedor de los terrenos, lo disfrutaba, aunque era realengo, sin título legítimo, privando a los pobladores de Santiago de tener sus terrenos unidos y contiguos.
En 1755 realiza
su último viaje a España Miguel Macías, saliendo triunfador en sus empeños de
obtener para los vegueros de Santiago el cumplimiento de lo mandado por el Rey,
en contra de los intereses de los señores feudales de la época.
En este punto hacemos un alto, pues documentos procedentes del Archivo General de Indias (AGI, contratación, 5501, N.1, R.45), en Sevilla, prueban que Miguel Macías efectuó un quinto viaje a España, arribando a la metrópoli el 30 de junio de 1757 a bordo del navío Nuestra Señora de la Asunción, de la Real Compañía de La Habana, y solicitó autorización en 22 de diciembre de 1758 para regresar a Cuba por el puerto de Cádiz. En dos de los documentos citados aparece la rúbrica de Miguel Macías, la cual, por su trazo inseguro, caracteriza una persona de avanzada edad (tenía 78 años en ese momento) y posiblemente de pocos estudios.Fig.2
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Fig. 2. Rúbrica de Miguel Macías Cabrera, 1758. |
Continúa Montoto:
Julián de
Munilla, apoderado del Ayuntamiento de Madrid, acogió con calor desde el primer
momento la defensa del nuevo pueblo y que muchas veces adelantó el dinero
necesario para sufragar los serios gastos que ocasionaban las reclamaciones
ante el Rey y su Consejo de Indias presentadas por nuestro Cabildo. Lo declara
en carta enviada a los señores capitulares de Santiago.
Se admira el
monarca de la reciedumbre de carácter de Miguel quien logra transmitirle el
entusiasmo que informa su viaje, y S. M. sin dilación accede a lo que le
solicita. ¡Que se funde Santiago! ¡Que se dé a sus pobladores la tierra
necesaria para su fomento! ¡Que se restituya a los perjudicados en la forma
debida, pero que nadie ose oponerse a lo ordenado!
Parece que
los esfuerzos realizados, la tensión y lo impresionante de la corte real hacen
mella en Miguel. Siente flaquear sus piernas, un sudor frío baña su rostro;
tostado por el sol del trópico, la magnificencia de la corte lo conmueve. El
viaje seguramente ha debilitado su organismo y le sobreviene un colapso. Al
verlo en tal estado, el Rey ordena que se le atienda inmediatamente. Se tienen
con él todos los cuidados y cuando la fatiga pasa su majestad ordena a su ayuda
de cámara que le traiga a Miguel una taza de caldo: “del que tomo yo todos los días”, y le dice en tono de cariñosa
consideración: “Aunque estuviera Ud.
muerto, con ese caldo resucitaría”.
Cuando
Macías vuelve de regreso a Cuba, ya el Rey ha enviado al Gobernador una nota:
“Hay que tratar con las
mayores consideraciones a D. Miguel Macías. Estoy advertido de la entereza de
su carácter y bondad de su corazón. Anciano y con numerosa familia llega en
petición para fundar un cuerpo de República en el lugar designado de Santiago
de las Vegas y así no tan solo accedo a lo por él suplicado, sino que concedo
mayor número de caballerías de tierra para pastos y exidos(9)
como premio al amor que demuestra a nuestra patria”.
El tesón de Miguel
Macías recibía el premio merecido, pero no por el valor material de lo que pudo
obtener, sino por el honor que significaba para él, y para el pueblo que
representaba, la consideración Real y el respeto y admiración del soberano.
Aunque no puede la historia atribuir mérito sólo a Macías. Participan de él
todos los pobladores de este lugar que, impulsados por el mismo deseo e
inspirados en igual fin, contribuyeron a sufragar los gastos que ocasionaban
los viajes de su representante, y realizaron los mismos sacrificios colectivos.
A su llegada
a Santiago, luego de su cuarto viaje, Macías fue recibido con el mayor
entusiasmo por los vecinos. Poco después, la calle donde vivía tomó su nombre.
Con el título de Fundador pasa a la historia, y su nombre es recordado con
respeto. Es a Miguel Macías a quien se debe nuestra existencia como pueblo. Y
si bien es verdad que otros pueblos, villas y ciudades se ufanan de “descender”
de conquistadores, Adelantados, Condes y Marqueses, nosotros debemos de
ufanarnos de “subir” de este humilde labrador.
En el año de 1759, y por acuerdo del Cabildo, se llevó a término el trazado definitivo de lo que sería con los años la ciudad de Santiago de las Vegas. Para ello se contrataron los servicios de Bartolomé Lorenzo de Flores, el mismo Agrimensor que midiera las tierras que se entregaron a los primitivos pobladoresg .Fig. 3
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Fig. 3. Plano de las tierras repartidas a los pobladores del Pueblo de Santiago, Bartolomé Lorenzo de Flores, 1757. |
Al único
vecino a quien se le permitió, por recomendación del Rey, tener mayor cantidad
de tierras, libre de gravamen, fue a Miguel Macías. Pero Macías no aceptó más
que una caballería de tierra, pues ya había fabricado su casa donde le
correspondía, dando cumplimiento con ello a sus obligaciones y ejemplarizando
con tal hecho a los demás obligados.”
Concluye
aquí el aporte de Francisco Montoto, nuestro primer historiador.
PALABRAS FINALES
Miguel
Macías Cabrera fue un hombre de carácter recio, firme, y de voluntad
inquebrantable. Ante las reiteradas crisis económicas (sequias, plagas de
langostas) que vivía su ínsula natal, y el obligatorio envío de colonos a
América, decidió abandonar Telde y expandir sus horizontes al otro lado del
Atlántico, a Cuba, la isla que acogió como mater
putativa a miles de isleños. Aquí halló su sitio, fundó familia, y
contribuyó decisivamente a la creación de Santiago de las Vegas. Nunca se
amilanó ante la oposición de los poderosos, y supo defender dignamente ante
ellos sus derechos, así lo demuestran las reiteradas visitas al gobernador de
La Habana y a la corte española. No por gusto dijo el monarca Fernando VI “El
Prudente”:
“Hay que tratar con las
mayores consideraciones a D. Miguel Macías. Estoy advertido de la entereza de
su carácter y bondad de su corazón”.
Es triste, ingrato,
que pocos santiagueros de hoy conozcan quien fue Miguel Macías Cabrera, e
incluso, que la tarja marmórea que se encuentra en la confluencia de las calles
8 y 13, destinada a perpetuar su memoria, esté descuidada, sucia. Sirvan estas
breves líneas para paliar en algo ese olvido.
AGRADECIMIENTOS
Al Dr. Jesús E. Rodríguez Calleja, experto en Historia Moderna y Demografía Histórica, reconocido investigador de los archivos parroquiales de Islas Canarias, sin cuya ayuda hubiera sido imposible la presente investigación. Al padre Roine Rodríguez Alpizar, cura de la Parroquia Santiago Apóstol de las Vegas, a las archiveras de la propia parroquia, María Isabel Vega Prieto (†) y María Margarita Sales Quesada. A Bernardo (Cuquito) Tuero Rodríguez (†), siempre en el recuerdo por sus enseñanzas y sincera amistad.
BIBLIOGRAFÍA:
1) Acosta Brito, C. R. y J. E. Rodríguez Calleja. 1999. El archivo parroquial de San Juan Bautista de Telde. Cabildo de Gran Canaria.
2) Estrada Rodríguez, A. y A. N. Campos Orovio. 2003. Historia de Boyeros. En, Ciudad de La Habana. La identidad de la provincia y sus municipios, CD.
3) Fina García, F. 1941. Fichas Históricas de Santiago de las Vegas. Editorial Antena, Santiago de las Vegas, La Habana.
4) ---------------------1954. Historia de Santiago de las Vegas. Tomo I, Editorial Antena, Santiago de las Vegas.
5) Hernández Acosta, J. 1966. Notas para el estudio de la población canaria en Cuba. XXXVI. Congreso Internacional de Americanistas, España, 1964: Actas y Memorias, vol. IV (Sevilla 1966), 397-400.
6) Hernández García, J. 1977. La emigración de las Islas Canarias en el siglo XIX. Las Palmas de Gran Canaria: Cabildo Insular de Gran Canaria, Comisión de Educación y Cultura. 629 pp. Geografía e historia; 3. Premio "Viera y Clavijo". ISBN 84-8562815-2.
7) Montoto García, F. 1929. «Historia de Santiago de Compostela de las Vegas». Revista C.I.R., Sept. 30 de 1929, año II, época II, No. 8.
8) ------------------------- 1938. Historia de Santiago de las Vegas. Inédito, 149 pp.
9) Pezuela y Lobo, J. 1871. Crónica de Las Antillas. En, Crónica general de España, ó sea, historia ilustrada y descriptiva de sus provincias, sus poblaciones más importantes de la península y de ultramar (Rubio, Grilo y Vitturi, eds.), Imprenta a cargo de J. E. Morete, Beatas 12, Madrid.
10) Tornero Tinajero, P. 1980. «Inmigrantes canarios en Cuba y cultivo tabacalero. La fundación de Santiago de las Vegas (1745-1771)». CAN IV: 1, 505-29, Las Palmas.
11) Yanguas y Miranda, José. Diccionario de las palabras anticuadas que contienen los documentos existentes en los archivos de Navarra, y de su correspondencia con el lenguaje actual. En https://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/09/72/07yanguas.pdf, consultado el 16 de abril de 2026.
________________________
(1) Arqueólogo. Natural de Santiago de las Vegas. Labora en el Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. Miembro de la UNHIC.
(2) “Padrón de los sujetos que se obligan a poblar el nuevo pueblo de Santiago de las Vegas, con expresión de sus hijos, dependientes, esclavos y caudales de cada uno, según se previno por la Junta hecha el día 20 Mayo (1756) en las Casas de la morada del Dr. Bernardo José de Urrutia y Mata, Catedrático de Prima en Sagrados Cánones, abogado de la Real Audiencia de Santo Domingo y personas destinadas para conferir sobre la población de dicho pueblo” A.G.I. Santo Domingo. 1575. Testimonio de las posesiones dadas a los pobladores del nuevo pueblo de Santiago de las Vegas, de las caballerías de tierra”. La Habana, 12 Octubre, 1756. A.G.I. Santo Domingo, 1576; este documento también constaba en Actas Capitulares del Cabildo de Santiago de las Vegas, tomo III, 1772-1774, fondos documentales del Museo Francisco Fina García, Municipio Boyeros, no. de inventario 0-267).
(3) La antigua ermita de Valsequillo, construida en la segunda mitad del siglo XVII, se nombraba San Miguel Arcángel, pues este santo es el patrón de dicha localidad. En la primitiva ermita había una escultura que representaba a San Miguel El Chico en forma de guerrero que triunfa sobre la figura del demonio que aparece bajo sus pies ejemplificado como un dragón.
(4) Montoto había publicado partes de este texto en la Revista CIR (Centro de Instrucción y Recreo) de Santiago de las Vegas, sept. 15 de 1928, año I, época II, no. 9; sept. 30 de 1928, año I, época II, no. 10; oct. 15 de 1928, año I, época II, no. 11; oct. 31 de 1928, año I, época II, no. 12.
(5) Real Cédula dada en San Ildefonso, a 26 Agosto 1745. A.G.I. Santo Domingo, 1575.
(6) Juan Francisco de Güemes y Horcasitas al Rey. La Habana, 18 Septiembre 1744. A.G.I. Santo Domingo 1575.
(7) Actas Capitulares del Cabildo de Santiago de las Vegas, Libro I, 1749; Caxigal de la Vega al Rey, La Habana, 16 Julio, 1751. A.G. I. Santo Domingo, 1575.
(8)En abril de 1982 se descubrió a la entrada del vivero La Begonia, sito en calle 17 esquina a 2, en Santiago de las Vegas, un hito de roca caliza de 1,83 m de longitud, el cual marcaba el ángulo sureste del cuadro original del pueblo. En la parte superior ostentaba la palabra VILLA. (Gómez, J. 1982. Valioso descubrimiento para la historia de Santiago de las Vegas, en diario Tribuna de La Habana, abril 5).
(9) En español moderno equivale a ejido. Significa: Campo común de un pueblo, lindante con él, que no se labra, y donde suelen reunirse los ganados o establecerse las eras, que son cuadros pequeños de tierra destinados al cultivo de flores u hortalizas.



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