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Ramón Rivera y Monteresi. |
No hay información suficiente sobre los primeros años de su vida. Se conoce que, como casi todos los habitantes de Santiago de las Vegas en la época, se hizo tabaquero y laboró en ese sector. Contrajo matrimonio con Dolores Golluri y Rodríguez en Santiago de las Vegas, de cuya unión, durante su estancia en Cuba, nacieron dos hijos: Ramona y Ramón.
Se refiere que emigró a Cayo Hueso en la década de 1880. Su salida de Cuba estuvo motivada por su posición contra el colonialismo español y el ambiente de persecución política que caracterizó la etapa de la Tregua Fecunda, cuando las autoridades coloniales hostigaban a quienes eran señalados como simpatizantes de las ideas independentistas. En Cayo Hueso encontró un refugio seguro, sostenido por la comunidad cubana emigrada, que le brindó trabajo en la industria tabacalera y lo integró a los núcleos patrióticos que mantenían viva la causa de la independencia.
En 1929, en una
entrevista concedida a la Revista del
CIR, «Rivera, magro de carnes, algo encorvado por los años y por los
sufrimientos, atáxico casi, fumando empedernidamente un cigarro que no se acaba
nunca, sostenido entre sus dedos de color caoba, nos habla de sus luchas y sus decepciones.
¿Quién que haya luchado por la razón y la justicia no las ha tenido? y nos
dice: ¡Cuánto luchar! En este mismo
Santiago fui perseguido de manera tenaz e inhumana; muchos que hoy me tratan me
persiguieron en aquella época.....¡Fíjate!..... y me relata un pasaje que pone
en nuestros nervios una tensión de combate. Pero ¿es posible, D.
Ramón.....? Como te lo cuento —responde
el buen viejo— corrí hasta el paradero porque si no lo hubiera hecho así aquel
malvado hubiera acabado conmigo, no por que tuviera valor sino porque estaba
respaldado por la falange de voluntarios...... »
Hasta su salida a
Cayo Hueso residió en Santiago de las Vegas y fue miembro activo del Centro de
Instrucción y Recreo lugar donde fue amigo
del Centro, amigo de todo lo que significara patriotismo y tesón en épocas en
que ser socio del Centro llevaba implícito el odio de los más y la
consideración de los menos.(1)
Cuando su cabeza lucía la pelambrera negra y
brillante de la juventud, el Sr. Rivera no se entretenía en resolver problemas
de futileza vista, sino que, carácter indómito y con percepción visual, se
dedicó a pensar en los sufrimientos de la Patria, esta Patria que tan pocos
aman y que tan grande es.
Establecido
en Cayo Hueso, pasó a formar parte como un humilde tabaquero de ideas avanzadas
para su época, de los grupos de emigrados revolucionarios. Fue fundador, el 20
de septiembre de 1884, de la Convención Cubana, organización secreta en la que tenía
asignado el No. 26 y que dirigían José Francisco Lamadrid, José Dolores Poyo y Fernando
Figueredo. Allí trabó amistad con Carlos
Roloff, Tomás Estrada Palma, Gerardo Castellanos, Juan Gualberto Gómez, Serafín
Sánchez y otros patriotas. Más tarde habría de ser uno de los más cercanos
colaboradores de José Martí en la fundación del Partido Revolucionario Cubano y
un significativo pilar en la lucha ideológica a favor del independentismo.
Rivera fundó
y presidió el Club Revolucionario <Santiago
de las Vegas>, al que en una ocasión José Martí calificara como “un club valiente y ya histórico”, para
agrupar allí a todos los santiagueros emigrados; también fundó y presidió el
<Club Protectoras de la Patria> (todo
de mujeres) y el <Club Por Cuba>. Fue figura clave en la lucha por la unidad de
la emigració, independientemente de los matices políticos que existían dentro
de la masa trabajadora. Rivera logró que
todos los obreros, en especial los tabaqueros, se agruparan firmemente en torno
a Martí.
A la llegada de Martí
a Cayo Hueso en 1891, ya Rivera ocupaba un lugar muy especial dentro de los
tabaqueros más progresistas del Cayo. Muchos ya lo tenían como mentor y lo
seguían como líder natural que era.
Martí le tomó a
Rivera un afecto no común, distinguiéndole siempre con su exquisito trato de
manera muy especial, en las posteriores visitas que hiciera al Cayo. Ramón
Rivera fue en aquellos tiempos de luchas y de caminar entre abrojos, la cuerda
tensa que responde a las vibraciones que produce el diapasón; estaba a
tono. No más que eso....
Aunque su nombre no aparece entre
los firmantes del acta de la reunión de la constitución del Partido
Revolucionario Cubano, por no haber podido asistir a ella, como algunos otros
patriotas, se le consideró siempre fundador por sus antecedentes en las
tareas organizativas.
Cuando Gualterio García se vio en la
necesidad de trasladarse para Tampa, Rivera lo sustituyó como Secretario del
Cuerpo de Consejo de Cayo Hueso, acción que le granjeó el sincero afecto de
Martí, que más tarde le expide oficialmente su nombramiento. Ocupó además,
varias responsabilidades dentro del Partido Revolucionario Cubano en esa
ciudad.
Rivera fue autor de
la Biografía Revolucionaria y Doctrinaria
de Martí, que parcialmente fue publicada en la Revista del CIR.
En el trajín de los
preparativos de la Guerra Necesaria y de la formación del Partido
Revolucionario Cubano, nació Charles, su tercer hijo.
José Martí (2) le dirigió una carta el 1º de mayo de 1894, en la que lo elogiaba por su constancia, su sentido del deber y su soporte a José Dolores Poyo, destacando su capacidad de sacrificio y su entrega desinteresada a la causa. La transcribimos a continuación:
Nueva York, 1º de mayo
de 1894
Sr. Ramón Rivera
Mi muy querido Ramón:
Con hombre tan entero
como Vd., puede este amigo afanado, que al fin y al cabo ha de abrazarlo
pronto, tomarse la libertad de responderle por el correo de las almas, que es
más seguro y expresivo que el papel.
Como estoy, lo imagina:
con el mundo entero sobre mis hombros flacos. Llegaremos, Ramón: estoy enfermo
y contento. Lo grande me da alegría y lo
pequeño me aflige.
¿Y por qué me pregunta
sobre su nombramiento de secretario? La
discreción, que es la forma suprema de la inteligencia, se junta muy raras
veces a la honradez. Gualterio se fue. ¿Quién,
sino Vd., hubiera podido sucederle?
Ahora, Ramón, estamos en
tiempo de actividad sorda y decisiva. Todo depende de los que guían. Al placer se despiertan los hombres
solos. Al deber ha de haber quién les
toque en la puerta todos los días. Lo que
nos falta por hacer ―óigame bien lo que le digo― no es más que cuestión de
zapatos y de administración. Y Ud. es
hombre que anda descalzo sin cansarse. Vea cómo no he de estar contento de que
haya recaído en Vd. la obligación gustosa de ayudar a nuestro admirable
Poyo. Bese a la clientela; apriétese la
cintura para la faena que nos aguarda y quiera a su agradecido.
José Martí
En esta carta, en su último
párrafo, Martí traza y delinea el futuro
accionar de los emigrados cubanos, para un
cercano tiempo en que ya adivina no podrá estar entre ellos. Demuestra, que Rivera fue considerado por
Martí de modo tal, que la confianza del Apóstol era Don Ramón en los más
difíciles momentos del Predicador.
Al estallar la guerra, Rivera se puso a las órdenes del general Serafín Sánchez para acompañarlo como soldado en la lucha armada en Cuba, pero este le ordenó permanecer en el Cayo, por ser más útil a la causa de Cuba. Rivera se mantuvo durante toda la guerra formando parte de la retaguardia ideológica del Partido Revolucionario Cubano, para mantener la unidad de la emigración.
Tras el fin de la guerra, Rivera regresó a Cuba, donde nació su cuarto hijo nombrado Evelio y además pudo canalizar su experiencia organizativa y su conciencia social hacia el movimiento obrero. Se convirtió en un dirigente respetado, especialmente en el sector tabaquero, y participó en la fundación de asociaciones mutualistas, sindicatos y publicaciones obreras. Su figura representa el tránsito de la lucha anticolonial a la lucha social, y su legado se inscribe en la genealogía del pensamiento obrero cubano. Una muestra de lo dicho se ilustra con la siguiente narración:
«Al término de la
guerra y cesada la dominación española en Cuba, los cubanos que estaban en la
emigración comenzaron a retornar a sus viejos lares. La mayor parte de esos emigrados eran
obreros, tabaqueros casi todos, los mismos que en la Florida y en Nueva York
formaron con Martí el Partido Revolucionario Cubano.
Ramón Rivera
Monteresi fue uno de esos emigrados que regresaban a la patria. Los animaba la
idea de una Cuba libre en la que podrían fundar sus hogares y vivir dignamente
en la patria que habían ayudado a emancipar.
Llegados a La
Habana, los tabaqueros, que lo eran casi todos los repatriados, se encontraron
sin trabajo y sin medios de vida. La
realidad económica desbarataba el castillo encantado que el trabajo político
había edificado en largos, sangrientos y atormentados años de lucha. Los tabaqueros no tenían de que vivir en su
suelo. (3)
Las fábricas, sí,
trabajaban con toda su fuerza productiva. La industria estaba próspera. Había
pedidos. Eran muchas las mesas en las salas de torcido. Había demanda de
brazos. Los jornales eran jugosos. Los niños y los jóvenes eran buscados como
aprendices, porque el porvenir tabacalero presentaba lisonjero aspecto.
Había, todo eso;
pero nada de lo dicho era para los cubanos que volvían de la emigración[i].
Entonces fue que se
hizo escuchar Ramón Rivera. Rivera, amigo de Martí, elemento destacado entre
los militantes de la emigración, socialista, por más señas, enseguida que llegó
a la Isla, conoció que sus trabajos del Cayo no habían terminado. Lograda ya la
personalidad política, el cubano tenía que conquistar ahora su personalidad
económica. No era admisible que el pan que se repartían liberalmente los
extranjeros, les fuera negado sistemáticamente a los nacionales, y muy
especialmente, a los nacionales que habían luchado por crear la nacionalidad.
Esto se dijo Rivera; y con fe en la inteligencia y con indignación en el alma,
el líder se lanzó a la arena encendida de las batallas más pasionales.
Fundó, con sus
antiguos compañeros de la Florida y con los que en Cuba se le incorporaron, la
asociación Liga de Trabajadores Cubanos. Fundó un periódico, ¡Alerta! Y fundó
el Partido Socialista Nacional. Y así empezó la campaña recia, dramática y
cruenta.
Rivera proclamó un
principio: el derecho al trabajo de los cubanos; y elaboró una fórmula: el 75
por ciento de todos los empleos para los nativos. Particularizando en lo que se
refería a la industria del tabaco, a la que pertenecía, elaboró otra fórmula:
la admisión forzosa de los niños y los jóvenes de Cuba como aprendices en las
tabaquerías, de donde se les rechazaba por sistema. Y con ese programa y con
esa bandera, Rivera llamó a la lucha a todos los trabajadores cubanos.
Estos respondieron
al llamamiento, y las filas, se nutrieron rápidamente. La Liga, que empezó
siendo de tabaqueros casi exclusivamente, llegó después a ser integrada por
elementos de todos los oficios. El Partido Socialista se extendía de uno a otro
por todos los barrios de La Habana.
El periódico
¡Alerta!, que tronaba con un genuino acento mambí, llegó a ser tan buscado que
algunos ejemplares fueron pagados a 3 pesos. Cada día se efectuaba una
manifestación. En cada esquina se celebraba un mitin. Las tribunas crujían y la
tierra trepidaba al resonar el grito de guerra en todo lo largo de las calles:
¡El 75 por Ciento!
Aquello sonaba en
los oídos cubanos como poco antes sonaban los gritos de Maceo: - ¡Al machete!
¡Viva Cuba Libre! Y el grito de ahora producía en los corazones la misma
electricidad que el grito de antes. Todo el espíritu de Mal Tiempo y Peralejo
revivía en aquellas tumultuosas manifestaciones de la gente criolla. Muy
especialmente, los tabaqueros querían ser empleados en las fábricas.
Pero, tanto los
obreros como los jefes que trabajaban en ellas, se resistían a toda innovación.
Entonces Rivera, que sabía fundar muchas cosas, fundó algo más: fundó una
asociación irregular que fue llamada La Sociedad de La Tranca(4).
Por su parte, los
trabajadores de la acera del frente se decidieron a dar un paso. Levantaron la
bandera del internacionalismo. Los trabajadores no tienen patria, predicaron. Y
levantaron la bandera del socialismo. Los obreros deben ser socialistas, y nada
más—decían. Y así como Rivera había fundado el Partido Socialista Nacional,
ellos crearon a su vez el Partido Socialista Internacional. En este partido
debemos militar todos los socialistas sinceros, sin distinción de nacionalidad
—así dijeron—; y con un lenguaje fraternal, socialista y pacifista, invitaron a
los del partido de Rivera a que colaborasen entre todos en una obra común.
Se lanzó la idea de
fusionar los dos partidos. Rivera aceptó la iniciativa. Por nuestra parte
—dijo— no somos exigentes. Si queréis disolvemos nuestra asociación y nos
incorporamos a la vuestra. Si queréis se funden los dos partidos con el nombre
que queráis darle. Si queréis, el nuevo partido que surja de la fusión, se
regirá por los estatutos del vuestro o por otro nuevo que queráis darle. No imponemos
nombre, ni reglamento, ni programa, ni Junta Directiva. Solo os pedimos una
cosa.
—¿Cuál?
—El 75 por ciento,
respondió Rivera.
Y en ese mismo
instante se dieron por fracasadas todas las gestiones para la conciliación.
Llegó el 1902. Se
inauguró el gobierno de Estrada Palma; y pocas semanas después se declaraba la
huelga en unas fábricas de tabaco. La Liga de Trabajadores Cubanos aprovechó
esa circunstancia, y se agregó al paro llevando su propio pliego de
reivindicaciones. Ese pliego constaba de dos puntos: el 75 por ciento y la
admisión de los aprendices cubanos.
La huelga se hizo
general. Todas las industrias pararon. Rivera y los suyos realizaron la obra
maestra de llevar sus ideas a la entraña del movimiento; y todos los obreros
cubanos les secundaron. Más; los obreros tranviarios, que eran extranjeros, se
declararon internacionalistas; adujeron que los obreros no tenían patria y, por
tanto, se declararon contrarios al 75 por ciento, y se negaron a secundar el
paro.
Lo que sigue ahora
alcanza la categoría de lo memorable. La Sociedad La Tranca, que esos días
nutrió sus filas en gran proporción, empezó a organizarle sus mítines a los
tranviarios según estos iban sacando sus carros. Donde aparecía un tranvía, se
efectuaba un mitin. Mitin de trancazos, desde luego. Y La Habana empezó a vivir
momentos de verdadera tragedia.
El General Menocal
mandaba la Policía, y entró en acción. Él también iba a dar un mitin. Uno o
cien. Primero, a los de La Tranca. Cuando estos le daban un mitin a, los del
tranvía, Menocal acudía a darle otro a aquellos. Después, a todos los
huelguistas.
Donde aparecía un
grupo de ellos, la policía de Menocal tomaba la palabra, y cuando los
huelguistas hicieron frente a los azules, vinieron los amarillos, los rurales
de Don Alejandro. Y entonces sí que fueron grandes los mítines. El de Cuatro
Caminos estuvo colosal. El de Reina y Belascoaín también. El 75 por ciento se
ahogaba en sangre. Bien dijimos al principio que esas luchas de Rivera iban a
ser cruentas.
En ese minuto trágico
se oyó la voz del Generalísimo Gómez. Los dirigentes de la huelga fueron
llamados a parlamentar. El parlamento se llevó a cabo en el Teatro Cuba, que
después se llamó Molino Rojo.
Allá fueron Rivera
y sus amigos, de una parte. Y fueron de la otra, Máximo Gómez, Juan Gualberto
Gómez, Manuel Sanguily, y otros ilustres patricios.
Cubanos —dijeron
estos a aquellos—: estáis hundiendo a la patria. La independencia peligra por
vuestras violencias. Es necesario que
este estado de huelga revolucionaria, cese al instante. Por vuestra parte, ¿qué es lo que queréis, si
no es hacer abortar a la República?
—Queremos que el
cubano no sea un paria en su patria. Queremos el 75 por ciento — contestó a los
patricios Ramón Rivera.
—Si no es más que
eso, lo conseguiréis. Nosotros os prometemos una ley del Congreso que satisfaga
vuestra aspiración, que es muy justa, después de todo. Dad, pues, por terminado
el movimiento.
Consagrar el 75 por
ciento en una ley del Congreso, no podían querer más los cubanos. —¡Bien! ¡Bien!
— gritaron todos los pechos. Y en ese instante de bella armonía se oyó la voz
desafinada de un escéptico, de un materialista, de un iconoclasta, Manuel
Alonso Miranda, que dijo ante el estupor de todos: Propongo que el movimiento
no se dé por terminado hasta que el 75 por ciento no aparezca publicado en la
Gaceta.
—Pero ¡cómo! ¿Y se
permite usted dudar de la palabra y las promesas de estos patricios? —dijeron
algunas voces. Y con un ¡Viva Cuba! se dio por terminado el acto, la huelga, y
. . . el 75 por ciento, que ahí quedó sepultado entre la salva de aplausos
final.
Un mes más tarde, ya nadie hablaba del 75, y los patricios no se acordaron más de lo pasado. Cuán cierto es que una victoria falsa puede ser más funesta en una campaña que una derrota franca, porque la derrota franca enardece el ánimo para la revancha, y la falsa victoria lo desorienta y desencanta.(5)
A finales de 1905 fue designado
secretario del Comité Organizador del Partido Obrero Socialista. Fue un elemento decisivo en la llamada Huelga
de la Moneda(6),
efectuada en 1907. Su participación queda resumida por Fermín Valdés Domínguez
en un escrito en el periódico La Lucha,
del 26 de julio de 1907. He aquí como lo
describe:
«"La Voz
Obrera" fue durante la huelga su órgano oficial en la prensa. Para
tributar justo y merecido homenaje a su director Ramón Rivera Monteresi,
escribo ahora.
Al sentir en mi
alma la dicha de batir palmas en honor de un amigo, de un hermano mío, siempre
cariñoso y siempre leal, vienen a mi memoria dos nombres amados: Martí y el
general Serafín Sánchez.
Fue el primero
quién en cartas, que ya he publicado en “La Lucha”, comprendió cuanta grandeza
y cuanto patriotismo y laboriosidad había en el modesto obrero de Cayo Hueso,
que por unanimidad fue nombrado secretario del Cuerpo de Consejo. Martí lo amó y lo alentó con frases cariñosas
y en días de difícil lucha política, puso en sus manos la pluma y dejó en su voluntad
la altiva influencia de su genio.
Y fue en el Cayo,
Rivera, durante toda la campaña revolucionaria que empezó con los trabajos de
organización del Partido Revolucionario Cubano y terminó con la proclamación de
nuestra independencia, infatigable y valiente discípulo del gran Maestro.
El general Serafín
Sánchez aquel corazón puro y aquel patriota ejemplar, —cuyos heroísmos y
virtudes políticas ponen siempre lágrimas en mis ojos— le ordenó que
permaneciera en el Cayo, cuando quería acompañarnos en la expedición que nos
trajo a Cuba.
El general Sánchez
conocía su importancia como hombre político y amaba en él sus virtudes y su
modestia; por eso fue siempre para él, mi hermano Rivera, uno de sus
"héroes humildes".
Después de la lucha
por la independencia ¿quién que ame a su pueblo no conoce los esfuerzos nobles
y generosos del obrero Ramón Rivera, en el taller, en la liga, en el partido
socialista, y en todas las tribunas en las que el pueblo ha de consagrar su
patriotismo y hacer pública y valiente protesta de su personalidad libre y
consciente?
Figuró en el
Partido Liberal; pero él, que no sabe de castas ni de personalismos, cuando se
dividían los que formaban un grupo respetable, se retiró, sin hacer traición a
sus ideales, sino para llevarlos a donde pudieran vivir en más puro nido y
entre hombres sin ambiciones ni deseos de honores y poder.
El soldado, el
discípulo de Martí ha estado y está siempre en su puesto.
Y ahora —como
siempre, después de la lucha, del peligro y de la tenaz y difícil y noble labor—
no lo busquéis en donde pueda recibir los justos aplausos, los merecidos
homenajes de su pueblo; buscadlo —como a todos los directores y mantenedores de
esta huelga trascendental— en su hogar limpio y puro, buscadlo en su mesa de
escogida, sonriente, satisfecho, sin vanidades.
Gloria pues, al periodista, al noble discípulo de Martí; al héroe humilde».
Participó como delegado en el Primer Congreso Obrero Nacional que se celebró en La Habana entre el 28 y 30 de agosto de 1914. Evelio Tellería Roca en su obra Los Congresos Obreros en Cuba, publicada en 1973, refiere lo expresado en dicho Congreso por Rivera:
«Ramón Rivera, dijo
entre otras cosas: Si miramos al pasado y rápidamente volvemos la vista al
presente, fuerza es repetir como el poeta: Aquí nada ha pasado, parece que fue
ayer (.......) olvidamos los consejos del Maestro y merecedores somos de las consecuencias
que palpamos. Recordemos sus frases, una
y cien veces repetidas: de que la Revolución no debía darse por terminada,
mientras que en Cuba existiese una sola injusticia por reparar, e
interroguémonos si hemos sido fiel a la consigna. Si ciertos jefes de la Revolución, se
rindieron prematuramente ante los halagos de los Poderes para resolver sus
problemas personales, dando al olvido sus deberes, eso no justificaba la
sumisión de los soldados que con su valor y heroísmo los encumbraron; los que,
arma al brazo, debieron continuar en su obra reparadora y no tendríamos que
lamentarnos de nuestra triste suerte».
Rivera abrazó el periodismo y
colaboró en diversas publicaciones de la emigración y de Cuba, usando en
ocasiones el seudónimo de “Leónidas”. No
obstante, los valiosos servicios rendidos a su país, siempre actuó con extrema
modestia y cuando alguien se lo reprochaba, decía: “No se hace patria para cobrar o para ganar méritos”.
En el libro Cayo Hueso y José Dolores Poyo (Dos símbolos Patrios) de la autoría de Raoul Alpìzar Poyo, publicado en 1947, encontramos lo siguiente:
«Fernando Figueredo, José Dolores Poyo, Martín Herrera, Teodoro Pérez, Juan
Pérez-Rolo, Rafael Rodríguez, Ramón Rivera(7)
y otros, al retornar a la Patria, terminada ya la contienda revolucionaria y constituida
la República la sirvieron con honestidad y provecho y murieron pobres; algunos
de ellos en Asilos de Caridad, como el viejo patriota Remigio López Fandiño,
sin haberse jamás manchado las manos, con el oro mal habido, ni haber
claudicado nunca de sus ideas democráticas.
Cuando todos tenían automóviles de lujo y vivían ampliamente, esos
ilustres fundadores de nuestra soberanía, iban a pie hasta sus modestos
hogares, sin que les preocupara jamás, la ambición del medro, procurando hacer de la patria, agonía y
deber, altar y no pedestal...»
A
pesar de la correspondencia que sostuvo con José Martí, sus cartas no quedaron
para la posteridad y solo aparecía mencionado en las Obras Completas del
Apóstol en una ocasión. Es posible que ahora, con la rectificación del Centro
de Estudios Martianos, sean dos. Pero a
propósito de las cartas de Martí a Rivera, me retrotaigo a la entrevista
otorgada a Francisco Montoto en el CIR.
De la misma extraigo dos pequeños fragmentos:
«Para completar su propósito
nos hace entrega de documentos que solamente se dan a quienes saben interpretar
cordialmente el alcance de sus letras, Ramón Rivera es un buen viejo....... y
fue un buen joven.»
«Martí, siendo amigo íntimo
mío, como consta en las cartas que dirigidas a mí de él te dejo,….»
Quiere esto
decir, que en su visita al CIR, en agosto de 1929, Rivera dejó más de una carta
de Martí dirigida a él, en manos de Francisco Montoto. Y nos preguntamos
¿adónde habrán ido a parar dichas cartas? Es una buena interrogante, que
dejamos abierta.
Ramón Rivera Monteresi, falleció el día 2 de diciembre de 1937 en la ciudad de Pinar del Río, Cuba.
Fue una figura destacada del exilio patriótico cubano en Cayo Hueso durante
las últimas décadas del siglo XIX, y posteriormente un activo dirigente obrero
en Cuba tras el fin de la guerra de independencia. Su vida encarna la continuidad
entre la lucha por la independencia nacional y la organización del movimiento
obrero cubano, en un momento en que ambas causas se entrelazaban en el ideario revolucionario.
Aunque su nombre no siempre aparece en los grandes relatos históricos, su papel como puente entre la emigración patriótica y el sindicalismo cubano lo convierte en una figura clave para comprender la articulación entre nación y clase social en la historia de Cuba.
Terminamos como terminó Montoto su entrevista: Los lectores apreciarán la personalidad valiosa, respetable y
caballeresca de Ramón Rivera, viejo ya pero pleno de arrestos y de ideales, que
no en vano estrechó la mano, noble, caliente y directriz de aquel que de haber
nacido en Nazaret, veinte siglos antes hubiera sido el Apóstol de la Humanidad.
Fuentes
Consultadas:
1. Alpízar Poyo, Raoul. Cayo Hueso y José Dolores Poyo. Imp. P. Fernández y Cía, S. en C., La Habana, 1947. en https://www.latinamericanstudies.org/19-century/Cayo_Hueso.pdf consultado el 10 de julio de 2025.
2. Casasús, Juan J.E., La emigración cubana y la independencia de la patria, Editorial Lex, La Habana, 1953.
3. Deulofeu, Manuel. Héroes del Destierro - La Emigración - Notas Históricas. Imp. de M. Mestre, D´Clouet 20, Cienfuegos, 1904.
4. Díaz Marrero, Concepción. Los amigos santiagueros de José Martí. En https://sdlv.blogspot.com/ consultado el 23 de junio de 2025.
5. Fernández Chaqueto, Manuel. Remembranzas. Talleres Tipográficos “Mikleff”, Stgo. de las Vegas, 1929.
6. Fina García, Francisco. Historia de Santiago de las Vegas, Tomo I. Editorial Antena, Stgo. de las Vegas,1954.
7. García Pascual, Luis. Entorno Martiano. Casa Editorial Abril. ISBN 959-210-277-5. La Habana, 2003.
8. Hidalgo, Ariel. Orígenes del Movimiento Obrero y del Pensamiento Socialista en Cuba. Editorial Arte y Literatura, La Habana.1976.
9. Montoto, Francisco. Ramón Rivera. Con mi Kodak. En Revista del CIR, Época II, año II, No. 7, agosto 30 de 1929.
10. Ramón Rivera y el 75 %. Una historia de 1902. En Acción Socialista, noviembre 18 de 1934.
11. Simón Pérez-Rolo, Marat. José Martí en Santiago de las Vegas. Oficina del Programa Martiano, La Habana. 2003.
12. Tellería Roca, Evelio. Los Congresos Obreros en Cuba, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1973.
13. Tinajero, Araceli. Las cartas de José Martí a los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso. CIBER LETRAS, No. 40, Lehman College, Julio 2018, ISSN:1523-1720, City University of New York, USA.
14. Valdés Domínguez, Fermín. Ramón Rivera Monteresi. En periódico La Lucha, Año XXIII, 26 de julio de 1907, La Habana.
15. Valdés Galarraga, Ramiro. Diccionario del pensamiento martiano. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2024. ISBN 978-959-2573-2
(1)N. del E.: Marat Simón Pérez-Rolo, en su libro Martí en Santiago de las Vegas (Oficina del Programa Martiano, 2003), menciona a Ramón Rivera Monteresi como miembro fundador del Centro de Instrucción y Recreo de Santiago de las Vegas. Sin embargo, en el listado de fundadores publicado en 1922 por la revista de dicha institución con motivo del 40 aniversario de su creación, su nombre no figura. Tampoco aparece en la placa conmemorativa, de mármol, que estuvo expuesta en los salones del Centro y que hoy se conserva en el Museo Histórico en Santiago de las Vegas.
(3) N. de la R: Cuando los tabaqueros, unos años antes, emigraron a los Estados Unidos, renunciaron de hecho a los empleos que tenían en las fábricas. Durante su ausencia esos empleos fueron cubiertos por operarios extranjeros. Los encargados y los capataces, extranjeros también, empezaron a llamar a los niños y los jóvenes connacionales de ellos para que ocuparan los puestos de aprendices. Ese era el modo mejor de formar un ejército del trabajo que salvara a la industria del peligro de una nueva emigración en masa de los patriotas. El tabaquero se hace en un año, y al cabo de ese tiempo, los aprendices eran ya operarios. Brevemente, pues, las necesidades de la industria quedaron cubiertas con la nueva mano de obra. Cuando los cubanos regresaron de Tampa y de Cayo Hueso, ya no había plazas para ellos. El que fue a Sevilla perdió la silla. Los tabaqueros emigrantes perdieron sus taburetes. Tal era la situación con que se encontraron los patriotas al regresar a la patria. De casa en casa fueron pidiendo mesa. No había. Y si había, se les negaba. Los capataces tenían serios motivos para negárselas. De una parte, estaba el interés creado, el espíritu de cuerpo, el espíritu de tribu, que les hacía reservar esas mesas para los suyos. El arte tabacalero estaba controlado por los extranjeros, y había que conservar ese control. Los capataces se reconocían obligados a velar por ello. De otra parte, estaba la pasión política. El capataz que combatió la insurrección tenía que ver con ojos torcidos a los emigrados que trabajaron para ella. Por tanto: no había mesas para los emigrados. Esa fue la tierra que encontraron los colaboradores de Martí. Ciudadanos libres de una Cuba libre, los tabaqueros cubanos se encontraron con que no tenían derecho al trabajo ni a la vida en su propio suelo. Un paria en su patria conoció qué era el tabaquero cuando puso los pies en esta tierra de sus desengaños. El conocimiento de una realidad tan amarga como inesperada, removió los espíritus más lúcidos, conmovió los corazones más dignos, y electrizó el ánimo de todos.
(4)N. de la R.: La Tranca era algo muy serio. Las manifestaciones que organizaba no eran nutridas, pero sí temibles. A veces eran silenciosas, y entonces resultaban más terribles aún. Sus mítines eran muy desagradables. Cuando alguien, cuando algún capataz, sobre todo, se obstinaba en no darle plaza a los cubanos, La Tranca le organizaba un mitin a ese tal. Mítines tremendos aquellos.
(5)N. de la R: Inaugurada
la República, empezó a correr la sangre de los trabajadores para lograr la
nacionalización del trabajo. El asunto no volvió a ser tratado
hasta 1926 a iniciativa del Representante a la Cámara, Aquilino Lombard, y
tampoco tuvo éxito. El 8 de noviembre de 1933 fue promulgado el Decreto Ley que
estableció el 50 % de plazas para los ciudadanos cubanos
(6) N. de la R: Se desarrolló por los tabaqueros cubanos en febrero de 1907 y se mantuvo durante 4 meses, con el auxilio de todo el pueblo y de los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso. El triunfo de las demandas se alcanzó el 15 de julio de 1907. Como resultado de la huelga se logró que se les pagara a los obreros en moneda norteamericana.

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