jueves, 26 de marzo de 2026

Ramón Rivera y Monteresi: Santiaguero connotado

Compilación y Redacción: Ing. Arsenio Alemán A. 
 
 

Ramón Rivera y Monteresi.

Pedro Ramón Rivera y Monteresi nació en Santiago de las Vegas el día 19 de octubre de 1864. Fueron sus padres Leandro Rivera y Morales, natural de Santa Cruz de Tenerife, España y María de los Ángeles Rita Monteresi y Barrios, natural de Santiago de las Vegas. 

No hay información suficiente sobre los primeros años de su vida.  Se conoce que, como casi todos los habitantes de Santiago de las Vegas en la época, se hizo tabaquero y laboró en ese sector.  Contrajo matrimonio con Dolores Golluri y Rodríguez en Santiago de las Vegas, de cuya unión, durante su estancia en Cuba, nacieron dos hijos: Ramona y Ramón. 

Se refiere que emigró a Cayo Hueso en la década de 1880. Su salida de Cuba estuvo motivada por su posición contra el colonialismo español y el ambiente de persecución política que caracterizó la etapa de la Tregua Fecunda, cuando las autoridades coloniales hostigaban a quienes eran señalados como simpatizantes de las ideas independentistas. En Cayo Hueso encontró un refugio seguro, sostenido por la comunidad cubana emigrada, que le brindó trabajo en la industria tabacalera y lo integró a los núcleos  patrióticos que mantenían viva la causa de la independencia.

En 1929, en una entrevista concedida a la Revista del CIR, «Rivera, magro de carnes, algo encorvado por los años y por los sufrimientos, atáxico casi, fumando empedernidamente un cigarro que no se acaba nunca, sostenido entre sus dedos de color caoba, nos habla de sus luchas y sus decepciones. ¿Quién que haya luchado por la razón y la justicia no las ha tenido? y nos dice: ¡Cuánto luchar!  En este mismo Santiago fui perseguido de manera tenaz e inhumana; muchos que hoy me tratan me persiguieron en aquella época.....¡Fíjate!..... y me relata un pasaje que pone en nuestros nervios una tensión de combate. Pero ¿es posible, D. Ramón.....?  Como te lo cuento —responde el buen viejo— corrí hasta el paradero porque si no lo hubiera hecho así aquel malvado hubiera acabado conmigo, no por que tuviera valor sino porque estaba respaldado por la falange de voluntarios...... »

Hasta su salida a Cayo Hueso residió en Santiago de las Vegas y fue miembro activo del Centro de Instrucción y Recreo lugar donde fue amigo del Centro, amigo de todo lo que significara patriotismo y tesón en épocas en que ser socio del Centro llevaba implícito el odio de los más y la consideración de los menos.(1)

Cuando su cabeza lucía la pelambrera negra y brillante de la juventud, el Sr. Rivera no se entretenía en resolver problemas de futileza vista, sino que, carácter indómito y con percepción visual, se dedicó a pensar en los sufrimientos de la Patria, esta Patria que tan pocos aman y que tan grande es.

Establecido en Cayo Hueso, pasó a formar parte como un humilde tabaquero de ideas avanzadas para su época, de los grupos de emigrados revolucionarios. Fue fundador, el 20 de septiembre de 1884, de la Convención Cubana, organización secreta en la que tenía asignado el No. 26 y que dirigían José Francisco Lamadrid, José Dolores Poyo y Fernando Figueredo.  Allí trabó amistad con Carlos Roloff, Tomás Estrada Palma, Gerardo Castellanos, Juan Gualberto Gómez, Serafín Sánchez y otros patriotas. Más tarde habría de ser uno de los más cercanos colaboradores de José Martí en la fundación del Partido Revolucionario Cubano y un significativo pilar en la lucha ideológica a favor del independentismo.

Rivera fundó y presidió el Club Revolucionario <Santiago de las Vegas>, al que en una ocasión José Martí calificara como “un club valiente y ya histórico”, para agrupar allí a todos los santiagueros emigrados; también fundó y presidió el <Club Protectoras de la Patria> (todo de mujeres) y el <Club Por Cuba>.  Fue figura clave en la lucha por la unidad de la emigració, independientemente de los matices políticos que existían dentro de la masa trabajadora.  Rivera logró que todos los obreros, en especial los tabaqueros, se agruparan firmemente en torno a Martí.

A la llegada de Martí a Cayo Hueso en 1891, ya Rivera ocupaba un lugar muy especial dentro de los tabaqueros más progresistas del Cayo. Muchos ya lo tenían como mentor y lo seguían como líder natural que era.

Martí le tomó a Rivera un afecto no común, distinguiéndole siempre con su exquisito trato de manera muy especial, en las posteriores visitas que hiciera al Cayo. Ramón Rivera fue en aquellos tiempos de luchas y de caminar entre abrojos, la cuerda tensa que responde a las vibraciones que produce el diapasón; estaba a tono.  No más que eso....

Aunque su nombre no aparece entre los firmantes del acta de la reunión de la constitución del Partido Revolucionario Cubano, por no haber podido asistir a ella, como algunos otros patriotas, se le consideró siempre fundador por sus antecedentes en las tareas organizativas. 

Cuando Gualterio García se vio en la necesidad de trasladarse para Tampa, Rivera lo sustituyó como Secretario del Cuerpo de Consejo de Cayo Hueso, acción que le granjeó el sincero afecto de Martí, que más tarde le expide oficialmente su nombramiento. Ocupó además, varias responsabilidades dentro del Partido Revolucionario Cubano en esa ciudad.

Rivera fue autor de la Biografía Revolucionaria y Doctrinaria de Martí, que parcialmente fue publicada en la Revista del CIR.

En el trajín de los preparativos de la Guerra Necesaria y de la formación del Partido Revolucionario Cubano, nació Charles, su tercer hijo.

José Martí (2) le dirigió una carta el 1º  de mayo de 1894, en la que lo elogiaba por su constancia, su sentido del deber y su soporte a José Dolores Poyo, destacando su capacidad  de sacrificio y su entrega desinteresada a la causa. La transcribimos a continuación: 

Nueva York, 1º de mayo de 1894 

Sr. Ramón Rivera 

Mi muy querido Ramón: 

Con hombre tan entero como Vd., puede este amigo afanado, que al fin y al cabo ha de abrazarlo pronto, tomarse la libertad de responderle por el correo de las almas, que es más seguro y expresivo que el papel. 

Como estoy, lo imagina: con el mundo entero sobre mis hombros flacos. Llegaremos, Ramón: estoy enfermo y contento.  Lo grande me da alegría y lo pequeño me aflige. 

¿Y por qué me pregunta sobre su nombramiento de secretario?  La discreción, que es la forma suprema de la inteligencia, se junta muy raras veces a la honradez.  Gualterio se fue. ¿Quién, sino Vd., hubiera podido sucederle? 

Ahora, Ramón, estamos en tiempo de actividad sorda y decisiva. Todo depende de los que guían.  Al placer se despiertan los hombres solos.  Al deber ha de haber quién les toque en la puerta todos los días.  Lo que nos falta por hacer ―óigame bien lo que le digo― no es más que cuestión de zapatos y de administración.  Y Ud. es hombre que anda descalzo sin cansarse. Vea cómo no he de estar contento de que haya recaído en Vd. la obligación gustosa de ayudar a nuestro admirable Poyo.  Bese a la clientela; apriétese la cintura para la faena que nos aguarda y quiera a su agradecido. 

                                    José Martí 

En esta carta, en su último párrafo, Martí traza y delinea el futuro accionar de los emigrados cubanos, para un cercano tiempo en que ya adivina no podrá estar entre ellos.  Demuestra, que Rivera fue considerado por Martí de modo tal, que la confianza del Apóstol era Don Ramón en los más difíciles momentos del Predicador.

Al estallar la guerra, Rivera se puso a las órdenes del general Serafín Sánchez para acompañarlo como soldado en la lucha armada en Cuba, pero este le ordenó permanecer en el Cayo, por ser más útil a la causa de Cuba. Rivera se mantuvo durante toda la guerra formando parte de la retaguardia ideológica del Partido Revolucionario Cubano, para mantener la unidad de la emigración. 

Tras el fin de la guerra, Rivera regresó a Cuba, donde nació su cuarto hijo nombrado Evelio y además pudo canalizar su experiencia organizativa y su conciencia social hacia el movimiento obrero.  Se convirtió en un dirigente respetado, especialmente en el sector tabaquero, y participó en la fundación de asociaciones mutualistas, sindicatos y publicaciones obreras. Su figura representa el tránsito de la lucha anticolonial a la lucha social, y su legado se inscribe en la genealogía del pensamiento obrero cubano. Una muestra de lo dicho se ilustra con la siguiente narración:

«Al término de la guerra y cesada la dominación española en Cuba, los cubanos que estaban en la emigración comenzaron a retornar a sus viejos lares.  La mayor parte de esos emigrados eran obreros, tabaqueros casi todos, los mismos que en la Florida y en Nueva York formaron con Martí el Partido Revolucionario Cubano.

Ramón Rivera Monteresi fue uno de esos emigrados que regresaban a la patria. Los animaba la idea de una Cuba libre en la que podrían fundar sus hogares y vivir dignamente en la patria que habían ayudado a emancipar.

Llegados a La Habana, los tabaqueros, que lo eran casi todos los repatriados, se encontraron sin trabajo y sin medios de vida.  La realidad económica desbarataba el castillo encantado que el trabajo político había edificado en largos, sangrientos y atormentados años de lucha.  Los tabaqueros no tenían de que vivir en su suelo. (3)

Las fábricas, sí, trabajaban con toda su fuerza productiva. La industria estaba próspera. Había pedidos. Eran muchas las mesas en las salas de torcido. Había demanda de brazos. Los jornales eran jugosos. Los niños y los jóvenes eran buscados como aprendices, porque el porvenir tabacalero presentaba lisonjero aspecto.

Había, todo eso; pero nada de lo dicho era para los cubanos que volvían de la emigración[i].

Entonces fue que se hizo escuchar Ramón Rivera. Rivera, amigo de Martí, elemento destacado entre los militantes de la emigración, socialista, por más señas, enseguida que llegó a la Isla, conoció que sus trabajos del Cayo no habían terminado. Lograda ya la personalidad política, el cubano tenía que conquistar ahora su personalidad económica. No era admisible que el pan que se repartían liberalmente los extranjeros, les fuera negado sistemáticamente a los nacionales, y muy especialmente, a los nacionales que habían luchado por crear la nacionalidad. Esto se dijo Rivera; y con fe en la inteligencia y con indignación en el alma, el líder se lanzó a la arena encendida de las batallas más pasionales.

Fundó, con sus antiguos compañeros de la Florida y con los que en Cuba se le incorporaron, la asociación Liga de Trabajadores Cubanos. Fundó un periódico, ¡Alerta! Y fundó el Partido Socialista Nacional. Y así empezó la campaña recia, dramática y cruenta.

Rivera proclamó un principio: el derecho al trabajo de los cubanos; y elaboró una fórmula: el 75 por ciento de todos los empleos para los nativos. Particularizando en lo que se refería a la industria del tabaco, a la que pertenecía, elaboró otra fórmula: la admisión forzosa de los niños y los jóvenes de Cuba como aprendices en las tabaquerías, de donde se les rechazaba por sistema. Y con ese programa y con esa bandera, Rivera llamó a la lucha a todos los trabajadores cubanos.

Estos respondieron al llamamiento, y las filas, se nutrieron rápidamente. La Liga, que empezó siendo de tabaqueros casi exclusivamente, llegó después a ser integrada por elementos de todos los oficios. El Partido Socialista se extendía de uno a otro por todos los barrios de La Habana.

El periódico ¡Alerta!, que tronaba con un genuino acento mambí, llegó a ser tan buscado que algunos ejemplares fueron pagados a 3 pesos. Cada día se efectuaba una manifestación. En cada esquina se celebraba un mitin. Las tribunas crujían y la tierra trepidaba al resonar el grito de guerra en todo lo largo de las calles: ¡El 75 por Ciento!

Aquello sonaba en los oídos cubanos como poco antes sonaban los gritos de Maceo: - ¡Al machete! ¡Viva Cuba Libre! Y el grito de ahora producía en los corazones la misma electricidad que el grito de antes. Todo el espíritu de Mal Tiempo y Peralejo revivía en aquellas tumultuosas manifestaciones de la gente criolla. Muy especialmente, los tabaqueros querían ser empleados en las fábricas.

Pero, tanto los obreros como los jefes que trabajaban en ellas, se resistían a toda innovación. Entonces Rivera, que sabía fundar muchas cosas, fundó algo más: fundó una asociación irregular que fue llamada La Sociedad de La Tranca(4).

Por su parte, los trabajadores de la acera del frente se decidieron a dar un paso. Levantaron la bandera del internacionalismo. Los trabajadores no tienen patria, predicaron. Y levantaron la bandera del socialismo. Los obreros deben ser socialistas, y nada más—decían. Y así como Rivera había fundado el Partido Socialista Nacional, ellos crearon a su vez el Partido Socialista Internacional. En este partido debemos militar todos los socialistas sinceros, sin distinción de nacionalidad —así dijeron—; y con un lenguaje fraternal, socialista y pacifista, invitaron a los del partido de Rivera a que colaborasen entre todos en una obra común.

Se lanzó la idea de fusionar los dos partidos. Rivera aceptó la iniciativa. Por nuestra parte —dijo— no somos exigentes. Si queréis disolvemos nuestra asociación y nos incorporamos a la vuestra. Si queréis se funden los dos partidos con el nombre que queráis darle. Si queréis, el nuevo partido que surja de la fusión, se regirá por los estatutos del vuestro o por otro nuevo que queráis darle. No imponemos nombre, ni reglamento, ni programa, ni Junta Directiva. Solo os pedimos una cosa.

—¿Cuál?

—El 75 por ciento, respondió Rivera.

Y en ese mismo instante se dieron por fracasadas todas las gestiones para la conciliación.

Llegó el 1902. Se inauguró el gobierno de Estrada Palma; y pocas semanas después se declaraba la huelga en unas fábricas de tabaco. La Liga de Trabajadores Cubanos aprovechó esa circunstancia, y se agregó al paro llevando su propio pliego de reivindicaciones. Ese pliego constaba de dos puntos: el 75 por ciento y la admisión de los aprendices cubanos.

La huelga se hizo general. Todas las industrias pararon. Rivera y los suyos realizaron la obra maestra de llevar sus ideas a la entraña del movimiento; y todos los obreros cubanos les secundaron. Más; los obreros tranviarios, que eran extranjeros, se declararon internacionalistas; adujeron que los obreros no tenían patria y, por tanto, se declararon contrarios al 75 por ciento, y se negaron a secundar el paro.

Lo que sigue ahora alcanza la categoría de lo memorable. La Sociedad La Tranca, que esos días nutrió sus filas en gran proporción, empezó a organizarle sus mítines a los tranviarios según estos iban sacando sus carros. Donde aparecía un tranvía, se efectuaba un mitin. Mitin de trancazos, desde luego. Y La Habana empezó a vivir momentos de verdadera tragedia.

El General Menocal mandaba la Policía, y entró en acción. Él también iba a dar un mitin. Uno o cien. Primero, a los de La Tranca. Cuando estos le daban un mitin a, los del tranvía, Menocal acudía a darle otro a aquellos. Después, a todos los huelguistas.

Donde aparecía un grupo de ellos, la policía de Menocal tomaba la palabra, y cuando los huelguistas hicieron frente a los azules, vinieron los amarillos, los rurales de Don Alejandro. Y entonces sí que fueron grandes los mítines. El de Cuatro Caminos estuvo colosal. El de Reina y Belascoaín también. El 75 por ciento se ahogaba en sangre. Bien dijimos al principio que esas luchas de Rivera iban a ser cruentas.

En ese minuto trágico se oyó la voz del Generalísimo Gómez. Los dirigentes de la huelga fueron llamados a parlamentar. El parlamento se llevó a cabo en el Teatro Cuba, que después se llamó Molino Rojo.

Allá fueron Rivera y sus amigos, de una parte. Y fueron de la otra, Máximo Gómez, Juan Gualberto Gómez, Manuel Sanguily, y otros ilustres patricios.

Cubanos —dijeron estos a aquellos—: estáis hundiendo a la patria. La independencia peligra por vuestras violencias.  Es necesario que este estado de huelga revolucionaria, cese al instante.  Por vuestra parte, ¿qué es lo que queréis, si no es hacer abortar a la República?

—Queremos que el cubano no sea un paria en su patria. Queremos el 75 por ciento — contestó a los patricios Ramón Rivera.

—Si no es más que eso, lo conseguiréis. Nosotros os prometemos una ley del Congreso que satisfaga vuestra aspiración, que es muy justa, después de todo. Dad, pues, por terminado el movimiento.

Consagrar el 75 por ciento en una ley del Congreso, no podían querer más los cubanos. —¡Bien! ¡Bien! — gritaron todos los pechos. Y en ese instante de bella armonía se oyó la voz desafinada de un escéptico, de un materialista, de un iconoclasta, Manuel Alonso Miranda, que dijo ante el estupor de todos: Propongo que el movimiento no se dé por terminado hasta que el 75 por ciento no aparezca publicado en la Gaceta.

—Pero ¡cómo! ¿Y se permite usted dudar de la palabra y las promesas de estos patricios? —dijeron algunas voces. Y con un ¡Viva Cuba! se dio por terminado el acto, la huelga, y . . . el 75 por ciento, que ahí quedó sepultado entre la salva de aplausos final.

Un mes más tarde, ya nadie hablaba del 75, y los patricios no se acordaron más de lo pasado. Cuán cierto es que una victoria falsa puede ser más funesta en una campaña que una derrota franca, porque la derrota franca enardece el ánimo para la revancha, y la falsa victoria lo desorienta y desencanta.(5)

A finales de 1905 fue designado secretario del Comité Organizador del Partido Obrero Socialista.  Fue un elemento decisivo en la llamada Huelga de la Moneda(6), efectuada en 1907. Su participación queda resumida por Fermín Valdés Domínguez en un escrito en el periódico La Lucha, del 26 de julio de 1907.  He aquí como lo describe:

«"La Voz Obrera" fue durante la huelga su órgano oficial en la prensa. Para tributar justo y merecido homenaje a su director Ramón Rivera Monteresi, escribo ahora.

Al sentir en mi alma la dicha de batir palmas en honor de un amigo, de un hermano mío, siempre cariñoso y siempre leal, vienen a mi memoria dos nombres amados: Martí y el general Serafín Sánchez.

Fue el primero quién en cartas, que ya he publicado en “La Lucha”, comprendió cuanta grandeza y cuanto patriotismo y laboriosidad había en el modesto obrero de Cayo Hueso, que por unanimidad fue nombrado secretario del Cuerpo de Consejo.  Martí lo amó y lo alentó con frases cariñosas y en días de difícil lucha política, puso en sus manos la pluma y dejó en su voluntad la altiva influencia de su genio.

Y fue en el Cayo, Rivera, durante toda la campaña revolucionaria que empezó con los trabajos de organización del Partido Revolucionario Cubano y terminó con la proclamación de nuestra independencia, infatigable y valiente discípulo del gran Maestro.

El general Serafín Sánchez aquel corazón puro y aquel patriota ejemplar, —cuyos heroísmos y virtudes políticas ponen siempre lágrimas en mis ojos— le ordenó que permaneciera en el Cayo, cuando quería acompañarnos en la expedición que nos trajo a Cuba.

El general Sánchez conocía su importancia como hombre político y amaba en él sus virtudes y su modestia; por eso fue siempre para él, mi hermano Rivera, uno de sus "héroes humildes".

Después de la lucha por la independencia ¿quién que ame a su pueblo no conoce los esfuerzos nobles y generosos del obrero Ramón Rivera, en el taller, en la liga, en el partido socialista, y en todas las tribunas en las que el pueblo ha de consagrar su patriotismo y hacer pública y valiente protesta de su personalidad libre y consciente?

Figuró en el Partido Liberal; pero él, que no sabe de castas ni de personalismos, cuando se dividían los que formaban un grupo respetable, se retiró, sin hacer traición a sus ideales, sino para llevarlos a donde pudieran vivir en más puro nido y entre hombres sin ambiciones ni deseos de honores y poder.

El soldado, el discípulo de Martí ha estado y está siempre en su puesto.

Y ahora —como siempre, después de la lucha, del peligro y de la tenaz y difícil y noble labor— no lo busquéis en donde pueda recibir los justos aplausos, los merecidos homenajes de su pueblo; buscadlo —como a todos los directores y mantenedores de esta huelga trascendental— en su hogar limpio y puro, buscadlo en su mesa de escogida, sonriente, satisfecho, sin vanidades.

Gloria pues, al periodista, al noble discípulo de Martí;  al héroe humilde».

Participó como delegado en el Primer Congreso Obrero Nacional que se celebró en La Habana entre el 28 y 30 de agosto de 1914. Evelio Tellería Roca en su obra Los Congresos Obreros en Cuba, publicada en 1973, refiere lo expresado en dicho Congreso por Rivera: 

«Ramón Rivera, dijo entre otras cosas: Si miramos al pasado y rápidamente volvemos la vista al presente, fuerza es repetir como el poeta: Aquí nada ha pasado, parece que fue ayer (.......) olvidamos los consejos del Maestro y merecedores somos de las consecuencias que palpamos.  Recordemos sus frases, una y cien veces repetidas: de que la Revolución no debía darse por terminada, mientras que en Cuba existiese una sola injusticia por reparar, e interroguémonos si hemos sido fiel a la consigna.  Si ciertos jefes de la Revolución, se rindieron prematuramente ante los halagos de los Poderes para resolver sus problemas personales, dando al olvido sus deberes, eso no justificaba la sumisión de los soldados que con su valor y heroísmo los encumbraron; los que, arma al brazo, debieron continuar en su obra reparadora y no tendríamos que lamentarnos de nuestra triste suerte».

Rivera abrazó el periodismo y colaboró en diversas publicaciones de la emigración y de Cuba, usando en ocasiones el seudónimo de “Leónidas”.  No obstante, los valiosos servicios rendidos a su país, siempre actuó con extrema modestia y cuando alguien se lo reprochaba, decía: “No se hace patria para cobrar o para ganar méritos”.

En el libro Cayo Hueso y José Dolores Poyo (Dos símbolos Patrios) de la autoría de Raoul Alpìzar Poyo, publicado en 1947, encontramos lo siguiente: 

«Fernando Figueredo, José Dolores Poyo, Martín Herrera, Teodoro Pérez, Juan Pérez-Rolo, Rafael Rodríguez, Ramón Rivera(7) y otros, al retornar a la Patria, terminada ya la contienda revolucionaria y constituida la República la sirvieron con honestidad y provecho y murieron pobres; algunos de ellos en Asilos de Caridad, como el viejo patriota Remigio López Fandiño, sin haberse jamás manchado las manos, con el oro mal habido, ni haber claudicado nunca de sus ideas democráticas.  Cuando todos tenían automóviles de lujo y vivían ampliamente, esos ilustres fundadores de nuestra soberanía, iban a pie hasta sus modestos hogares, sin que les preocupara jamás, la ambición del medro, procurando hacer de la patria, agonía y deber, altar y no pedestal...» 

A pesar de la correspondencia que sostuvo con José Martí, sus cartas no quedaron para la posteridad y solo aparecía mencionado en las Obras Completas del Apóstol en una ocasión. Es posible que ahora, con la rectificación del Centro de Estudios Martianos, sean dos.  Pero a propósito de las cartas de Martí a Rivera, me retrotaigo a la entrevista otorgada a Francisco Montoto en el CIR.  De la misma extraigo dos pequeños fragmentos:

«Para completar su propósito nos hace entrega de documentos que solamente se dan a quienes saben interpretar cordialmente el alcance de sus letras, Ramón Rivera es un buen viejo....... y fue un buen joven.»

«Martí, siendo amigo íntimo mío, como consta en las cartas que dirigidas a mí de él te dejo,….»

Quiere esto decir, que en su visita al CIR, en agosto de 1929, Rivera dejó más de una carta de Martí dirigida a él, en manos de Francisco Montoto. Y nos preguntamos ¿adónde habrán ido a parar dichas cartas? Es una buena interrogante, que dejamos abierta.

Ramón Rivera Monteresi, falleció el día 2 de diciembre de 1937 en la ciudad de Pinar del Río, Cuba.

Fue una figura destacada del exilio patriótico cubano en Cayo Hueso durante las últimas décadas del siglo XIX, y posteriormente un activo dirigente obrero en Cuba tras el fin de la guerra de independencia. Su vida encarna la continuidad entre la lucha por la independencia nacional y la organización del movimiento obrero cubano, en un momento en que ambas causas se  entrelazaban en el ideario revolucionario.

Aunque su nombre no siempre aparece en los grandes relatos históricos, su papel como puente entre la emigración patriótica y el sindicalismo cubano lo convierte en una figura clave para comprender la articulación entre nación y clase social en la historia de Cuba. 

Terminamos como terminó Montoto su entrevista: Los lectores apreciarán la personalidad valiosa, respetable y caballeresca de Ramón Rivera, viejo ya pero pleno de arrestos y de ideales, que no en vano estrechó la mano, noble, caliente y directriz de aquel que de haber nacido en Nazaret, veinte siglos antes hubiera sido el Apóstol de la Humanidad. 

 Fuentes Consultadas:

1.     Alpízar Poyo, Raoul.  Cayo Hueso y José Dolores Poyo. Imp. P. Fernández y Cía, S. en C., La Habana, 1947.  en https://www.latinamericanstudies.org/19-century/Cayo_Hueso.pdf consultado el 10 de julio de 2025.

2.     Casasús, Juan J.E., La emigración cubana y la independencia de la patria, Editorial Lex, La Habana, 1953.

3.     Deulofeu, Manuel. Héroes del Destierro - La Emigración - Notas Históricas. Imp. de M. Mestre, D´Clouet 20, Cienfuegos, 1904.

4.     Díaz Marrero, Concepción. Los amigos santiagueros de José Martí. En https://sdlv.blogspot.com/  consultado el 23 de junio de 2025.

5.     Fernández Chaqueto, Manuel. Remembranzas. Talleres Tipográficos “Mikleff”, Stgo. de las Vegas, 1929.

6.     Fina García, Francisco.  Historia de Santiago de las Vegas, Tomo I. Editorial Antena, Stgo. de las Vegas,1954.

7.     García Pascual, Luis. Entorno Martiano. Casa Editorial Abril. ISBN 959-210-277-5. La Habana, 2003.

8.     Hidalgo, Ariel. Orígenes del Movimiento Obrero y del Pensamiento Socialista en Cuba. Editorial Arte y Literatura, La Habana.1976.

9.     Montoto, Francisco. Ramón Rivera. Con mi Kodak. En Revista del CIR, Época II, año II, No. 7, agosto 30 de 1929.

10.  Ramón Rivera y el 75 %. Una historia de 1902. En Acción Socialista, noviembre 18 de 1934.

11.  Simón Pérez-Rolo, Marat. José Martí en Santiago de las Vegas. Oficina del Programa Martiano, La Habana. 2003.

12.  Tellería Roca, Evelio. Los Congresos Obreros en Cuba, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1973.

13.  Tinajero, Araceli. Las cartas de José Martí a los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso. CIBER LETRAS, No. 40, Lehman College, Julio 2018, ISSN:1523-1720, City University of New York, USA.

14.  Valdés Domínguez, Fermín. Ramón Rivera Monteresi. En periódico La Lucha, Año XXIII, 26 de julio de 1907, La Habana.

15.  Valdés Galarraga, Ramiro.  Diccionario del pensamiento martiano. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2024. ISBN 978-959-2573-2


(1)N. del E.: Marat Simón Pérez-Rolo, en su libro Martí en Santiago de las Vegas (Oficina del Programa Martiano, 2003), menciona a Ramón Rivera Monteresi como miembro fundador del Centro de Instrucción y Recreo de Santiago de las Vegas. Sin embargo, en el listado de fundadores publicado en 1922 por la revista de dicha institución con motivo del 40 aniversario de su creación, su nombre no figura. Tampoco aparece en la placa conmemorativa, de mármol, que estuvo expuesta en los salones del Centro y que hoy se conserva en el Museo Histórico en Santiago de las Vegas.

(2)N. del E. Marat Simón Pérez-Rolo, en su libro Martí en Santiago de las Vegas (Oficina del Programa Martiano, 2003), señala esta carta como dirigida a Ramón Rivero. Sin embargo, más de dos décadas después de la publicación de dicha obra, el Centro de Estudios Martianos rectificó el destinatario, identificándolo como Ramón Rivera. Conviene recordar que en los documentos martianos existían contradicciones entre las misivas dirigidas a ambos, pues Ramón Rivero residía en Tampa y Ramón Rivera en Cayo Hueso. La confusión pudo deberse tanto a la ilegibilidad de la escritura de Martí como a errores de catalogación en las primeras ediciones de sus Obras Completas. En consecuencia, es importante dejar constancia de que no se trató de un error del autor del libro, quien en su momento se apoyó en una fuente oficial válida, corregida únicamente gracias a los estudios críticos posteriores de la obra martiana.

(3) N. de la R: Cuando los tabaqueros, unos años antes, emigraron a los Estados Unidos, renunciaron de hecho a los empleos que tenían en las fábricas. Durante su ausencia esos empleos fueron cubiertos por operarios extranjeros. Los encargados y los capataces, extranjeros también, empezaron a llamar a los niños y los jóvenes connacionales de ellos para que ocuparan los puestos de aprendices. Ese era el modo mejor de formar un ejército del trabajo que salvara a la industria del peligro de una nueva emigración en masa de los patriotas. El tabaquero se hace en un año, y al cabo de ese tiempo, los aprendices eran ya operarios. Brevemente, pues, las necesidades de la industria quedaron cubiertas con la nueva mano de obra.  Cuando los cubanos regresaron de Tampa y de Cayo Hueso, ya no había plazas para ellos. El que fue a Sevilla perdió la silla. Los tabaqueros emigrantes perdieron sus taburetes. Tal era la situación con que se encontraron los patriotas al regresar a la patria. De casa en casa fueron pidiendo mesa. No había. Y si había, se les negaba. Los capataces tenían serios motivos para negárselas. De una parte, estaba el interés creado, el espíritu de cuerpo, el espíritu de tribu, que les hacía reservar esas mesas para los suyos. El arte tabacalero estaba controlado por los extranjeros, y había que conservar ese control. Los capataces se reconocían obligados a velar por ello. De otra parte, estaba la pasión política. El capataz que combatió la insurrección tenía que ver con ojos torcidos a los emigrados que trabajaron para ella. Por tanto: no había mesas para los emigrados.  Esa fue la tierra que encontraron los colaboradores de Martí. Ciudadanos libres de una Cuba libre, los tabaqueros cubanos se encontraron con que no tenían derecho al trabajo ni a la vida en su propio suelo. Un paria en su patria conoció qué era el tabaquero cuando puso los pies en esta tierra de sus desengaños. El conocimiento de una realidad tan amarga como inesperada, removió los espíritus más lúcidos, conmovió los corazones más dignos, y electrizó el ánimo de todos.

(4)N. de la R.: La Tranca era algo muy serio. Las manifestaciones que organizaba no eran nutridas, pero sí temibles. A veces eran silenciosas, y entonces resultaban más terribles aún. Sus mítines eran muy desagradables. Cuando alguien, cuando algún capataz, sobre todo, se obstinaba en no darle plaza a los cubanos, La Tranca le organizaba un mitin a ese tal. Mítines tremendos aquellos.

(5)N. de la R: Inaugurada la República, empezó a correr la sangre de los trabajadores para lograr la nacionalización del trabajo. El asunto no volvió a ser tratado hasta 1926 a iniciativa del Representante a la Cámara, Aquilino Lombard, y tampoco tuvo éxito. El 8 de noviembre de 1933 fue promulgado el Decreto Ley que estableció el 50 % de plazas para los ciudadanos cubanos

(6) N. de la R: Se desarrolló por los tabaqueros cubanos en febrero de 1907 y se mantuvo durante 4 meses, con el auxilio de todo el pueblo y de los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso. El triunfo de las demandas se alcanzó el 15 de julio de 1907. Como resultado de la huelga se logró que se les pagara a los obreros en moneda norteamericana.

(7) N. de la R: El subrayado es nuestro.


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