Por Consuelo Hernández Basabe / Miami, Florida
Nunca se me olvida la vez que llegó el circo a Santiago. Yo tendría unos 7 u 8 años y estaba jugando en el patio de mi casa en la calle 14 entre 15 y 17 con mis hermanos Tito (Gabriel) y Eloína, cuando oímos una gritería de niños que venía de la calle 15. Salimos corriendo a ver qué pasaba, e imagínese usted la sorpresa cuando vimos toda una procesión de payasos, gimnastas, bailarinas, y hombres en zancos marchando al son de tambores y cornetas, creciendo con cada paso según se iban sumando niños a ella. Al final, en un solar vacío que había a mano derecha en 15 y 16 frente a la línea del tren (en ese entonces no había casas ahí), pusieron la pequeña carpa color beige natural. Mis hermanos y yo queríamos ir, naturalmente, y fuimos a casa a pedir permiso. Pipo (Gabriel Hernández) no quería dejarnos ir, ya que mi hermana Yolanda estaba recién nacida y Mima (Alicia Basabe) no podía acompañarnos. Por suerte, nuestra vecina del frente, Juanita Encinosa, se brindó a llevarnos y así pudimos ir los tres al circo de los Hermanos X (no recuerdo el nombre, si usted se acuerda, ¡avísenos, por favor!). Aún recuerdo la emoción que yo sentía yendo por la calle 15 con Juanita y mis hermanos, esa deliciosa anticipación que solo puede sentir un niño.
La entrada, si mal no recuerdo, costaba un medio para los niños y un real para los mayores. Nos sentamos en unos bancos de madera que habían puesto en un semicírculo. ¡Qué espectáculo aquél! Rústico, sí, y muy pueblerino… pero para nosotros era algo muy bonito, muy sano e inocente (recuerde usted que esto sería por el año 1944 ó 45, aún no había televisión y en mi casa no teníamos radio). Me parece estarlo mirando: tenían malabaristas, cómicos, payasos, animales entrenados que hacían trucos (¡creo que hasta tenían un león!), y lo que más recuerdo: una bailarina vestida con un traje exótico que al final de su acto sacudía los hombros y decía “¡Soy toda electricidad!”
¿Qué habrá sido de aquella bailarina? ¿De aquellos payasos y entrenadores de animales? ¿De aquellos tarugos, aquellos hombres que armaban y desarmaban la carpa? Ya jamás lo sabremos, pero donde quiera que estén, quisiera agradecerles el momento tan mágico que nos brindaron a los niños de Santiago de las Vegas.
¡Bienvenidos!
lunes 29 de junio de 2009
¡Llegó el circo!
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Santiago de las Vegas en Línea
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10:32 PM
Labels: cultura, Epoca Republicana, La Niñez, Memorias Personales
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3 ¡TOME LA PALABRA!:
Bueno señora en realidad no la conozco pero el nombre del circo seguramente era los hermanos Santi y Artigas, que por ese tiempo comenzaba sus giras por Cuba. un saludo de un santiaguero de afan Cejas Coy El Magnifico, periodista, musico, poeta y escritor santiaguero, mi correo es bosqueaureo@yahoo.es chao!!!
Muchas gracias por su amable información. Creemos que el circo de Santos y Artigas era algo mucho mayor al que recuerda Consuelo, ya que éste era un gran circo de La Habana "a todo tren", y el que recuerda Consuelo era algo mucho más íntimo y familiar. También recuerda que más adelante, venía un circo que se instalaba en la entrada del pueblo; quizás ése sí haya sido el de Santos y Artigas. Aquí, un blog que habla de ese circo: http://www.circomelies.com/2009/01/el-gran-circo-popular-cubano-santos-y.html
¡Gracias!
Sobre el circo que yo me recuerde había 2 bastante conocidos en Cuba. Uno, ya mencionado por otros lectores, el de Santos y Artigas (han puesto Santi, pudiera ser, habría que confirmar) y el Circo Montalvo. Por la descripción asumo haya sido el Circo Montalvo porque el de Artigas era un circo de bastante copeta en la época y no creo cabría en el solar que refiere Consuelo Hernández, ni que Santiago tuviera público con dinero como para atraer a esa gran empresa. Claro también había otros circos de mala muerte, pero esos no tenían ningún nombre reconocido y su actuación era más territorial. En La Habana esos dos que te comento eran los que más sonaban.
La técnica era que llegaban al pueblo, formaban la algarabía, montaban la carpa, daban una función por la noche y al día siguiente desmantelaban y se iban al pueblo más cercano, digamos Bejucal, y así sucesivamente, iban recorriendo los diferentes poblados con una sola función cada noche. El fin de semana hacían matinée por la tarde y función de noche.
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