lunes, 31 de octubre de 2016

El Ciclón del 44

Por Leonardo Gravier | Coral Gables

El pueblo estaba atento a los partes meteorológicos del ciclón que se aproximaba. Había una disputa entre los que preferían las noticias que daba Juan Carlos Millás del observatorio Nacional; aquellos que confiaban más en el Padre Goberna del Observatorio Físico Meteorológico del Colegio de Belén, o aquellos en minoría, que esperaban la opinión del Hurricane Warning Office de Miami— anteriormente situado en Jacksonville—.

Era el mes de octubre de 1944, mes de los ciclones en las Antillas —desde 1692 han azotado a Cuba 27 huracanes en el mes de octubre solamente—. El nuevo gobierno del Dr. Ramón Grau San Martín había tomado posesión de la Presidencia de Cuba el 10 de octubre de ese año. El nuevo alcalde, Benjamín Rodríguez Camero (Mino), todavía esperaba los resultados de la segunda vuelta.

En aquella época los meteorólogos confiaban en los barómetros y anemómetros “Dines” (de gran precisión para medir las rachas de un huracán) y en las comunicaciones provenientes de los barcos que navegaban cerca de las zonas del huracán o regiones de baja presión (onda tropical, depresión tropical o tormenta). En esos tiempos no había programas computarizados con las distintas proyecciones de la posible ruta. Los aviones no comenzaron a volar como “caza huracanes” hasta la década de los años 1950 por el National Hurricane Research Project de EE.UU. Además los ciclones tropicales no comenzaron a ser identificados con nombres de personas hasta la temporada ciclónica atlántica de 1953. Millás dió una conferencia, por aquellos años, acerca de los huracanes en el Centro de Instrucción y Recreo (Teatro Popular); en ella se exhibían películas para hacer más clara, la explicación.

Según Millás la parte occidental de Cuba es la más propensa a verse afectada por ciclones tropicales. El riesgo de verse afectado por éstos fenómenos atmosféricos disminuye en la medida que se va al este. Decía Millás que de cada 100 ciclones que afectaban a Cuba, la probabilidad es que 35 afecten Pinar del Río, 25 a la provincia de La Habana, 15 a Matanzas, 10 a las Villas, 8 a Camagüey y 7 a Oriente.

La falta de información y de alerta a la población tuvo mucho que ver en el mayor desastre de Cuba producto de un ciclón seguido de un maremoto en 1932 en Santa Cruz del Sur (perecieron al menos 2,500 personas). También en Bejucal, un 26 de diciembre de 1940, una “manga de viento” (tornado para los meteorólogos modernos); había provocado la muerte de 20 personas. La velocidad de los vientos que azotaron al hermano pueblo de Bejucal alcanzaron 330 kilómetros por hora (205 millas por hora); el pueblo desprevenido recién salía de disfrutar sus famosas charangas.

El ciclón tropical es más conocido por la voz taína “huracán” y es uno de los fenómenos atmosféricos más peligrosos por su duración y extensión. Aunque sus vientos no son tan intensos como el tornado, su diámetro puede abarcar 350 kilómetros o más (hasta 600 kilómetros) y el diámetro de su vórtice u ojo puede variar de 30 a 50 kilómetros. Un huracán puede durar más de una semana recorriendo una línea recta o teniendo una trayectoria errática con situaciones estacionarias, recurvas o aumentos de intensidad. Puede pasar por encima de un “eddy” en el Golfo de México y duplicar su intensidad en unas horas como ha pasado con algunos huracanes. Además, un huracán puede llevar alrededor de su vórtice uno o varios tornados como ocurrió con Andrew.

El tornado en cambio puede durar 15 minutos o un poco más y no abarca tanta extensión.

El huracán necesita para su formación, la concurrencia de una serie de factores tales como el calentamiento de los mares por encima de los 80 grados, las bajas presiones, las altas presiones fuera de su territorio, los vientos de la estratósfera, el efecto Coriolis, la latitud por encima de los 8 grados del Ecuador, la corriente de chorro (jet stream) en el lugar adecuado, y la convección del aire. No obstante, el mes de octubre, el Caribe es tan peligroso para las Antillas como agosto para los ciclones que recorren el Atlántico desde la Isla de Cabo Verde.

Según los conocedores de la materia, el ciclón del 44 fue el más intenso que azotara a Cuba en el Siglo XX.

Comenzó con un frente frío que llegó a Cuba el 11 de octubre de 1944. En La Habana ya los cubanos sacaban su ropa de invierno para celebrar la inauguración del Presidente Grau. Las bajas presiones comenzaron en los mares cercanos al archipiélago en las afueras de Nicaragua, (Costa de Mosquitos). Ya como tormenta tropical se dirigió hacia Jamaica. Las altas presiones lo inclinaron hacia el noroeste; pasó como huracán por las Islas Caimán y para el 18 de octubre estaba pasando por Isla de Pinos y penetrando la Isla de Cuba por la costa sur de Pinar del Rio. Como los vientos alrededor del ojo no eran simétricos, sus bandas se extendieron más hacia las provincias orientales (Matanzas y hasta las Villas). Su paso por Pinar del Rio y La Habana duró 14 horas con vientos sostenidos de 125 millas por hora y rachas de 160 millas por hora. (Huracán Categoría 4 ). Como Andrew, no fue muy lluvioso. Después de causar los estragos, este meteoro dejó la Isla de Cuba por Cabañas, Pinar del Rio.

La revista Bohemia se vió obligada a desechar toda la edición que tenía preparada, para publicar el reportaje gráfico de 22 de octubre de 1944. En la portada de la revista aparecía en grandes letras: “Ciclón” y en el fondo cuatro banderas cubanas y una multitud —tal vez estaba dedicada a la toma de posesión del nuevo Presidente, de ahí la muchedumbre y las banderas, y la palabra “Ciclón” superpuesta a posteriori —. El artículo hablaba de los destrozos en el Hotel Sevilla Biltmore y en edificios de la ciudad de Marianao. Varios barcos se desamarraron en la bahía y se destrozaron contra los arrecifes. El Almendares se desbordó, los árboles del Prado fueron arrancados de raíz o partidos; el estadio de la Tropical quedó sin techo al igual que el del hipódromo Oriental Park Havana (considerado “el mejor de América”); la Alameda de Paula, y muchos parques quedaron sin árboles y gran número de casas perdieron sus techos o paredes exteriores. Hubo cerca de 300 muertos y muchos heridos.

El huracán comenzó a soplar fuerte en la noche como casi todos los que he visto después.

Yo nunca había visto o experimentado lo que era un huracán. No obstante, estaba bien informado en la materia. Mi padre me hablaba del ciclón del 26, de cómo la casa donde vivía perdió la puerta de la calle y parte del tejado; cómo tuvo que cargar a su viejita mamá para refugiarse en la casa del frente, y después llevar a la misma casa a su hermano ciego desde niño. Además, en la escuela, la maestra en las clases de Lectura insistía mucho en el cuento de “Prudencio y Nicasio” —cuento que se leía varias veces y en el que dos guajiros discutían la llegada del ciclón a sus fincas. Prudencio protegió su propiedad y la salvó, Nicasio no hizo nada confiado en que la tormenta no le haría daño y se quedó sin casa—.

Mis padres Rina y Gabriel (izquierda) protegieron bien las puertas, ventanas y se aseguraron que los tragantes por donde salía el agua de la azotea estuvieron destupidos. Compraron provisiones para comer por varios días y llenaron la bañadera y otros recipientes de agua —en caso de perder el servicio del agua—; se aseguraron de tener faroles y combustibles y pusieron tiras engomadas en los vidrios de las ventanas. Vinieron a pasar el ciclón mis abuelos, y siete vecinos del frente, además de mis padres, mi hermano y yo.

En el artículo que escribí hace un tiempo sobre el “Solar del Reverbero”, hice referencia a algunas experiencias que tuve durante el ciclón y de los vecinos de ese solar que nos pidieron refugio porque el ciclón se llevó su cuartería.

En Santiago no creo que haya causado muertes, pero sí muchos heridos. Derribó árboles de gran tamaño y palmas reales. Todas las flores del Parque Viejo y los árboles fueron sacados de raíz. Todas las enredaderas, arbustos y árboles pequeños de mi casa, volaron. Sólo quedó un árbol de manga blanca y otro de aguacate.

Estando parados mi hermano, mi padre y yo mirando por una ventana, vimos un zinc volar como la “Alfombra Mágica” y clavarse en la puerta de un cuarto de la casa de un vecino que daba al patio de mi casa.

Muchas tablas de otras casas y varias planchas de zinc cayeron en el patio de mi casa.

El alcalde Benjamín Rodríguez encabezó una brigada de socorro y asistencia que recorría el pueblo ayudando a los necesitados y albergándolos en casas vecinas. Me contaron que un zinc hirió al propio Alcalde cuando luchaba contra los vientos. La policía que había estado acuartelada salió después del ciclón para evitar asaltos y robos en las viviendas semi-destrozadas.

El antiguo estadio de béisbol que se encontraba en la calle 2 a la salida del pueblo había sido destrozado. Más tarde se construyó el estadio de la calle 13 frente al cuartel. La calle 17 tenía a la derecha viniendo de Rincón toda una hilera de palmas reales bordeándola, no quedó ni una parada; cortaron los troncos en pedazos de tres pies de largo y los dejaron temporalmente en la cuneta. Las llamadas “casitas de Triana” en la misma calle 17, sufrieron grandes daños. El segundo piso del edificio en que vivían mis abuelos, perdió todas las tejas y parte del techo.

El ciclón hizo más estragos en los árboles, los techos, las casas de construcción improvisadas (como las de Rancho Grande) y las vidrieras de los comercios.

Mi casa era de ladrillos y techo de concreto; no obstante, los dos último cuartos (cocina y comedor), por motivo de estética eran de techos de madera y tejas inglesas ¡Volaron! . Tuvo mi padre que mandar a construir una cocina y un comedor nuevos, con techo de concreto, arquitrabes y columnas de concreto.

El gobierno de la república y donaciones caritativas privadas, una vez terminado el ciclón, proveyeron de fondos suficientes a los damnificados de las dos provincias, especialmente a Pinar del Río que fue la más afectada. El Ministerio de Obras Públicas comenzó rápidamente la restauración de puentes o carreteras afectadas, así como la asistencia de reconstrucciones privadas. Cuba se recuperó bastante rápido de los destrozos a pesar de las grandes inundaciones que hubo en la costa sur de ambas provincias y de la demora en la restauración del fluido eléctrico. Ordenaron que el agua que se iba a tomar fuera hervida.

Al finalizar el gobierno de Ramón Grau San Martín hubo otro ciclón el 5 de octubre de 1948 que entró por Pinar del Río y salió por La Habana. De modo que Grau entró con un ciclón y salió con otro ciclón.

Los cubanos que pasaron ese ciclón del 44 nunca más lo olvidaron.

2 comentarios:

  1. Muy explicativa la narración de Leonardito, si se le agregara sonido de viento y agua cayendo, parecería que estamos dentro del meteoro, lo que es saber escribir bien. De este hecho triste se debe mencionar la solidaridad de un grande de la América Nuestra, como diría El Apóstol; me refiero a el tenor mexicano Jorge Negrete, que gozó en Cuba de gran popularidad siempre.Sus películas llenaban nuestros dos desaparecidos teatros (que gran pena, que desidia, que abandono malsano) el Teatro Minerva de la calle 11 y el Teatro Popular de la calle 4.Negrete habíá estado poco antes de gira por Cuba, pero al enterarse de la tragedia que había causado el ciclón, en un gran gesto de solidaridad y humanismo, regresó de inmediato y comenzó a presentarse en varios teatros y sitios para ayudar a los damnificados pro bono. Ese es un gesto de gratitud que vale la pena que los actuales santiagueros (los mayores como yo también, pues eso no lo viví, simplemente lo leí, por eso es que lo puedo decir)conozcan pues es una parte de nuestra historia municipal.De seguro que algún coterráneo pueda ampliar los detalles.Será bienvenido. Mario A. García Romero. muchomario1945@hotmail.com

    lunes, octubre 31, 2016 6:53:54 p. m.

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  2. Muy interesante su narración ya que tenia 2 anos
    cuando ocurrió y siempre en mi recuerdo de niña
    quedo fijo lo serio que es un huracán.
    Saludos y gracias por mantener vivo el recuerdo de
    nuestra Isla. Candy Villavisanis, Orlando Fl.

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